sábado, noviembre 01, 2008

Los súbditos del mar




Ya obscurecía. Escasas personas aun se encontraban en el puerto. Las barcazas como soldados, una pegada a la otra, esperando la posible orden para ponerse en movimiento. Redes y aparejos colgados sobre las tensas cuerdas mirando al cielo como pidiendo perdón. Inclusive el sol se había retirado a sus aposentos. Mañana sería otro día.

Pero para uno de los dos pequeños sentados sobre el bote semi-hundido, mañana sería un especial día. Distinto a todos los pasados en su corta vida. Mañana seria el último domingo del mes quinto, según las cuentas de los viejos de la isla.

Desde tiempos lejanos, desde siempre, se realizaba en las mañanas de aquél día, la elección de los muchachos postulados para los codiciados puestos. Éste pueblo-isla, al igual que los cientos esparcidos por los mares que rodean todo lo conocido, viven, crecen y subsisten gracias al mar. El único trabajo y ocupación de los hombres es la pesca de los benditos peces; proveedores de alimento como también de sus caparazones, aletas y demás partes utilizadas para la elaboración de utensilios diversos, y además el aceite el cual se almacena en grandes barriles que los dueños de los grandes barcos pesqueros compran, a buen precio, o los trucan por mercancías, productos alimenticios y demás, en las tres visitas anuales a las islas. Algunos de los isleños, los avezados en la tarea, se dedican a la caza de los albatros, gaviotas y demás alados que caen en sus trampas; habilidad que pasa de padre a hijo, y que ayuda a variar, de tanto en tanto, la rutina del pescado en la mesa de los compatriotas.

-¿Cristóbal, tenes miedo?- preguntó el más pequeño a su hermano mayor que ya tenía diez años, cumplidos el mes anterior según los cálculos de sus padres.
-¿Miedo, yo, y porqué?- La charla continuó otro largo tiempo. Ellos hablaban, por supuesto, sobre el día próximo. El gran día. Temprano aparecerían rompiendo la linea del horizonte las velas inmensas de los barcos pescadores, de los cuales una vez al año se dignaban los señores dueños bajar a tierra para dirigirse al Galpón Grande de los productos para embarcar.

Todo el vecindario se reunía, nadie quedaba ausente. El vino y el aguardiente corría como agua. Ese era el día en que los capitanes elegirían los muchachos que se adaptasen para los trabajos a bordo. Cada familia estaba deseosa de entregar su preferido a los grandes señores del mar. La edad mínima, diez años. En fila, uno a uno, como los panes en el horno, estarían parados los futuros peoncitos del mar, así los llamaban en las islas. Cada padre recibiría una buena paga por la entrega de sus vástago. De aquella forma se evitaría un boca más para saciar el hambre. Además se consideraba una buena obra pues el muchacho aprendería el oficio de pescador, lo cual otorgaría honor a la familia y buen pasar al susodicho. Los desafortunados que por una u otra causa no lograban ser elegidos, se convertirían en un grave peso a sus familias; para ocuparse de la pesca no rendían las condiciones físicas, y terminaban deambulando por las calles ocupándose en algún quehacer momentáneo, robar o dedicarse a las fechorías, en un palabra: siempre los problemas los acompañarían. Los isleños, duchos en la situación que se les creaba a los que fueron exceptuados, ponían todos sus sentidos en la realización de la elección.

Cristóbal, miró hacia el obscuro mar. Sus ojos en momentos hablaron: dos espesos lagrimones se deslizaron sobre las mejillas curtidas. De inmediato se fregó la cara con las dos manos, cuidando que su hermanito no se entere del percance.
-Vamos para la casa, ya es tarde, vamos chiquilín- le dijo empujándolo y enfilando hacia el poblado.

Aquel día amaneció temprano. Apenas el sol elevó los párpados las familias encaminaron sus pasos hacia el puerto.
Siluetas lejanas quisieron sorprender a la agolpada multitud, pero los altos mástiles descubrieron la presencia de los inmensos barcos. Uno a uno, esta vez fueron cuatro, largaron sus garras al fondo de las profundas aguas. Unos diez lanchones se acercaron y amarraron en la costa,. Las exclamaciones de júbilo y regocijo iban en aumento.
Una veintena de niños de rostros fríos se mantuvieron parados a lo largo de la cuerda tendida al lado del portón de entrada del Galpón Grande. Ellos, eran los únicos callados.

Los señores ataviados con sus ropas típicas de los barqueros, en las que resaltaban los colores chillones, un gran sable colgando de sus caderas, y los famosos sombreros triangulares de los pescadores. Tomaron de las decenas de botas desparramadas, de vino o aguardiente, por la larga mesa preparada en su honor, saciaron su apetito con panes caseros, pescados ahumados y otros productos que sólo se veían en los grandes acontecimientos.

Luego, sin titubear, sin dar ninguna clase de explicación, se acercaron a catalogar la mercancía humana expuesta. Auscultaron uno a uno a los varoncitos, intercambiaron unas pocas palabras entre ellos y ordenaron a los postulantes subir a bordo. Sólo dos fueron descartados.

Los padres despidieron a sus hijos, entregando a cada uno una pequeña bolsa que colgaron de los hombros. Así partirían hacia el mundo. El silencio apareció de improviso.
Con un ritmo lento pero sistemático el ir y venir de los remos alejaron los botes del puerto. Escasos minutos más tarde fueron amarrados a los flancos de los barcos. Era difícil distinguir las siluetas que se movían en cubierta. Las herrumbradas anclas volvieron sobre sus pasos liberando la presa a su libre albedrío. Las inmensas velas se desplegaron, el viento captó la indirecta aprovechó sus poderes y las hinchó forzándolas al máximo.

Desde el pequeño puerto las miradas concentradas en el horizonte; uno a uno los grandes barcos, ahora convertidos en diminutos puntos, se llevaron las vivencias de otro día de elección.



@beto


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2 comentarios:

  1. Anónimo7:54 a.m.

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    Un saludo.

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