sábado, noviembre 29, 2008

Año 2008

Las penurias aumentaron. Hambre es el nombre de la hipocresía de los poderosos. Mas y mas víctimas imploran ayuda. Violencia, extremismo, muerte por doquier. La ceguera del terrorismo no reconoce fronteras. La división entre el poderoso y el sumiso, marcada por el calor del desierto y la ignorancia del mundo.

La globalización tiende la red de la convivencia, tejes y manejes en manos de los que decidirán cuánto, cómo y quién.

La negligencia de muchos, permiten a unos pocos, completar el dominio de pueblos enteros ensordecidos por la bandera de la libertad y emancipación, que al flamear los enceguece transformándolos en nuevos tiranos como otros cientos desaparecidos ya, de la faz de la tierra.

Es notable la resurrección de la fe, en busca de un apoyo superior, que suplante la necesidad urgente de una vida de paz y tranquilidad.

Pueblos enteros deambulan perseguidos, diezmados, ultrajados a causa de motivos ajenos que son imposibles de ser solucionados en los campos de batalla.

Las enfermedades hacen estragos, el agua es un artículo de lujo, y los países que tienen las posibilidades rehusan sin siquiera prestar atención a tales *trivialidades*

Un año mas en el tiempo, un años menos en la cordura.

@beto

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domingo, noviembre 09, 2008

El llanto del payaso







Abrió la puerta del carromato. Descendió los cuatro escalones de la diminuta escalerilla.

Era la hora establecida que debía presentarse en el centro de la arena del Gran Circo; su circo desde hace muchísimos años, de cuando era chico y actuaba a la sombra de su padre, oh! que recuerdos.


Ya faltaban pocos minutos para su actuación del día. Su congoja era casi doliente, la tristeza lo carcomía interiormente, pero...la función debe continuar.
Levantó la mirada bien alto, observó el firmamento, unas pocas pero inmensas nubes copaban casi todo el cielo. Respiró hondo, exhaló todo el aire posible, y entró en la carpa.


A pasos grotescos y rápidos se fue acercando al centro de la pista. La ovación del público no se dejó esperar, lo conocían y apreciaban; los chicos y sus padres, los nietos y sus abuelos, sus compañeros de la compañía circense, en fin, todos los presentes se unieron en un solo y caluroso aplauso.


No era su primera actuación, ni la segunda. En verdad no recuerda otra cosa que no sea el circo. Con sus ropas de payaso, ese personaje que hace morisquetas, de ademanes cómicos, que camina con sus grandes zapatones, su gorra de pico fosforescente, la cara blanca, con esos ojos que siempre reflejan una triste alegría o una alegre tristeza, depende de quien los mira.


Pero ése día era especial. Ése día quedaría grabado en su corazón, mejor dicho clavado en su corazón.
Él dolor tan profundo que marcaría una señal, un dolor que se convertiría en una cicatriz inmensa.


Su mejor amiga, como él la llamaba ° mi sombra ° había cerrado sus pequeños ojitos, y esta vez para siempre.
° mi sombra ° era una simpática perrita que nació en el carromato, propiamente debajo de su cama; allí creció, durmió, allí pasaba las noches, siempre debajo de su amigo. Nunca separaron, nunca, ni en los momentos de la actuación. Ella lo esperaba en el costado de la pista, frente la entrada de artistas, y desde allí, sentadita, escuchaba las risas, los aplausos y las exclamaciones de alegría y de júbilo.
Luego se paraba, al salir el famoso payaso, y juntos caminaban el corto trecho hacia el carromato, su casa. Comían, conversaban, y los días pasaban.


Hasta hoy a la mañana. Nuestro payaso despertó, se levantó. Al no verla paradita al lado de la cama se asombró e inclinándose miró debajo, y allí estaba, durmiendo sobre su almohadón rojo, tranquila y pasiva.
Le costó unos minutos recapacitar. Era todo muy raro y silencioso.


Durante todo el día estuvo acostado. La mente en blanco, el pensamiento anclado, el pulso casi ínfimo.
Y la noche llegó. Se vistió, se puso su disfraz. Todos querían ver su cara.


Y una vez más se las mostró.
Esa noche, fue la que más lo aplaudieron. Una y otra vez lo obligaron a repetir cada uno de sus números de su intenso repertorio, y los aplausos no se terminaban.

Si, era verdad. Ésa fue su mejor noche, pues la dedicó a ° mi sombra °. Como broche de oro a la relación truncada, luego de tantos años de unión.
Esa fue la noche en que el llanto del payaso ocasionó mas risas que nunca.

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@Beto Brom

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jueves, noviembre 06, 2008

Hablar con las estrellas







-abuelo, ¿cuantas estrellas hay en el cielo?


-millones, mi nena, muchos millones.


-¿y...para qué hay tantas?


-cada una pertenece a otra persona, como hay millones de personas es necesario que haya suficiente para todos.


-ah!...ahora entiendo.


-abuelito, ¿y para qué las personas quieren una estrella, si no la pueden tocar?


-no necesitan tocarla. cada uno tiene su estrella, la mira y a veces ella lo mira a uno. son amigos, ¿entendés?


-si y no. y decime abuelo ¿yo también soy persona?


-por supuesto, mi corazón, sos una perfecta personita.


-entonces... ¡yo también tengo una estrella!


-claro, qué pregunta, todos tenemos nuestra estrella.


-¿y cómo la encuentro, cómo se cual es la mía. mira el cielo, todas son iguales.


-las estrellas son muy inteligentes. cuando busques la tuya, tenés que estar solita, mira el cielo y empieza a buscarla. despacito, despacito, ella te reconocerá y te guiñara el ojito. sólo vos lo notarás, nadie más. ¿sabes por qué?


-no...


-porque es tuya, sólo tuya, y es más...


-espera abuelito, espera, si yo le hablo y ella no me entiende ¿ cómo me va ha contestar?


-muy simple, como entre amigos, ¿entendes?


-no sé, porque con mi amiguita Mecha hablamos, nos contestamos, nos contamos cosas y nos divertimos mucho. ahora con mi estrella yo le puedo hablar pero está tan lejos...no estoy segura que me escuchará, y hablarme menos, ¿no es cierto? yo creo que las estrellas no hablan¿qué pensás abuelito?


-bueno, escucha,¿no te pasó, alguna vez, que sin hablar, tu amiguita igual te entendió?


-si, es verdad, muchas veces no necesitamos hablar, nos entendemos con los ojos, ¿eso queres decir?


-exacto, justamente así. te podrás comunicar con tu estrella, entenderte con sólo mirarla; pensá lo que decir y ella te comprenderá, y si fuera necesario te ayudará.


-abuelito, cuando yo hable con mi estrella, ¿también podré seguir hablando con vos?





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@Beto Brom

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sábado, noviembre 01, 2008

Los súbditos del mar




Ya obscurecía. Escasas personas aun se encontraban en el puerto. Las barcazas como soldados, una pegada a la otra, esperando la posible orden para ponerse en movimiento. Redes y aparejos colgados sobre las tensas cuerdas mirando al cielo como pidiendo perdón. Inclusive el sol se había retirado a sus aposentos. Mañana sería otro día.

Pero para uno de los dos pequeños sentados sobre el bote semi-hundido, mañana sería un especial día. Distinto a todos los pasados en su corta vida. Mañana seria el último domingo del mes quinto, según las cuentas de los viejos de la isla.

Desde tiempos lejanos, desde siempre, se realizaba en las mañanas de aquél día, la elección de los muchachos postulados para los codiciados puestos. Éste pueblo-isla, al igual que los cientos esparcidos por los mares que rodean todo lo conocido, viven, crecen y subsisten gracias al mar. El único trabajo y ocupación de los hombres es la pesca de los benditos peces; proveedores de alimento como también de sus caparazones, aletas y demás partes utilizadas para la elaboración de utensilios diversos, y además el aceite el cual se almacena en grandes barriles que los dueños de los grandes barcos pesqueros compran, a buen precio, o los trucan por mercancías, productos alimenticios y demás, en las tres visitas anuales a las islas. Algunos de los isleños, los avezados en la tarea, se dedican a la caza de los albatros, gaviotas y demás alados que caen en sus trampas; habilidad que pasa de padre a hijo, y que ayuda a variar, de tanto en tanto, la rutina del pescado en la mesa de los compatriotas.

-¿Cristóbal, tenes miedo?- preguntó el más pequeño a su hermano mayor que ya tenía diez años, cumplidos el mes anterior según los cálculos de sus padres.
-¿Miedo, yo, y porqué?- La charla continuó otro largo tiempo. Ellos hablaban, por supuesto, sobre el día próximo. El gran día. Temprano aparecerían rompiendo la linea del horizonte las velas inmensas de los barcos pescadores, de los cuales una vez al año se dignaban los señores dueños bajar a tierra para dirigirse al Galpón Grande de los productos para embarcar.

Todo el vecindario se reunía, nadie quedaba ausente. El vino y el aguardiente corría como agua. Ese era el día en que los capitanes elegirían los muchachos que se adaptasen para los trabajos a bordo. Cada familia estaba deseosa de entregar su preferido a los grandes señores del mar. La edad mínima, diez años. En fila, uno a uno, como los panes en el horno, estarían parados los futuros peoncitos del mar, así los llamaban en las islas. Cada padre recibiría una buena paga por la entrega de sus vástago. De aquella forma se evitaría un boca más para saciar el hambre. Además se consideraba una buena obra pues el muchacho aprendería el oficio de pescador, lo cual otorgaría honor a la familia y buen pasar al susodicho. Los desafortunados que por una u otra causa no lograban ser elegidos, se convertirían en un grave peso a sus familias; para ocuparse de la pesca no rendían las condiciones físicas, y terminaban deambulando por las calles ocupándose en algún quehacer momentáneo, robar o dedicarse a las fechorías, en un palabra: siempre los problemas los acompañarían. Los isleños, duchos en la situación que se les creaba a los que fueron exceptuados, ponían todos sus sentidos en la realización de la elección.

Cristóbal, miró hacia el obscuro mar. Sus ojos en momentos hablaron: dos espesos lagrimones se deslizaron sobre las mejillas curtidas. De inmediato se fregó la cara con las dos manos, cuidando que su hermanito no se entere del percance.
-Vamos para la casa, ya es tarde, vamos chiquilín- le dijo empujándolo y enfilando hacia el poblado.

Aquel día amaneció temprano. Apenas el sol elevó los párpados las familias encaminaron sus pasos hacia el puerto.
Siluetas lejanas quisieron sorprender a la agolpada multitud, pero los altos mástiles descubrieron la presencia de los inmensos barcos. Uno a uno, esta vez fueron cuatro, largaron sus garras al fondo de las profundas aguas. Unos diez lanchones se acercaron y amarraron en la costa,. Las exclamaciones de júbilo y regocijo iban en aumento.
Una veintena de niños de rostros fríos se mantuvieron parados a lo largo de la cuerda tendida al lado del portón de entrada del Galpón Grande. Ellos, eran los únicos callados.

Los señores ataviados con sus ropas típicas de los barqueros, en las que resaltaban los colores chillones, un gran sable colgando de sus caderas, y los famosos sombreros triangulares de los pescadores. Tomaron de las decenas de botas desparramadas, de vino o aguardiente, por la larga mesa preparada en su honor, saciaron su apetito con panes caseros, pescados ahumados y otros productos que sólo se veían en los grandes acontecimientos.

Luego, sin titubear, sin dar ninguna clase de explicación, se acercaron a catalogar la mercancía humana expuesta. Auscultaron uno a uno a los varoncitos, intercambiaron unas pocas palabras entre ellos y ordenaron a los postulantes subir a bordo. Sólo dos fueron descartados.

Los padres despidieron a sus hijos, entregando a cada uno una pequeña bolsa que colgaron de los hombros. Así partirían hacia el mundo. El silencio apareció de improviso.
Con un ritmo lento pero sistemático el ir y venir de los remos alejaron los botes del puerto. Escasos minutos más tarde fueron amarrados a los flancos de los barcos. Era difícil distinguir las siluetas que se movían en cubierta. Las herrumbradas anclas volvieron sobre sus pasos liberando la presa a su libre albedrío. Las inmensas velas se desplegaron, el viento captó la indirecta aprovechó sus poderes y las hinchó forzándolas al máximo.

Desde el pequeño puerto las miradas concentradas en el horizonte; uno a uno los grandes barcos, ahora convertidos en diminutos puntos, se llevaron las vivencias de otro día de elección.



@beto


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