sábado, agosto 30, 2008

Rosas del Pasado








La noche cubrió todo, la luna brillaba por su ausencia. Era casi imposible distin­guir entre una cosa u otra. Las sombras dominaban, el viento suave y templado paseaba a sus anchas. No había ruidos, el silencio otorgaba una sensación de malestar e incertidumbre.

La joven mucama corrió las pesadas cortinas, y dejo de observar el triste espectáculo que le brindaba el exterior. Dentro de la mansión, agradablemente calefac­cionada, no había movimiento alguno. La familia estaba de vacaciones, ella fue designa­da única encargada de toda la casa mientras los inquilinos estén fuera.
El día había transcurrido al igual que los anteriores. Por la mañana repasó los muebles de las piezas por ser miércoles, por la tarde los utensilios de la cocina, como era acostumbrado. A la hora del almuerzo, completó la travesura empezada la noche anterior cuando extrajo de los congeladores situados en el sótano, un par de perdices; las adobó como lo había aprendido del cocinero; luego las puso a fuego lento en la parrilla. Mientras tanto cortó unas papas, las fritó agregándoles condimentos picantes como era su gusto. Cuando estuvo en el sótano, se animó llegar hasta el fondo, a la bodega de los vinos, acomodados como soldados en los estantes que cubrían ambos lados del largo pasillo. No era experta en los distintos gustos y cualidades, por ello eligió una botella de diez años de antiguedad.
Le pareció suficiente, y con su elección en sus manos se puso en camino a la coci­na, pero antes de apagar la luz le pareció escuchar un ruidito raro. Se detuvo, miró a ambos lados, espero unos instantes y como nada escuchó, supuso que le pareció, siguiendo hacia la escalera.

El almuerzo resultó excelente, todo estuvo a punto. Las papas muy gustosas, lo mismo que las aves, se rechupó los dedos, y el vino, ah! el vino, muy buena elec­ción; y con la tercera copa medio llena se fue a recostar en el sillón grande de la antesala, era el que mas le gustaba, de color marrón obscuro, mullido y cómodo. Recostándose en él dejo a su imaginación trabajar horas extras.
Un ruido la sobresaltó. Fue bastante fuerte y parecido al que la molestó durante su visita al sótano, pero como no se repitió, le hecho la culpa al vinito que había tomado, que dicho sea de paso ella misma se asombró al percatarse que la bote­lla ya casi mostraba el fondo. Se sonrió un poco avergonzada, auto-convencíendose de que a ella también le correspondían vacaciones, y por supuesto disfrutar un poco, aquella fue su oportunidad.

Cuando se despertó, muy posible a causa del ruido que esta vez duró más de un minuto, se levantó sobresaltada dirigiéndose al vestíbulo de entrada, para ver la hora en el reloj inmenso de pie: 18.20, no entendió nada. Cómo podía haber pasado tanto tiempo, le pareció que habia adormilado un ratito no más. Fue a la cocina, la atravesó, llegando a la zona de las piezas del personal. Entró en la suya; frente al espejo trató de arreglarse y peinarse, para estar pronta para la visita-revisión de la tía del señor de la casa. Al vivir cerca, venía una vez por día para controlar y ver que toda estaba en orden.

A las 18.45, como un reloj, golpeó la puerta principal. La invitó a pasar, com­o a ella le gustaba. La tía vestida con un aire deportivo, a juzgar por las zapatillas y un buzo con un 8 que ocupaba todo el pecho. Se saludaron, las preguntas de costumbre y las de compromiso. Luego se encaminó hacia la cocina y pidió ser conducida al sótano pues hacia mucho que no estuvo por allí y deseaba comprobar como estaban las cosas por la planta baja. Llegaron. Rosa, así se llamaba nuestra mucamita, se puso a un costado y la dejó hacer. Echó un vistazo a los congeladores, aunque sin abrirlos, y se fue derechito al fondo, a la bodega.

El corazón de la joven comenzó a latir más rápido y fuerte. La tía, presintió algo raro. Fue directamente a la mesa del escritorio, donde su sobrino efec­tuaba sus anotaciones. Abrió el cajoncito del lado izquierdo y extrajo una carpeta; empezó a hojear lo escrito, como si estaría buscando algo en especial. A los pocos instantes, aun con la carpeta abierta, levantó la cabeza, miró para atrás, donde la petrificada mucama estaba parada, y haciendo un pequeño movimiento con la mano indicaba que debería acercar­me a ella. Dos o tres pasos y ya estaba a su lado.

-Rosa, sabes leer me imagino, ¿no?
-Por supuesto Sra.
-Entonces dime lo que está escrito acá- En la hoja había muchos números y letras. Tratando de disimular preguntó la vivaracha:
-¿Dónde exactamente Ud. se refiere?
-En éste Cabernet Sauvignon de fecha 1990, ¿qué número figura en el casillero último?-
Al recibir la respuesta correcta, exclamó: -¡ Exacto! Eso significa que debe haber en existencia o sea en la estantería, dos botellas-
Y como exigiendo, le dijo: - Ve hasta el cartelito donde está escrito 1990, y verifica cuantas botellas hay, pronto no tengo todo el día para ti.
La jovencita, como una autómata, caminó unos pocos pasos llegando al lugar indicado: 1990. Por supuesto que había una sola bo­tella, pues era de dicho estante y lugar de donde había tomado la botella la noche anterior.

La luz se apagó. Se alcanzó ver una sombra que se movió desa­pareciendo por la puerta de entrada que se cerró de un golpe. La joven dio un grito infernal. La tía fue más impulsiva, su grito superó en muchos decibeles el anterior. En una rápida corrida, la mucama enfiló hacia la puerta, según el instinto, pero se tropezó con un banquito.
La obscuridad era absoluta. La sra. tía no dejaba de aullar; la pobre jovencilla tratando de
encon­trar la maldita puerta, ¡por fin lo logró! La abrió de par en par y volvió sobre sus pasos para rescatar a la vieja, que ya era un manojo de nervios y gritos. Al salir de allí, comenzó a llorar como una fiera desesperada; Rosa le ofre­ció una silla, y corrió a traerle un vaso de agua para tratar de calmarla. No fue nada fácil, la pobre mujer se asusto de tal manera, que a su edad, mas de setenta, dudó la joven si seria necesario hacerla ver por un médico; fue al teléfono para comunicarse con el hijo y relatarle lo sucedido.­
A los pocos instantes estaba toda la familia tratando de calmar y consolar a la madre; uno de ellos llamó al médico; el facultativo aconsejó reposo y un calmante suave; prometió que al anochecer pasaría a visitarla.

Después de contarles con lujo de detalles lo acontecido en el sótano, dos de ellos bajaron para revisar. Comentaron que no vieron nada anormal, y que habían cambiado la lamparita quemada; supusieron que al cerrarse la puerta de un golpe, había ocasionado el quemazón de la misma, además no dieron mayor importancia al cuento de la sombra que creyeron ver. Por supuesto que no se hizo referencia sobre la causa de los nervios de la Sra. tía antes del apagón, ni tampoco los ruidos que la jovenzuela había escuchado los días anteriores.
Segundo episodio

Las siguientes horas Rosa las pasó tratando de encontrar una solución lógica, para explicar la desaparición de la botella; optó por contar la verdad y relatar en forma correcta y honesta lo sucedido, siempre y cuando se le exija. Rogó que aquello no ocurriera.

Al anochecer, mientras preparaba algo para la cena, creyó ver entre la heladera y el estante de las ollas, una sombra; al acercarse quedó petrificada: un niño de unos doce años, estaba escondido, no menos asustado que ella. En forma suave y apenas escuchable expresó :
-No se asuste srta., no le haré daño alguno, solo me estoy es­condiendo, no me tenga miedo ¡por favor!- La mucama no atinó a nada, no alcanzaba­ a comprender cuándo ni cómo ni por dónde consiguió ese meque­trefe entrar en la casa.

Se sentó, le dijo que salga del escondite, lo hi­zo sentar a él también, exigiendo que cuente, paso a paso, todo desde el principio, ¿Quién era, donde vivía, y porqué entró a la casa? Eso sí, que sea la verdad sin ninguna clase de tapujos, -Adelante con su cuento, mocito.
Y esta fue la historia relatada:
-Nací hace más o menos once años, no se con certeza pues fui abandonado a las puertas de un sana­torio muy grande, general o zonal, así me lo contaron, envuelto en unos trapos, dentro de una caja de botellas de aceite. A los pocos días me llevaron a un orfanato en la región sur. Allí viví unos cinco años. Un día, fui conducido a la casa de unos agricultores bastante viejos, de esto si ya me quedaron algunos recuerdos, de por cierto bastante malos. Era una pareja de ancianos de escasos recursos, saco mis cálculos, pues para mi no había cama, y me acomodaba donde podía, sin siquiera­ tener una lugar especial para mi. Era una pieza grande, recuerdo, con una mesa inmensa en el centro y dos bancos largos a cada lado; en un costado una madera larga colgada donde se apilaba una cantidad enorme de ollas, tarros, platos y demás; en un rincón una pila de muchísimos papeles, no sé para que tantos; al final, en otro rincón, habían construido, con piedras, una especie de fogata, prendida, donde una olla grande de comida siempre estaba calentándose. Con respecto a la comida le diré que era muy sabrosa, pero poca, siempre me quedaba con hambre, nunca me dieron un segunda vuelta, ni tampo­co la pedí, seré sincero. El día comenzaba cuando todavía era noche; un tazón de leche, que venía de una de las dos vacas que tenían en una especie de corral, a un costado de la casa, y un pedazo de pan. Y salia­mos al campo. O a las cebollas, a las papas, las zanahorias o ajíes.
No obstante no quería ir al campo, lo odiaba, me cansaba mucho, nunca dije nada, pues de seguro no me ayudaría mucho y aparte era muy posi­ble que me retornaran al orfanato. Ello de solo pensarlo me daba escalofríos.

Así pasaron tres o cuatro años. Al día siguiente de morir el viejo, me vinieron a buscar en una especie de camión. Viajamos muchas horas, cuando paramos ya estaba obscuro; había otros dos mu­chachotes que me molestaron todo el viaje, dándome golpes, empujones, me gritaron e insultaron, todo ello sin que les haya dado motivo alguno. Al bajarnos se abrió delante nuestro un inmenso portón, nos indicaron por señas, que debíamos ir hacia una especie de cabaña; allí dentro nos ordenaron desvestirnos por completo; los otros dos se negaron protestando. Como respuesta recibieron sendas caricias en la parte posterior de las piernas, por medio de una especie de varillas; por supuesto no fue necesario repetir la orden. Nos llevaron a bañarnos. El agua helada, lo hicimos sin chistar, recibimos dos pantalones, dos camisas, y una especie de saco confeccionado con una especie de lona. Mis pantalones eran demasiado largos y los arrastraba, cuando pedí cambiarlos la varilla me contestó, entendí las razones.

Allí había muchísimos chicos, los del tercer piso eran muy grandes, pero no hombres; fumaban, tomaban, y molestaban a todos los demás chicos menores. Por las mañanas, nos ocupábamos de cortar y pintar maderas, de toda clase y tamaño. Por la tarde salíamos a los patios, para correr; algu­nos jugábamos al fútbol, yo siempre hacia de arquero, pues me gustaba, no obstante siempre tenia mascullones en distintas partes de la cara, por los pelotazos recibidos.
EI problema eran las noches. Después de la cena, nos repartían en las piezas; allí, a lo pocos minutos se cortaba la luz y nos estaba prohibido levantar la voz. Para ir al baño era necesario to­car un timbre, obligaba al celador nocturno llegar a la pieza, averi­guar la causa del timbrazo, y si era para pedir permiso para el baño, la ida y vuelta del mismo era acompañada indefectiblemente por las variIlas de los encargados. Pero lo peor era cuando los muchachones del tercero: con el afán de divertirse, entraban en las piezas de los mas peque­ños para abusar de ellos.¿ Ud. me entiende, no?
La asombrada, a su vez joven, optó por no contestar la pregunta. – Seguí con tu relato, muchachito.

- La primera vez que entraron en mi pieza, tuve la suerte de escucharlos. Los estaba esperando detrás de la puerta, al entrar ellos me escabullí y salí corriendo por el pasillo rumbo a la pieza del celador del piso. Le conté lo que estaba ocurriendo en las piezas y me metí debajo de su cama.

ÉI salio como disparado al corredor, y a los pocos segundos sonó el ruido infernal de un nervioso timbre. Se escucharon gritos y corridas en los pasillos, dejé pasar unos minutos y yo también salí a estudiar el ambiente: era un ir y venir de encargados, los chicos gritaban y se reían, convirtiendo aquello en un completo loquero. Alcanzé a ver que se lleva­ban a dos muchachotes del tercer piso; mientras caminaban les pegaban con las varillas, ellos gritaban del dolor, pero nadie hacia caso de sus lIantos. Por los parlantes ordenaron entrar en las piezas inmediatamente y acostarse. Mis compañeros no se dieron cuenta siquiera­ que yo estuve ausente. Nos acostamos, las luces se apagaron y mantuvimos el silencio.

A la mañana siguiente nos enteramos, pues ese era el único tema de conversación, que los dos muchachos fueron transladados la misma noche anterior, a una carcel propiamente dicha. Mientras almorzabamos, apareció un señor muy gordo y petiso. Ahí nos enteramos que era el Director General del establecimiento, vino para anunciamos que desde aquél día regirían nuevos regla­mentos de conducta, que además no se permitiría ninguna clase de perturbaciones y que las penas por cualquier falta a las reglas de comportamiento serían muy severas, inclusive el encerramiento en el *perturbador*, una pieza solitaria, con solo agua durante una semana o más.

El silencio fue pasmoso. Nos fuimos a las piezas más temprano que nunca; sin hablar una pala­bra entre nosotros. Los días siguientes continuaro; al ser las nuvas normas de disciplina tan estrictas, por cualquier cosita, un poco fuera de lo preestablecido, se condenaba al *delicuente* a pasar unos días allí en la pieza solitaria. Durante las noches, especialmente, se escu­chaban llantos y a veces gritos de los confinados. Partía el alma escucharlos.

Un día no aguanté más. Aprovechando la salida del camión de la basura, me tiré adentro y me escapé del establecimiento, y que sea lo que sea.
Caminé y caminé, descansando lo mínimo necesario, tratando de alejarme lo máximo posible. Una vez me atacaron dos perros vagabundos, a uno lo lastimé feo con una piedra, el otro alcanzó dar un buen mordisco en esta mano¿Vé la cicatriz? Me la até con un trapo que encon­tré, y me acerqué a una casa para pedir ayuda. La señora que abrió la puerta, no hablaba. Conté lo ocurrido, me permitió pasar adentro. Me lavó la mano con agua fría y me puso unas hojas carnosas, de una planta que hacía milagros dijo, sobre la herida; con un pedazo de sabana vieja, pero limpia, la vendó. Me dió dos pedazos de pan y una manzana. Le di las gracias y salí nuevamente a los caminos. Por ahí robé unas frutas, por otro lado verduras, en fin, me las arreglé. Por las noches busca­ba casas o galpones abandonados, me acomodaba en un rincón, y esperaba la salida del sol pa­ra comenzar de nuevo la caminata, sin saber que me depararía el destino.

Asi pasaron días y semanas. Cada vez me resultaba más fácil conseguir comida , ya me estaba acostumbrando a la vida de linyera, pancho, sin problemas. De vez en cuando unas corridas, pequeños sustos, pero nada del otro mundo.

Hace unos días pasé por la entrada de esta mansión, me percaté de los preparativos propios de un viaje, me dijé: ésta es la mia. Supuse que la familia salía de vacaciones largas, a jusgar por la cantidad de valijas, bolsos y paquetes: excelente oportunidad para tomarme yo también un descanso de mis corridas. Me escondí entre los matorrales, esperé el momento propicio. Me escabullí por la parte trasera, donde siempre están los galpones, la cocina y la entrada de la servidumbre. Cuando me pareció oportuno me metí adentro.
Lo demás Ud. ya lo sabe. ¿Qué me va hacer ahora, srta.? ¿Llamará a la policia? ¡Por favor no lo haga! Yo no hice ningun daño, sólo comí un pollo y unas frutas.¡¡Déjeme ir por favor!!

-Calmate mocoso, no te pasará nada, sólo dejáme pensar que hacer contigo. Mientras tanto te preparé un tazón de leche con cacao, pan, dulce, y además unas masitas de chocolate- Dicho esto la mucama comenzó a preparar lo prometido.

No obstante el miedo acumulado, el hambre superó todo el momento del susto. Comió despa­cio, sin arrebatarse, pero eso si, terminó con todo lo que había servido; mientras lo hacia, los ojos de Rosa no dejaban de estudiarlo. Era un muchachito bien desarrollado, de estatura superior a la edad que dijo tener, de buenos modales, facilidad de palabra, en fin, despistaba completamente la historia narrada. Siempre y cuando sería cierta.
Decidió albergarlo unos días en la casa, hasta encontrar una solución, y tomando el peligro de perder el trabajo si se descubriera todo el asunto. Le acomodó un lugar en el sótano para dormir.
Se pasaba los días ayudandola en los quehaceres de la casa. A las tardes cuando venía la tía, que después de dos dias apareció como si nada hubiera pasado y sin hacer comentario alguno sobre lo ocu­rrido, se escondía en el sotano. Era muy dudoso que la curiosa parienta desearía volver allí. Por las noches después de recibir la comida, bajaba a su escondite; no aparecía hasta la mañana cuando ella lo llamaba.
Tercer episodio

Se acercó el fin de las vacaciones. La familia avisó, por intermedio de la tía, el día del regreso. Sería cerca del mediodía, y ordenaron que esté todo preparado para la llegada.

Después de pesarlo y sopesarlo, llevó al muchacho al galpón de la jardinería, lugar al cual­ ningún miembro de la familia, ni de la servidumbre visitaban. Le encomendó específicamente que no debería salir de allí ¡bajo ninguna razón! Ella, personalmente, le avisaría cuando podría salir de su escondite provisorio.

A las primeras horas de la mañana estipulada, llegaron los compañeros: los de la limpieza, de manuntencion, de la cocina. La casa nuevamente tomo su ritmo normal y acostumbrado.­ Todos nerviosos y tratando de colocar cada cosa en su lugar, como los dueños exigían. Al mediodía, según lo anunciado, aparecieron los coches. Todo fue un ir y venir de personal, llevando valijas, bolsos y paquetes. Gritos, órdenes, corridas y risas. Cerca de la cena, todo volvió a la normalidad, casi no se notaba la ausencia temporaria de los inquilinos.

A la mañana siguiente, nuestra mucamita se levantó un poco antes que de costumbre. Corrió al escondite, llevó un poco de comida al muchachito y lo puso al tanto de su plan. Esperó unos minutos y como estaba previsto, a las siete en punto apareció Julian, el jardinero. Caminaba lentamente a causa de la pierna derecha, más ­corta desde el nacimiento. Se asombró al verla a estas horas de la mañana, suponiendo que algo malo habia ocurrido. Rosa lo calmó con unas pocas palabras, y sin mas vueltas le narró la historia del muchacho. Confesó, además, que era él, la única persona de la casa, en quien podría confiar. Juntos, con seguridad, llegarían a encontrar una solución adecuada al problema.

Julían, pasmado, no sacó palabra, se sentó en un banco de madera. Pidió como primera medida, ver y conocer al susodicho. La preocupada Rosa, entró al galpón y llamó al muchacho. Éste se quedo paradito frente al jardinero­, saludó y esperó.
Pasa­ron unos minutos, que parecieron siglos.

-Mmmm...¿Cómo te lIamas,hijo?
-Me llaman Aldito, contestó el mequetrefe.
-Pues bien, escucha con atención. Soy de no hablar mucho, por consiguiente no repito las cosas. Siempre quiso mi mujer tener un hijo, no fue posible. Dependerá de ti aceptar o no, si aceptas estarás a prueba un año. Te presentaré a todos como mi sobrino, hijo de mi hermano, fallecido junto a su mujer en un accidente de tránsito. Se decidió entre los hermanos, repartirnos los chicos, cinco varones y dos niñas. Es un dolor lamentable el hecho de separarlos pero no encontramos otra posibilidad. Bueno, ahora que sabemos quien sos y de donde venís, te explicaré el resto del plan que se me ocurrió en estos momentos. Tu ocupación será ayudarme en el trabajo, no es liviano, pero saludable pues te fortificará el cuerpo; no te faltará comida, si tu conducta lo merecerá, seras bienvenido a nuestra casa, apreciado y tratado como uno de la familia. Tienes mucho que perder si no te comportas como corresponde a un miembro familiar, pero muchísmo de ganar si te esmeras y actuas como se espera de ti. ¿Fui claro?
-De acuerdo Sr. Julián, acepto- Respondió el caballerito mirando al hombre mayor directo a los ojos.
-Bueno, desde hoy soy tu tío Julian, y mi señora, la tía Teresa; el de tus hermanos, elíjelos tu; cuando lleguemos a nuestra casa, recibirás una pieza, ­será solo para ti, se te comprará ropa y los elementos necesarios para que tengas una vida­ comun y sencilla, pero honrada y sana. ¿Qué piensas?
El muchacho no podía salir de su asombro. Estuvo parado todo el tiempo que duró la charla. No atinó a pronunciar palabra, miró a Rosa, su progenitora, como para recibir un consejo, ayuda o palabra de aliento; volvió la mirada a su pseudo-tio, y sin titubiar, con una solvencia de palabras, que asombró a sus dos complices del plan, asi se expresó:

-Ante todo le agradezco a Ud. srta. Rosa, todo lo que ha hecho por mí, no tengo palabras, ni medios como para demostrar mi agradecimiemto. Siempre la recordaré, por ser la primera persona que encontré en mi vida. Con respecto al plan, Sr.Julian, no me es posible comprender su posición, no por no entender sus palabras, si no por lo que esto representa para mi; el pertenecer a una familia, tener un pasado y quizás un futuro. Nuevamente les bendigo a los dos y estén seguros que no los defraudaré, completamente segu­ros.
-Me voy rápido a la casa, antes que noten mi ausencia y comienzen las preguntas- dijó la mucama y salió corriendo.
Y allí quedaron tío y sobrino para ultimar los detalles.

De vez en cuando, nuestra mucamita, salía a pasear con los chicos y los veia trabajar, uno junto al otro, como padre e hijo; la saludaban y seguian en lo suyo.
Último episodio

Al año siguiente, Rosa conseguió pareja. Dejó el trabajo pues se mudó, con el flamante novio a otra ciudad. Al poco tiempo formó su propia familia.
Los años pasaron, fueron visitados en tres oportunidades por las cigueñas. La vida le sonrió, no se podía quejar.

Cierto día, leyendo el diario local, le llamó la atención una foto publicada en las páginas interiores: le pareció conocer esos ojos, estaba segura de haber visto esa cara. Se apresuró a leer el artículo anexo. Se trataba sobre las experimentaciones realizadas por un jardinero, que había logrado conseguir mediante un complicado sistema de injertos, una clase especial de rosas, de fragancia sin igual y de colores subyugantes.
Allí se comentaba, además, que una exposición se llevaría a cabo en una ciudad cerca­na, en unas semanas, y que estaría abierta al publico en general.
Estaba casi segu­ra de su sospecha. Volvió a mirar la foto, cortó la hoja y a la noche, cuando el marido volvió del trabajo, la mostró expresandole el deseo de concurrir a dicha exposición. Le comentó que creía conocer a ese jardinero, muy pero muy bien. El marido, que conocia la historia sobre todo lo acontecido durante el trabajo de su mujercita, allí en la mansion, se acopló a la sorpresa, no menos sorprendido y curioso, decidió que toda la familia viajaría a visitar tal exposición.

Llegó el dia. Durante el viaje, el corazón de nuestra Rosa, latía de alegría; la duda también jugaba su papel, logrando que los nervios ocasionaron la pérdida de todas las uñas.
Entraron, había mucha gente, el lugar muy bien arreglado, adecuadamente ilumina­do, inmensos adornos florales por todos lados; gran parte del público, jardi­neros, a jusgar por sus vestimentas tan peculiares; también los fotógrafos eran reco­nocidos por sus máquinas de todo tipo y tamaño.
Se escuchó una música suave, en forma lenta se levantó un pequeño telón, apareció una carroza muy singular de re­al tamaño, llena de rosas de infinidad de colores, ¡nunca vistas! Las rojas brilla­ban como rubies, las verdes eran esmeraldas, a capullos de nieve se asemejaban las blancas. El aroma se propaló por todo el recinto, embriagando a los presentes.
Por un costado apareció el organizador del evento. Las piernas temblaron a nuestra entusiasmada y más que asombrada visitante: ¡era él ! ¡¡Aldito!! Ya un joven esbelto, bien parecido, con vestimenta informal, deportiva. Saludaba con leves inclinaciones de la cabeza, a derecha e izquierda.
Los aplausos fueron generales y efusivos, todos querían acercarse al artista, asi lo llamaban, el artista de las rosas. Ella sintió un pequeño golpecito en el hombro, se dio vuelta, encontró un señor mayor que la miraba directamente a los ojos, -¡¡Don Julián!!- exclamó casi gritando, lo abrazó, expresó su alegría y conmoción, manisfestó además, que aun no podia creer lo que estaba presenciando.
El viejo jardinero los invitó a pasar a una piecita adyacente, alejándolos un poco del público y del ruido. La agraciada Rosa presentó al marido y a sus hijos. Rogó que le cuente todo, sin pérdida de detalles, sobre lo ocurrido desde aquella mañana en que se conviertieron en tío y sobrino. Y esto fue lo que escucharon:

-Pasaron varios años después que ustedes abandonaron la mansión. Desde el comienzo noté la dedicación del joven por las flores y en especial por las rosas. No hablaba de otra cosa, no tenía otro tema de conversación. Se dedicaba a ellas como una madre a sus hijos. En fin, aquella fue su única ocupación. Teniendo en cuenta su esmero y amor por las flores, creí conveniente anotarlo en un curso de floricultura para principiantes.
De mas esta decir que lo cursó y finalizó con felicitaciones del encargado del curso; que además propuso seguir con el tema y cursar otro curso, pero esta vez para profesionales. Al consultar conmigo, le di mi visto bueno y las posibilidades monetarias para realizarlo. Al terminar con excelentes promedios, recibió como premio una beca para participar en un curso especial de cultivo de rosas, pero esta vez en la ciudad capital, con todos los gastos pertinentes pagos.
De ello pasaron casi tres años; desde entonces recibió ofertas de todo tipo. Por ejemplo, para diseñar jardines, organizar exposiciones, en fin cada tanto es requerido aquí y por allá. Además, comenzó a dedicarse a la investigación y a experimentar­ con injertos, cultivos diversos y abonos variados.
Les comento que la de hoy es la primera exposición para el público en general. Hubo varias anteriores dedicadas a expertos y profesionales en el ramo. Los elogios van en aumento-

Rosa escuchaba y no daba crédito a sus oídos. Mientras, el querido Don Julián continuaba con el relato de lo acontecido, pero sus ojos no soportaban las lágrimas agolpadas; el sentimiento de admiración y orgullo que sentía por *su sobrino* casi no le permitían seguir hablando.
De pronto entró a la pieza una de Ias empleadas del establecimiento portando un inmenso ramo de rosas, como las expuestas allí en la exposición. De todos los colores posibles, un deleite a la vista. Una cinta de seda aterciopelada las mantenía unidas. Entregó el presente a la única dama que allí se encontraba, más un pequeño cofre de madera. Al abrirlo, Rosa encontró una botella de vino*cabernet sauvignon*. Del cuello de la misma colgaba una tarjetita:

a mi primera rosa, todas las rosas son pocas

aldito



Comenzó a llorar como una colegiala, no pudo contener, las lágrimas saltaron a borbotones. Sintió por detrás unas manos sobre sus hombros, al volverse encontró frente a ella dos ojitos traviesos, que hace muchos años atrás la conquistaron.

-¿Cómo está srta. la extrañe mucho, sabe?

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Nota del Autor: este cuento está dedicado a mi gran amiga María Magdalena Gabetta; escritora y poetisa cordobesa.



@beto

DERECHOS RESERVADOS

lunes, agosto 25, 2008

Memorias de un canillita















Palabras de presentación:

Fui un vendedor de diarios, un canillita, desde siempre, desde niño.
El colegio no me conoció. Mis primeras letras y se podría decir las únicas, las aprendí de los titulares de los diarios, que me obligaba a recordar para así vender más y más rápido.
La juventud transcurrió entre hojas impresas, noticias y escándalos, entre asesinatos y campeonatos de fútbol.
Llegué a mayor sin conocer esposa, pues no tuve tiempo de buscar novia.
Hoy, ya hombre maduro, los recuerdos, mis angustias, los momentos de alegría y regocijo que se me dieron por casualidad, traté de volcarlos aconsejado por amigos, en las siguientes páginas.

¡Che pibe!- así me llamaban, ese era mi nombre. El verdadero, el que me pusieron cuando aparecí en este mundo era Constantín, en honor del viejo de mi viejo. Sólo él me llamaba así. Mi madre murió la pobrecita, durante el esfuerzo que le produje al parirme.

La parada de mi viejo era en la esquina de Muñoz, el negocio de los trajes. Alguna vez me contó, que tuvo muchas peleas y recibió muchos golpes hasta que lo consiguió. Era su lugar y nadie se atrevería a usurparlo.

Viviamos lejos del centro. Caminábamos unos cinco cuadras hasta la parada del colectivo. Siempre estaba oscuro, verano o invierno, a las cuatro y media de la mañana cuando la emprendíamos para el centro. Debíamos pararnos frente a los galpones traseros del diario, para la entrega matinal. Siempre eramos uno de los primeros, así acostumbraba mi viejo y así lo comprendí yo. Al recibir el toco de diarios, empezábamos a caminar y a gritar los titulares, hasta llegar a nuestra esquina distante unas cuatro largas cuadras de allí.

Recuerdo que el día de mi cumpleaños, creo que el de los 8 o 9, cuando terminamos la venta del día mi viejo me llevó a la esquina de enfrente donde estaba el Café Sorocabana; me sentó en una de las sillas altas pegadas al mostrador y me dijo: - Ahora festejaremos tu cumpleaños – Pedimos un plato lleno de media lunas y otro con manteca y dulce. Yo pedí un chocolate con leche y el viejo sólo un expreso.
Mientras devoraba las media lunas, mi viejo se levantó dicíendome que en unos minutos regresaría. Al ratito apareció con una ¡N° 5 original! Sabía que me gustaba patear todas las tardes con los chicos del barrio. –Toma, es para vos, ¡Feliz Cumpleaños!—Qué sorpresa, que alegrón . Hasta que llegamos a casa sólo pensaba en la cara de los chicos cuando me vean aparecer con semejante regalo.

El cumpleaños siguiente no lo festejé. Mi viejo, fiel a su indispensable amigo el cigarrillo, me dejó una madrugada de invierno justo cuando llegaba nuestro turno en la cola de la entrega de aquella mañana. La ambulancia se lo llevó. Me quedé allí parado junto a mis diarios. El camino hasta la esquina, me pareció más largo que nunca. El peso del paquete me obligó a arrastrarlo. Logré llegar utilizando mis últimas fuerzas que en aquellos momentos las consideré muy pocas, pero mi cabezota estaba ocupada en mi viejo, y creo que eso fue lo que me ayudó llegar a la parada.

Una tía que nunca había visto antes, estaba en la casita cuando llegué aquella tarde a la vuelta de la venta. Y desde aquel momento no se separó de mí.Todas sus cosas las trajo dentro de una valija. Ocupó la cama de su hermano, mi viejo. Colgó una sábana con dos ganchos en el techo entre su cama y la mía., pues al tener la casa una sola pieza así debería ser, me explicó.
Esa noche no pude dormir. El entierro, la gente amiga, me revoloteaban por todos lados. Me parece que inclusive lloré, despacito, como para adentro; no quería que ella lo notara. No es de hombres llorar, siempre decía mi viejo.

Más de una vez algún cliente, especialmente los veteranos, me preguntaba como me las arreglaba sólo. Le mentía contándole que mi hermano mayor me ayudaba.

Comparándome con los chicos de la barra del fútbol, yo tenía un cuerpo más desarrollado y más fuerza. Siempre decían: -Qué patadón que tiene el canillita, eh!-

Ya de joven me daba mucha bronca el asunto de las parrandas de los muchachos del barrio. Cuando ellos volvían de sus jugarretas nocturnas me encontraban en camino hacia el diario a buscar el sustento tan necesario.
Una que otra vez conseguí toparme con alguna chica. Los resultados fueron siempre iguales. El cansancio acumulado, sumado a mi ignorancia sobre esas cosas de los flirteos, nunca llegó a ofrecerme finales felices.

Eso sí, leía mucho. Antes que nada el diario. Conocía todos los periodistas. Sabía de antemano quién escribiría sobre qué y cómo.
En más de una ocasión difería con alguno de ellos sobre su postura en tal o cual asunto. Inclusive una vez, recuerdo que después de leer el comentario sobre el aumento del precio del pan, que en contra-posición a la opinión general que reprobaba la medida tomada por el gobierno, el señor periodista, se llamaba A. Alfonso, escribió en su Rincón de Economía, que estaba completamente de acuerdo con la determinación tomada, y además felicitaba al Ministro de Economía por la resolución que ayudaría a levantar al decaído gremio panadero.

Lo pensé esa tarde en casa. Decidí escribir y mostrar mi indignación por la posición tomada, equivocada a mi criterio, por el periodista en cuestión.
Cerré la carta y a la mañana siguiente antes de ponerme en la cola frente al galpón, entré en la sección de las oficinas del diario. Al ser conocido por casi todos los empleados no me resultó difícil llegar hasta la oficina de los periodistas y encontrar la mesa de A. Alfonso. Y sobre su máquina de escribir planté el sobre.
Estaba completamente seguro que después de leerla, el conocido periodista la arrojaría al tacho de basura.

El mozo del café de enfrente, fue el primero en comentarlo: - Che pibe, ¿viste el diario?- y lo largó: -Hablan de vos, de tu carta, mirá que habías sido bravo, che!
Entonces tenía unos 18 años, no más. De toda clase de gente recibí felicitaciones y palabras alentadoras. Hubo algunos que fueron más lejos: - Dedicate al lápiz, ¡che pibe!, tenés pasta de periodista, metéle, no seas cobardón.

No en aquel entonces y menos hoy en día, entendí el furor de aquella gente. Era casi incomprensible que efecto lograran producir unos escasos renglones escritos en una hoja de cuaderno. El idioma básico, ese de la calle, el único que conocen los canillitas, consiguió que el periodista, influenciado por el contenido de esas lineas, publicara al día siguiente, en su Rincón, un comentario sobre la carta recibida. Además manifestaba que recapacitó sobre el tema, reconociendo su equivocación, y agregaba su agradecimiento al canillita por la ayuda brindada.
Los comentarios corrieron por toda la ciudad como un reguero de pólvora. Todos querían conocer al °canillita periodista°. Todos deseaban ver de cerca a ese fenómeno. Los días pasaron, la euforia se esfumó. El fuego de la admiración dejó su lugar al agua de la rutina.

Conseguí, despues de lucharla largo tiempo, el permiso del gerente de la Tienda Muñoz, en cuya esquina, como antes mencioné, estaba mi parada, para colocar una mesita apoyada en la pared entre las dos vidrieras del negocio, y sobre ella apilar los diarios. De un día a otro, mi parada se convirtió en mi °puesto de diarios°. Todos los vecinos se acercaron, me felicitaron, augurándome suerte en mi ascenso de categoría.

Al poco tiempo agregué la venta de un diario de deportes. A la semana siguiente la revista La Mujer, envió un representante para ofrecerme la venta de su semanario tan popular.

Las ventas y sus correspondientes ganancias fueron en aumento. Hice mis cuentas y decidí alquilar un departamentito a unas pocas cuadras del subte que tenía una salida a metros de mi esquina.
Mi tía Carla, ya entrada en años, no quiso mudarse al centro. Prefirió quedarse en el barrio, rodeada de sus amigas. Todos los sábados al mediodía viajaba a visitarla y almorzábamos juntos. Antes de irme dejaba unos pesitos sobre la mesa de la cocina. Ya en la puerta escuchaba su refunfuñar pues consideraba que era mucha plata para ella.

Un día al volver del trabajo, sonó el teléfono. Una de las vecinas del barrio me avisó que la noche anterior mi tía se descompuso, la llevaron al Hospital Municipal. A la madrugada falleció. Me encargué de todo lo relacionado con el entierro. Hubo mucha gente para acompañarla en su último viaje. Todo el barrio vino a despedirse de la tía del °pibe°, el canillita más conocido de la ciudad.
La casita que me vio nacer la alquilé a una pareja de recién casados. Me prometieron cuidar la huertita que con tanto cariño había mantenido la tana Carla.

Mis cosas marcharon bien. No me podía quejar. No tenía necesidad y además nunca lo había hecho. Los problemas están para solucionarlos. Está en cada uno arreglárselas sólo y no esperar que le tiren una mano. Hay muchos que siempre están a la espera de que alguien les arrojé una tabla de salvación, y si ésta no llega se hunden y a otra cosa. Hay que pelearla, trabajar duro, ¡no aflojar! La vida, al final, siempre te sonríe.

Un muchachito del barrio, cuyo padre sufrió un accidente quedando postrado en una silla de ruedas, se ofreció para ayudarme en el puesto. – Así podrás tomarte un descanso por las tardes, y yo me ganaría unos pesitos—me explicó en forma rápida.
Y como aprobando su sinceridad, no lo dudé y lo tomé como empleado. Mi primer empleado.

Mi vida cambió. La primera semana la aproveché para dormir, mi cansancio acumulado necesitaba horas de sueño. La segunda no supe que hacer conmigo mismo. Tenía que ocuparme en algo.
Comencé a visitar los cines. En años no tuve la posibilidad de ver una película. Por casualidad entré cierta tarde a un Cine-Debate. Me sorprendió el conocimiento de la mayoría de los espectadores sobre la película que habíamos visto, y sobre cine en general.
Desde ése día, embelesado por las películas que ofrecían y especialmente por las charlas posteriores a la función, me convirtieron en un asiduo concurrente a dicho lugar. Comencé a escuchar con atención los pro y contra sobre la dirección, sobre la actuación de los artistas, iluminación.
Pedí y recibí folletos especializados, me brindaron la lista de las películas a estrenar. En casa llené horas en la lectura. No me fue fácil al principio comprender los vocablos específicos de la cinematografía. Preguntas y consultas a la gente del cine, me ampliaron el conocimiento sobre ese mundo desconocido por mí hasta entonces.

Al año siguiente me ofrecieron entrar como miembro en la Comisión que organizaba los debates, que emitía los panfletos alusivos, que elegía las películas, en fin el trabajo no escaseaba. Yo tenía tiempo libre y mi entusiasmo fue en aumento al penetrar en ese extraordinario séptimo arte tan lleno de suspenso, intriga, acción y belleza.

El tiempo y las horas de trabajo en el puesto fueron cada vez menos. Lionel, mi empleado ya dominaba completamente el asunto. Resultó ser un muchacho muy competente. Fue autor de muchos cambios que resultaron muy efectivos. Entre ellos la sugerencia de solicitar permiso para colocar una especie de puesto con techo y paredes transformándolo en un kiosco como corresponde. El permiso fue otorgado y el ° Kiosco del Pibe° se transformó con los años en un lugar que siempre se reunían los muchachos para charlar y comentar las noticias del momento. Nunca estaba aburrido, siempre estaba abierto y siempre se encontraba con quien charlar.

Mi amigo el periodista nos abandonó en un día caluroso de verano. A los pocos días del entierro, varios de sus colegas del diario me pidieron que escriba unas lineas sobre él; ellos se ocuparían de publicarla dentro de su Rincón en el matutino.

Recuerdo que siempre acepté el humor, pero hacerlo sobre un amigo ausente, era demasiado. Después de escucharlos, capté que hablaban en serio, no había nada de chiste en la propuesta. Es más, me propusieron que relate un informe sobre la actualidad económica, con mis palabras, con mi forma de ver las cosas, todo bajo los ojos de uno del montón. Luego de entregarles la nota piloto, la llevarían al encargado de las correcciones y ellos la presentarían al encargado de publicación. Estaban reseguros de que sería aceptada la propuesta.

Tardé tres días en prepararla.
El día que fue publicada la nota, en la cual expresé mis respetos hacia un amigo que desgraciadamente nos abandonó, comenté además en unas pocas lineas sobre el nuevo Plan Económico del gobierno, todo visto por los ojos de uno del pueblo. Firmé, según lo propuesto por los muchachos del diario, bajo el seudónimo °el Pibe°.

El Rincón Económico de ése día fue comentado por todos los diarios de la ciudad. Yo mismo no podía creerlo. Los muchachos, mis °colegas del diario° vinieron a la tarde de aquel !!21 de Noviembre!! al kiosco a festejarlo. Tomamos y nos reímos hasta la madrugada en aquella esquina céntrica.
Los días siguientes muchas personas con el motivo de comprar el diario se acercaron para conocerme, para darme un apretón de mano, y para felicitarme.

Hoy en día, entre mi Rincón en el diario y la Dirección del Cine-Club, no me queda tiempo libre para ocuparme del kiosco. Suerte que Lionel esta allí para reemplazarme.
Creo que lo hace mejor que yo.


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Palabras de Agradecimiento:

A todos aquellos que ocuparon parte de su tiempo en leer sobre los pasajes de mi modesto paso por el mundo, les agradezco con sinceridad.
Muy amables y muchísimas gracias

el pibe
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@beto
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sábado, agosto 23, 2008

El ciervo y yo













Cerremos los ojos. No es fácil, pero por favor tratemos de hacerlo, no es imposible.

Cerremos los ojos y pensemos en el color verde. Sí, sólo pensemos en el color verde. Imaginémonos un mundo verde claro, suave.
Escucharemos seguramente una agradable música, no sabremos distinguirla, pero seguro que es abrazadora, llevadera.
A lo lejos aparecen pájaros con sus trinares, comienza a soplar una suave brisa, viene desde el mar, ese mar azul que a lo lejos se confunde con el cielo alto y lejano.

Camino por un sendero alfombrado de flores de variados colores. No veo el final, pues cada tanto hay pequeñas curvas y los árboles a los costados me impiden ver a donde llegaré.Y sigo caminando y no me canso. Me siento bien, realmente bien, sano feliz y contento.
¿Contento? ¿ Porqué?..¿Y porqué no?
De pronto me percato de que estoy sólo. Miro para atras y no veo nada. Miro para adelante, suspiro profundamente y sin pensar exclamo: ¡Que lindo ! Estoy bien ... Pero estoy solo.....

Siempre creí que no es lindo estar solo. No es aconsejable. Da que pensar el no tener amigos, no tener compañia, el no tener con quien hablar, con quien compartir, a quien amar.

Sigo caminando y de pronto sin haberme dado cuenta, sin haberlo visto desde lejos, el camino se bifurca. Miro para este lado y se ve un camino igual al transcurrido, apasible, suave como si diría:-- vení atravesame--
Miro al otro lado y veo lo mismo, otro camino, casi sin ninguna diferencia, me paro y espero.
No sé cuanto tiempo pasa. Quizas me adormezco, quizas no. No sé.
Y como si alguien me llevase, como un niño de la mano, empiezo nuevamente a caminar, dirigiendome al camino de la izquierda, no se me ocurre mirar hacia atras.

Al poco tiempo cuando lo hago, sin darme cuenta, pues sigo con la vista a una bandada de pájaros, ya no me es posible distinguir el cruce y por supuesto el otro camino.

Pasan las horas, quizas días. Sigo caminando. No como y no tengo hambre. No tomo y tampoco tengo sed. No estoy cansado, no obstante no haber dormido. No siento nada, pero me siento bien. No sé donde estoy, pero me siento yo. Estoy tranquilo, no quiero nada, no necesito nada.

A lo lejos, un ciervo, bien entrado en años, a juzgar por sus enormes cuernos marrón oscuro, casi negros, me mira sin moverse. A medida que me acerco, su mirada directa a mis ojos, no se aparta de ellos. Ya no son más que unos pocos metros los que nos separan. Aprecio un magnifico ejemplar orgullo de su raza.
A los dos o tres metros, me paro, ¡no se lo que hacer! Él sigue clavando su mirada en la mía, como si quisiera observarme por dentro. Oh! si !!
Eso es lo que siento, me esta estudiando, recorriendo por dentro, lo siento en mi pecho, en mi cerebro, dentro de mí, rara sensación, pero no me molesta. Me dejo inspeccionar.
No sé cuanto dura esto. No importa. Cuando sentí que su labor había finalizado, desapareció de la misma forma en que apareció. No obstante no me asombré, lo tomé como algo natural que debería ocurrir.

Tuve la necesidad de descansar. Me senté apoyándome en un hermoso árbol.
Miro el camino con sus flores, escucho los cantos de los pájaros.
Elevo la vista y lo veo, o creo que lo veo. Allí está el ciervo. Mi ciervo, junto a todo su rebaño, entre las nubes, de espaldas al sol .

Creo que me dormí. No sé, aún no me desperté.

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@beto
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