sábado, octubre 10, 2009

Otoño de un pasado primaveral


Cielo gris como telón viviente se despliega ante las apenas entornadas pupilas del abandonado cuerpo, del ayer hombre de familia.
Cartones apilados, mísero colchón para noches sin final.
Su raquítico esqueleto no obstante logró enderezarlo, la necesidad obliga murmuró a sus adentros, -muy cierto, levántate ya- escuchó sermonear a su otro yo.
Inclusive el pliego de los cartones para esconderlos detrás de la maleza, requirió un trabajoso esfuerzo. A pasos lentos encaminó su figura, pues ello era, solo una figura caminando por el parque; pocos visitantes restaban a esas horas tardías de la tarde que desvanecía en semejanza a su persona.

Optó llegar hasta los grandes almacenes; entre el concurrido público pasaría inadvertido. Un detalle fortuito prestó una quizás sonrisa, se trataba de una campera de excelente tela y marca, por lo visto al examinarla; algún joven apurado o tal vez un viejo distraído, la olvidaron sobre uno de los bancos que adornaban el camino de salida del parque.
Su aspecto exterior, ese que la sociedad ve y en base a ello reacciona, estaría solucionado. Resultaría mas fácil entremeterse entre la gente con la finalidad de pescar algún descuido que le resulte útil.

Un grupo de estudiantes revoltosos con ansias demostrativas de libertad excesiva interceptó la entrada principal del supermercado. Habían decidido llamar la atención y comenzaron a bailar al compás de una ruidosa música proveniente de un inmenso aparato móvil que manejaba uno de ellos.
Entre un par de uniformados agentes del orden y una decena de visitantes al establecimiento trataron de persuadir a los exaltados jovenzuelos la necesidad de abandonar el lugar pues obstruían el acceso y salida del público.
Dicho incidente fue más que suficiente para ser aprovechado por el disfrazado hombre de la campera de cuero para entrar sin siquiera ser revisado como se acostumbra en los últimos tiempos en las entradas de lugares públicos.

Ya dentro y provisto del correspondiente changuito comenzó a deambular por las distintas secciones en busca de una posible presa.
En el departamento de los embutidos llamó su atención una pareja de edad avanzada que, por lo visto, no se decidía frente a cierto escaparate;
ponían y sacaban de su carrito de las compras como si de un juego se trataba. Lleno de seguridad se acercó preguntando en que podría ayudarlos; estos, creyendo que el atento señor era empleado de la casa, consultaron pidiendo consejo en cuanto a los productos y en que cantidad como para agasajar a unas diez personas en su casa.
Con una ligereza sin igual, el simpático servidor,fue acomodando los diferentes alimentos, en base a su gusto, en el carrito de los clientes. Los agradecidos clientes se dejaron acompañar por el servicial "supuesto dependiente" a las cajas, sin examinar que y cuanto había sido depositado en el changuito.
Una vez allí el mismo pseudo-dependiente colocó lo elegido sobre la mesa de la cajera, y se retiró dirigiéndose a la salida del supermercado.

A los pocos minutos aparecieron los clientes y el entrometido se ofreció acompañarlos hasta el vehículo particular de ellos. Una vez allí comenzó a depositar la mercadería dentro del baúl trasero; mientras el cliente ayudaba a su señora ubicarse en el asiento del coche, las rápidas manos del "empleado" depositan varios productos en el pavimento debajo del automóvil. Finalizada la labor, cerró la puerta del compartimiento, y acercándose a la pareja se despidió invitándolos a seguir concurriendo al establecimiento en sus próximas compras.
Segundos después de la partida, solo restó recoger el botín y en forma lenta desaparecer del lugar.

Llegó a su guarida y esa noche recordó, aunque con dolor, su vida anterior y lejana. Los recuerdos volvieron uno a uno, como si respetaran un prefijado orden de aparición.

Su casa enorme le resultó hermosa, prolija, llena de luz y acogedora. Los gritos de chicos, sus hijos, por suerte no le molestaron, el perro juguetón continuaba con sus jugarretas aunque no resultaban insoportables. El aroma de las flores del jardín colmó su desarrollado olfato. Un olor impregnado de salsa hogareña llegó proveniente, sin lugar a dudas, de la cocina de Esther su queridita mujer.
La oficina, el personal, el ventanal con vista al río, fueron deslizando como viajeros en una cinta transportadora.

Dejó de pensar, de un brinco volvió a su actual presente. Una pareja acercaba pasos en su dirección. Se tiró sobre el banco utilizando su bolsa como almohada. Cerró los ojos. Con seguridad los enamorados buscarían otro lugar para confesar sus sentimientos. Lo logró.

Mañana un nuevo día, por desgracia, amanecerá. Ellos empiezan y terminan sin realizar consulta alguna; el mundo corre su carrera.

Las personas, como marionetas, hacen y deshacen los hilillos que las mantienen en continuo movimiento, permitiendo sus lloridos, exclamaciones y defraudes, dándoles la posibilidad de convertirse en irrompibles al igual que el sol que ilumina el concurrido escenario.
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@Beto Brom



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martes, septiembre 01, 2009

La vieja casona




La casa siempre daba el aspecto de cerrada, las ventanas, que eran muchas, cubiertas con sus respectivas persianas sobre las cuales el tiempo dejó sus huellas en la casi ya invisible pintura que quizás, alguna vez, le dió un poco de vida a esa madera tan desgastada por el correr de los días.

Una gran patio, que en sus tiempos fué posiblemente un esplendoroso jardín, con plantas y porque no flores. Hoy en día invadido por la inexorable naturaleza, siempre activa, hermosa, abundante, pero salvaje y desordenada.

Los árboles, alguno no obstante habían pasado a mejor vida, pero aun altísimos y erectos, estaban desparramados por todos lados. Los había de copa frondosa, otros bajos pero florecidos. Le daban a éste paraje sub-realista un aspecto de jardín encantado, en el cual podría desarrollarse cualquier cuento o inclusive rodarse un película en todo momento sin previo aviso.

Todos los detalles narrados, otorgaban la apariencia de un lugar abandonado desde ya hacía mucho tiempo.

Un sólo detalle no cuadraba en este marco de abandono y tristeza, la puerta de entrada a la casa. Era un magnificente ejemplar doble ala. De madera obscura pero brillante, que relucía a la hora del mediodía, en que un número escaso de rayos del astro rey conseguían filtrase entre las miles de hojas de los árboles. Dándole un resplandor casi sublime, en el cual sobresaltaban dos inmensas y señoriales argollas de un metal dorado, a cada lado de la imponente puerta. El tiempo no se notaba en la madera, por el contrario, parecería que en este momento la terminaron de lustrar.

Desde cierta distancia, la vista se centralizaba, sin quererlo, en dicha puerta, pues era tal la diferencia entre ella y el conjunto que la rodeaba, que resultaba casi imposible dar crédito a los ojos al observar dicha visión.

Pero, como lo dice aquel viejo refrán, no nos dejemos llevar por las apariencias, hay veces que engañan . Una vez más éstas sabias palabras resultaron ciertas.
Esta casona estaba habitada, y es más, nunca fue abandonada desde su construcción que data de dos siglos atrás. El dato fue otorgado por su actual morador, quien agregó además, que ésto nunca ocurrirá.

Un pequeño hombrecillo de escasos cabellos blancos abrió la puerta de acceso, permitiendo la entrada, con cortesía y significante amabilidad, a las oportunas visitas.
Al traspasar la puerta se abrió frente a los ojos de los visitantes un mundo extraño y llamativo.
Todo era de color verde. Por allí mas claro, allá más obscuro, pero siempre en la gama del verde. Muy ameno, muy suave y acogedor.

El anfitrión. se acercó a una especie de abertura entre una pila de piedras amontonadas en un rincón del recinto, de la cual emanaba agua cristalina. Colocó debajo una hermosa jarra, ofreciendo su contenido a los asombrados visitantes.


Mientras ésto ocurría, un par de blancas palomas revoloteaban sobre sus cabezas, como indicándoles que las siguieran. En un primer momento pensaron que les pareció, comentándolo entre ellos, pero al notar la insistencia, optaron por seguirlas.

Ellas entraron en otro recinto, en otro y en otro. Lentamente nuestros sorprendidos invitados apreciaron que la intensidad de la luz disminuía gradualmente. Hasta que en el lugar donde las palomas guías se detuvieron parándose en una especie de rama, estaba alumbrado sólo por dos hermosos candelabros que colgaban de la pared del fondo. Y allí debajo de aquella rama, estaba una angelical niña, de escasa edad, vestida de inmaculado blanco, de pelos rubios ensortijados. Casi parecería una estatuilla, un cuadro de la época del renacimiento, pero no, era real y les habló suavemente, acariciándolos con sus delicadas y pausadas palabras:

~~Bienvenidos al reino de la fantasía; aprovechen cada momento de vuestra estadía aquí. Gocen de cada instante, no se repetirá. Dejen vuestra imaginación en libertad, que vuele sin obstáculos ni barreras. Más aún, esfuercen en incentivarla, liberen todos vuestros deseos, ansiedades y pequeños sueños. Todos los que aquí estamos, tenemos una sóla meta: la de ayudarlos y complacerlos. En fin, ¡¡ hacerlos felices!! No hablemos más, manos a la obra ~~

Y en un santiamén, ésa diminuta y bonísima niñita, se convirtió en un original carromato; nuestros boquiabiertos pasajeros se sentaron, y nuevamente guiados por aquellas amigas palomas, comenzó a rodar por un sin fin de lugares, a cual más hermoso, pintoresco y encautador.

Y así pasó el tiempo. Nadie sabe a ciencia cierta cuanto. Pero en el preciso momento en que los viajeros miraron hacia atrás, apareció un relámpago de enceguecedora luminosidad. Ellos se encontraron nuevamente frente a la puerta de entrada de la casona.

La miraron y casi no la reconocieron. Ahora estaba despintada, resquebrajada, vieja. Los años se notaban en los nudos de la madera. Ahora sí encajaba perfectamente dentro del aspecto general de toda la casa, y también de todo el conjunto que la rodea.

La vivencia en que la habían sido partícipes, quedaría grabada bien profundo en sus mentes, y por consiguiente en sus corazones.



@beto
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martes, agosto 25, 2009

Jugarretas del destino

La invitación llegó a último momento. Al principio, mientras abría el sobre, ignoraba el remitente. El asombro remplazó a la curiosidad. Dejó transcurrir unos instantes; reeleyó las lineas que sintetizaban una decisión.
Por lo visto sería un evento nada común. La tarjeta de cartulina encerada, ribetes plateados, gritaban la importancia y vislumbraban el nivel que los organizadores pretendían de la reunión.
El lugar elegido despertaba, sin embargo, una ligera incógnita al tratarse de un salón de renombre, en su tiempo, pero los años habían actuado pesadamente sobre él.

En un primer momento, al detener su mirada especificamente en la fecha tan cercana, restó importancia a la invitación ubicandola entre las cartas leídas.
Al día siguiente, con la llegada del correo y luego de clasificar la correspondencia, se topó, una vez más, con aquella tarjeta, despachada a último momento, como demostrando la intención de haber sido enviada como para cumplir cierta obligación moral, o lo peor, causa de un olvido. Sea lo que fuere, la impresión del hecho era lo que contaba. Razón suficiente, para quedar en el cesto de los asuntos pendientes.

El sábado amaneció nublado. Recordó que debería llevar a su perro al veterinario, correspondía recibir las vacunas. Preparó la camioneta, plegó el asiento trasero, y allí se fueron los dos, a cumplir con los requisitos de una buena salud profiláctica.

Quiso la casualidad, en alguna forma hay que llamarla, que al entrar en la clínica, ella salía acompañada con Sussy, su perrita simpática.
Los ojos de ambos mantuvieron la mirada como si el tiempo no hubiera recogido las hojas de varios otoños; un leve estremecimiento golpeó las paredes de su caja toráxica.
-¡Qué sorpresa!- Dijo ella rompiendo el asombro- Qué agradable encontrarte, ¿recibiste la invitación?
Lo que pretendió ser una continuación de algo, resultó un golpe bajo, de esos que duelen muy dentro y al llegar a destino estallan.
-¿La invitación? ¿Qué invitación? Las respuestas interrogativas fueron como lanzas.
Rápida como relámpago precesor de la tormenta, ella respondió:
-Entiendo. No tenés idea de lo que estoy hablando. El frío de la mañana no es suficiente como para enfriar tu enojo,¿eh?
-¿Yo enojado? No tengo motivo y menos necesidad. Y...cambiando de tema ¿Qué pasa con la mimosa, está emfermita?- Y sin esperar contestación levantó a la perrita, quien al reconocerlo se recostó sobre su pecho; Sussy, Sussy...linda perrita, buena perrita...Por lo que veo está muy bien, entonces con seguridad la visita es para las vacunas...
-Exacto, sabelotodo...bueno nos vamos, que lo pases bien, ah, y vos también Gonzalito- el perro la miró, revoleó la cola a diestra y siniestra- Y veo que me recuerda, perro educado es para destacar...chauchito a los dos, Bay, bay...

En el camino de regreso resolvió entrar en una florería. Allí encargó un arreglo floral, insisitió que debería ser algo especial, original. En la tarjeta escribió las frases acostumbradas. Anotó la dirección, día y hora del envío. Pagó y a otra cosa.



Segundo capítulo
(Cinco años antes)

El hotel apareció exacto como los amigos del club lo habían descripto. Un poco alejado de la ciudad, estilo colonial, de una sola planta, ventanales inmensos: la luz de los antiguos veladores irradiaban una luminosidad embriagadora que invitaba a entrar.
Se miraron, un acuerdo total. La pareja caminó con lentitud hacia el portón de entrada.
Festejaban cuatro años de casados, cada aniversario un lugar distinto. Ambos compartían idénticos sentimientos desde aquel día de la excursión del Club, donde se conocieron y se perdieron en medio del torrental.

La habitación amplia, confortable. Lamentaron que estarían solo el fin de semana.
Dejaron las valijas a un costado, tomaron unos sorbos del exquisito coñac, presente de la casa y otorgaron a sus instintos libre albedrío.

Fue ella la primera en despegar un ojo la mañana siguiente. La luz del nuevo día se esforzó para entrar, aprovechando una rendija entre los gruesos cortinados del ventanal.
Palpó a su costado la espalda de su compañero, aun dormía, tibia, una sensación de gozo llenó todo su ser. Casi, casi lo despertó, pero recapacitó. No se atrevía, ya conocía la posible reacción de tal intento. La bofetada recibida en plena cara la vez anterior que no se retuvo, aun la recuerda, como si hubiera ocurrido el día anterior.

Se levantó, tomo un baño; sin cubrir su cuerpo posó frente al espejo. Estudió con cierta supremacía, tal vez con una mirada despectiva, la imagen allí reflejada. Sus ojos buscaban, sondeaban, cada tramo, pliegue de piel, sondearon toda protuberancia, desnivel. Exhaló un suspiro de conformidad.

Se introdujo nuevamente en la cama. Esperó. La imagen de un pájaro con un alita rota, se dibujó allí en la sombra-luz producida por el sol sobre la pared. Lloró, como lloraría un payaso al finalizar la función del día.

Una sonrisa apareció entre sus lágrimas, secas lágrimas…una mano velluda se acomodó entre sus muslos. Creyó perder su seguridad, su rostro reflejaría lo que su mente tramaba. Entre suspiros, penetración, éxtasis, no recordó el pasado, se esfumó.

El malestar la acosaba ya dos días; su amiga Sol le encendió la lamparita:
-¿Quizás…? Insinuó.
-Si, es posible, el último aniversario, el mes pasado en la campiña nos volvimos a encontrar, fue fantástico, ¿me entendes? Mañana pido turno al Dr. Metoly, es bueno y muy simpático. Cuando sepa algo te chiflo.

La revisación y la prueba fueron rápidas, el resultado por supuesto positivo. Recibió los consabidos sermones del cuidado, alimentación sana, bla, bla, bla.
Salió del consultorio, se sentó en el primer café que encontró. Entre pocillo y pocillo, meditó. Trató de convencerse, no resultó complicado. Pidió la guía telefónica y buscó lo que su mente tenía decidido. A los poco segundos un discreto aviso llamó su atención. *Sanatorio en las afueras de la ciudad, discreción, atención médica especializada, precios módicos*
Anotó la dirección y teléfono. Salió para encontrar una cabina pública, nada de dejar rastros en su celular. Se comunicó y pactó la primera entrevista para el día siguiente al mediodía.

Al llegar a la casa él estaba sentado en su sillón en el living, dormitando. Decidió esperar que se despierte para relatarle lo sucedido y su lógica resolución.
Este tema ya lo habían tratado con anterioridad y llegado siempre a la misma conclusión. Él desechaba por completo la sola idea de la maternidad. Mantenía que no estaba dispuesto a compartir su amor y cariño con nadie, sea quien fuere.

Se levantó malhumorado, problemas de negocios dijo. Ella, por lo tanto, no creyó oportuno hacerlo partícipe, por el momento, de su nuevo estado.
Avisó a su jefe en la oficina, que se tomaría la tarde libre; le comentó que no se sentía bien, agregando que unos días de descanso no le vendrían mal, ya le avisaría al respecto.

Quiso calmar las náuseas con un jugo de limón, que pidió al mozo en el barcito al lado de la clínica. Esperó a su amiga, quien la puntualidad no era su fuerte.
Se escuchó una frenada ruidosa, Sol estacionó el coche y corrió hacia ella.
-Perdón, querida, los chicos, ¿me entendes, no? ¿Entramos?

No tuvo en cuenta el asunto del coche, lo dejó aparcado al lado de su casa; para llegar a la clínica pidió un taxi, calculó que volvería con su amiga.

Su maridito llegó temprano. Al no encontrar en la casa, no obstante había visto su coche afuera, no supo a que atenerse. Ninguna nota, ningún llamado. Sus nervios comenzaron a trabajar a ritmo acelerado.
Buscó en el baño, en el dormitorio, en el patio, nada. Optó por llamar al despacho de los abogados donde era secretaria. –No se encuentra, se retiró temprano, no se sentía bien. Pónganos al tanto de su estado estamos preocupados…

Decidió romper con los pactados acuerdos: evitar llamadas que podrían ser inoportunas. La situación era, en aquel momento, de suma importancia y urgencia, pues dejaba más de un interrogante, por lo cual vio como necesario resolver de inmediato el problema.

Llamó, al tercer intento, escuchó una voz extraña…
-Hola,.. ¡¡ ¿Quién habla?!!
-¿Esteban? No se asuste, soy yo, Sol, ¿Cómo le va? Martha está ocupada, en unos momentos se comunicará con Ud. ¿okey?
Se escuchó el clic de la interrupción telefónica. Qué mal carácter tiene este tipo, pensó.
En menos de una hora, se le permitió entrar a la pequeña salita.
-Ya pasó todo, querida, ¿Cómo te sentís?
-Lastimada por fuera y por dentro. Me tardará mucho tiempo reponerme, si lo logro, por supuesto…
-Cositas como éstas, hoy por hoy, se efectúan millones al día, quédate tranquila, juntas lo pasaremos, ¿No confías en mí?
-No es eso, no dudo de tu amistad, tontona, segura de que estarás a mi lado como siempre, el problema soy yo y el que está en casa ¿entendés?
-Si, por supuesto, con tiempo todo volverá a su curso, ah! me olvidaba, él llamó a tu celular, contesté informándole que estabas ocupada y que lo llamarías mas tarde, el maleducado, por no catalogarlo con una grosería, me cortó el teléfono en las narices, qué tipo asqueroso tu compañerito, nena…
-Pensando mejor, creo que no actué como correspondería, Debo descansar unos días en tu casa, lo cual será un poco difícil de encubrir. No sé como me las arreglaré.
Siguieron charlando. Unas horas después, Sol la dejó en la puerta de su casa.

Respiró y entró.
Al traspasar la puerta percibió nubes negras, cargadas de furia, en el ambiente.
-¿Ernesto, estás en casa? Ya volví…
Un silencio se escuchó en toda la casa. Fue derecho al dormitorio, la habitación le pareció como después de un vendaval, todo revuelto, ropero, cómoda, mesas de luz, colchón, típica escena cinematográfica, posterior a un robo. Inclusive las valijas y bolsos de viaje, abiertos, desparramados por el suelo.
No entendía nada. ¿Ladrones? o ¿Quizás él buscó algo?
Volvió al salón. Marcó el número de su celular, escuchó la musiquita muy cerca, provenía de la cocina, -¿Esteban estás ahí?
Al entrar en la cocina lo encontró sentado, sobre la mesa una botella de whisky casi vacía, el cenicero repleto. No dijo una sílaba, los ojos como alfileres se clavaron en los suyos.
-¿Qué pasó Porqué estás así?
Saltó como un felino a su presa, el golpe de su mano, en el vientre de ella fue colosal, Martha se dobló como una bisagra, el segundo golpe lo recibió en la nuca, fue acompañado de un grito de animal enjaulado.
-Ramera, ¡te odio! te aborrezco… maldita ¡Vete, vete con tu compinche…buscona, te dejo en libertad para que tengas el tiempo de sobra para revolcarte en su cama…
Mala mujer…¡¡¡VETE YA!!! …

Con sus últimas fuerzas se recuperó, llego casi arrastrando hasta la puerta de calle, tomó la cartera y las llaves del auto y salió. Subió al coche con mucha dificultad, se miró en el espejito retrovisor, las lágrimas no alcanzaron a salir, estaban petrificadas en las cuencas de sus ojos. Sintió una puntada en el bajo vientre, quiso creer que comenzaba un derrame pues algo húmedo corría entre sus piernas. No esperó más, puso el vehículo en marcha, enfiló derecho a la clínica.
No obstante sus nervios al borde de la explosión, condujo con cautela, lo único que le faltaba era un accidente. Al llegar relató lo acontecido, la acostaron en una camilla y la llevaron a primeros auxilios. Aparecieron dos médicos que después de una corta revisación le informaron que debería ser intervenida quirúrgicamente de urgencia. Sin titubearlo aceptó. Alcanzó a dar el número de teléfono de su amiga y desapareció tras las puertas del quirófano.

Al abrir los ojos, distinguió una carucha conocida -¡¡Qué suerte Sol, como te extrañé!!
No terminó la frase y estalló en un torrente de lágrimas acumuladas, la bronca, la vergüenza, todo fue derramado en su llorido.
Sol se acercó para abrazarla, fuerte, fuerte, pero se aguantó, no quería producirle mas dolores, se conformó con un cariñoso beso y un apretar de manos caluroso.
-Ya pasó, cálmate chiquita, yo estoy aquí, a tu lado, quedáte tranquila, ¿O querés que yo también me ponga a llorar? Basta, por favor…

Pasó unos días de internación y fue dada de alta. Aceptó la esperada invitación de su amiga, para pasar un tiempito en su casa. Recibió unos medicamentos y una caja de analgésicos para los dolores. Se le aconsejó realizar cortas caminatas durante un tiempo y por supuesto terminantemente prohibido esfuerzos físicos por ahora. Lo del cuello, fue diagnosticado como un simple hematoma superficial, que se solucionaría con una cuellera.


Tercer capitulo
(El año pasado)

Al año siguiente del “incidente”, así lo llamaba Sol, trabajaba en una empresa especializada en la venta de implementos agrícolas; los dueños, familiares de su amiga, eran la mar de simpáticos, y la trataban como una más de la familia.
El trabajo consistía en centralizar los pedidos, repartirlos a las diferentes secciones, desmontar de la existencia, etc. No era pesado, no obstante pasaba muchas horas en la oficina.
El respetable sueldo le permitió el alquiler de un hermoso departamentito en un edificio céntrico. La vida le volvió a sonreír.

El jefe de la sección Contaduría la invitó a tomar una copa, una semana antes del Fin de Año. Para evitar un posible rechazo comentó que vendría con otro de los jefes, y consultó si sería posible extender la invitación a su amiga Sol, que pos supuesto la conocía y le consideraba una excelente persona, agregó que con seguridad pasarían una agradable velada.
Cosa extraña, no lo dudó, y aceptó la propuesta. Dejó descartada la reacción de Sol, la conocía suficiente.
Era la primera oportunidad en la que tendría una relación tan cercana con un representante del sexo opuesto desde el incidente.
Sol, al enterarse de la buena nueva, exclamó, -Tan poco tiempo en la empresa y ya te conquistaste a ese solterito; te comento que varias muchachitas le pusieron el ojo y se quedaron con las ganas.
-Despacito, nena, solo tomaremos unas copas, no exageres la nota. Ya te lo dije, no quiero saber nada más sobre asuntos hombres. Lo que pase me alcanzó.
-Bueno, bueno, no lo tomes a la tremenda, solo te comenté sobre el susodicho, ¿Mirá que sos quisquillosa!

El tema referido, fue mas de una vez comienzo de conversación entre las amigas, pero indefectiblemente suspendido. Por mas que Sol quiso en diferentes ocasiones salir con amigos, hacerla participar en reuniones, fiestas, siempre recibió la negación de su herida amiga,-Nunca más, ni siquiera intentarlo, ya tuve suficiente-

Pero el tiempo es enemigo de los recuerdos, en especial los tristes, y cuanto más dolorosos, mejor remedio,

Dos días antes de la cita decidieron, mejor dicho Sol propuso y ella aceptó, comprar algo nuevo, moderno, si es posible llamativo, para estrenar.
Sol se eligió, después de revolver cuatro boutiques, un blusón estampado de florecillas diminutas, muy mono, provisto de un atrevido escote, como era su estilo. Para ella compró una blusa turquesa muy fina, y un pantalón negro con un delicado cinturón.
En verdad, ella misma se sintió linda, inclusive atractiva, allí frente al espejo la noche antes de la salida. Una cierta sonrisa apareció en sus labios. Sol lo notó, y apretó sus mandíbulas, tragó saliva decidiendo evitar posibles reacciones no deseables.

Llegó la hora y allí salieron las dos amigas, todas elegantes y coquetas a la noche de los tragos.

Una reunión amena, charla sobre temas del día; el susodicho resultó muy simpático, de correctos modales, muy moderno en sus gustos, varios de ellos coincidentes con los de la nueva empleada. Sol propuso, no podía con su genio, seguirla en una discoteca no muy lejos de allí, los ojos del terceto coincidieron en ella. Sin dudar contestó que no lo creía conveniente y que no faltarían oportunidades. Nadie agregó palabra y se dio por finalizada la salida. Antes de despedirse, Ramón, el supuesto pretendiente, palpó la delicada situación y consultó la posibilidad de invitarla a un paseo el próximo fin de semana. Recibió un si rotundo. Alegre como un perro con dos colas, subió a su coche y salió despedido como una violenta ráfaga.

Salida siguió a salida. Las relaciones tomaron con notable rapidez una consabida seriedad y no tardo en llegar el día de plantar bandera y concretar el día para la ceremonia correspondiente, el casamiento.

Cada uno resolvió confeccionar la lista de sus invitados, concordaron que deseaban una pequeña reunión con no muchos participantes, exceptuados familiares por supuesto.
En aquellos instantes, ella dudó en sumar el nombre de Ernesto a la lista. Consultó el tema con Sol. –Ni se te ocurra, no seas loca, que reviente solo, es como debe pasar el resto de su vida, abusador y violento, no hagas papel de arrepentida, no le perdones su proceder, te lo digo por tu bien.

Ramón fue más sopesado en sus conceptos. Conocía por supuesto la triste historia de boca de su futura esposa. No obstante en su momento reaccionó en forma severa y repudió sobremanera el proceder de aquel hombre, respondió que a su parecer no correspondía que tal sujeto figure entre los presentes en el día tan significativo para la pareja. Reconoció que ella estaba en su legítimo derecho de cursar la invitación si así lo creía correcto.

El casamiento tuvo rebordes muy comentados en el que decir de la sociedad empresarial de la ciudad. En la página de Sociales, apareció la pareja en el momento de la puesta de añillos en una foto a todo color, Allí se informaba que inclusive el mismo Intendente de la ciudad figuraba entre los que brindaron con las copas en alto por la felicidad de los novios.
Como punto picaresco se destacó un arreglo floral , entre los numerosos que llegaron como presentes de familiares y amigos de la pareja; era una pequeña carroza, adornada al estilo navideño, con todos los elementos que correspondían, solo un detalle llamaba la atención: faltaba el conocido pesebre.



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@beto brom
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martes, agosto 11, 2009

Palomas blancas




Las miradas de los turistas convergieron en el campanario. Dos inmensas y relucientes campanas cumplieron su cometido. El sonido típico se dejó escuchar. Un golpeteo tras otro revelaron la hora: las 11 de la mañana. Los visitantes prepararon sus máquinas fotográficas y filmadoras. Todo estaba pronto. Las palomas aparecieron.

De la nada. De todos lados una blancura inmaculada cubrió el cielo como una inmensa nube de algodón.
El rito nuevamente se cumplía: 11 de noviembre, 11 de la mañana. Así contaba la leyenda, que pasaba de padres a hijos, ya cientos de años, ¿Quien sabe? quizás más.

A simple vista parecería un espejismo, producto de un delirio general. Estado de trance influenciado por un candente deseo de que aquello ocurriese.
Varios expertos en psicosis de masa estudiaron el fenómeno, sin llegar a resultados concretos, que pudieran o pudiesen ofrecer siquiera una mísera pista a tal incógnita.
Los turistas atraídos por los comentarios, llegaban por cientos. Desde tempranas horas ya llenaban las calles del pequeño pueblo. Los comerciantes del lugar se preparaban con varios días de anticipación para ofrecer sus mercancías y sacar buen provecho del ya famoso: "Día de las Palomas"

Entre las decenas de ornitólogos que dejaron sus pisadas por todo rincón posible, en busca de indicios que ayuden a descifrar el enigma, sobresalió un hombre joven, redondeando los cuarenta, acompañado por un perro de aguas; se instaló en el único hotel del pueblo, abonó la paga de un mes por adelantado y allí comenzó la historia que un día daría, con seguridad, que hablar en el pueblo y en la comarca toda, dando un toque de modernismo a la anciana leyenda, realzando la existencia del pueblo que a penas significa un puntito en el mapa de la zona.

"Profesor de las palomas", fue el apodo que le otorgaron los pueblerinos a nuestro experto colombófilo.
Como punto inicial, era primordial precisar la casta a la cual pertenecían dichas palomas.
Anotó en sus carpetas:

Variedad: de toca o monjil.
Color: regularmente blanco.
Medidas: desde el pico al extremo de la cola> 36cm. y 70 de envergadura.
Particularidad: sobre la cabeza una porción de plumas largas que caen por los lados.
Hábitat: anida tanto en los montes como en las torres de las poblaciones.

Todas las mañanas, acompañado de su fiel amigo, el dúo partía en caminatas hacia las afueras del pueblo. El canino siempre delante, husmeando todo lo que se presentaba frente al hocico. El investigador se detenía ante todo arbusto, planta u árbol, anotaba, y proseguían en el camino. Pretendía una explicación, el porqué de la atracción de las palomas hacia aquél lugar. ¿Qué motivo estaba encerrado en aquella particular zona? ¿Porqué llegaban allí al mismo tiempo, quien sabe desde qué distancias?

Durante las tardes concurría a los bares. Cada día a otro, se mezclaba entre los vecinos, tomaba una copa, charlaba con u otro de los parroquianos.
Cierto día recibió un dato que con certeza lo ayudaría. A las afueras del vecindario, unas cuantas decenas de metros de la salida norte, comenzaba una zona en la que la vegetación era muy espesa, abundaban inmensos y añejos árboles. Allí dentro no muy lejos se encontraba la cabaña de Don Sacarías. Ermitaño, que su afán y amor a las palomas lo obligaron a distanciarse del resto de la pobladores. Era un palomero propiamente dicho, así lo catalogaron los vecinos del pueblo.

Consultó con el comisario local sobre dicho hombre. El hecho de optar por mantenerse distanciado del resto, explicó el agente, lo convirtió en un renegado, agregó además, que no faltan los que lo califican como descarriado.

DinDon, el perro del "profesor" se adelantó por el camino que penetraba en el bosque. Un centenar de palomas revolotearon sobre los inesperados visitantes.
Un hombre de elevada estatura apareció en la entrada de algo semejante a un refugio montañoso. Saludó, elevando su mano.
En pocas palabras el visitante lo hizo participe de la razón de su llegada hasta allí.

-El motivo de la llegada de las palomas no es ningún misterio- Afirmó el palomero.
-Nadie conoce la causa. Entendidos en la materia realizaron estudios, visitaron el pueblo y la zona sin llegar a permitirse una idea somera sobre el enigma- Agregó el asombrado investigador.

Sentados en una hamaca bastante rudimentaria, amarrando unos considerables vasos de cerveza, entablaron una larga conversación sobre vida y costumbres de aquellas que vuelan. Significan para uno su vida y para el otro su profesión.

-Nuestras amigas- continuó su relato el viejo solitario- Tienen devoción por ciertos árboles que, creo, sólo existen en ésta región. Ellos dan un fruto muy dulce que las embriaga a tal punto que aprovechan para los filtreos y otras ceremonias, previas a la unión natural que asegurará la continuación de la especie.
-¡¡Así de sencillo!! exclamó estupefacto nuestro "profesor".
-Con respecto a la fecha, en las primeras semanas de Noviembre dichos frutos se abren y ello dura exactamente 24 horas- y agregó- No me pregunte la causa, ello no lo sé- agregó el palomero casi disculpándose.

De regreso al hotel, el joven investigador, no obstante faltaban unos días para cumplirse el mes de su estadía, preparó sus maletas y agradeciendo los servicios prestados se retiró del establecimiento.
Tenía deseos de entrar a uno de los bares para relatar lo descubierto allí en el bosque en boca del ermitaño palomero. Optó por callarse y guardar el secreto.

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Beto Brom


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lunes, junio 08, 2009

Altos decibelos del silencio




El telón permanecía abierto.

La minúscula utilería mostraba una sala de casa de familia, un sofá grande con unos almohadones, a sus costados dos lámparas de pie encendidas, una mesa ratonera larga frente a él, repleta de vasos, copas y platos apilados; a simple vista usados, a entender por las botellas vacías en número no despreciable.

En el medio del predio una enorme mesa de madera antigua, las sillas que constituían el juego, desalineadas como después de una reunión, fiesta o evento similar.
Una pila de diarios, destacaba su presencia, al igual que decenas de libros desparramados sobre la impactante mesa.
En un rincón un tanto alejado un pequeño sillón, como abandonado, de color rojo fuego; no obstante su lejanía del centro del escenario, invitaba las miradas de los espectadores sentados a la espera del comienzo de la representación teatral.
A juzgar por los cuadros colgados en la pared del fondo, los dueños de casa, gustaban de motivos campestres, naturaleza resaltada en colores y matices que otorgaban una sensación de calma, que parecería interrumpida por el desorden reinante en dicha habitación.

No se escuchaba música ambiental, propia de puestas en escena acostumbradas; el silencio ocupaba forzosamente los sentidos, en especial los auditivos, del público, resultando como un grito de atención frente a lo que allí ocurriría.

La puerta, situada en la parte izquierda del escenario, pegada a lo que pareciera una pieza contigua, se abrió y un hombre entrado en años pasó sin cerrarla, se dirigió al sillón rojo, y mientras sacaba de uno de los bolsillos de su abrigada campera unos papeles, tomó asiento como desplomándose en el.

Una luz amarillenta alumbró aquella parte de la escena.

Montó frente a sus ojos un par de anteojos que le colgaban del cuello, y dio a entender que leía lo escrito en dichos papeles.

Transcurrieron ciertos minutos, que parecieron largos, mas nuestro señor, por lo visto absorto sobre manera en la lectura, solo atinó a reacomodar sus lentes, cambiar de posición y acercar la pequeña lamparilla sostenida de la pared cercana al sillón.

Dejó de leer, se levantó, por lo visto en la expresión de su cara, malhumorado, se acercó a la mesa del centro, revolvió entre los diarios, tomó uno y retornó a su sillón.


En una mano las hojas del diario seleccionado, y en la otra los susodichos papeles continuaron ocupando en forma intensiva al nervioso personaje a decir por la fruncidas del ceño, y la tensión de su cuerpo fácilmente notoria desde la platea.

A los escasos segundos, por lo apreciado, llegó a un punto crítico, importante de la lectura, que le ocasionaron un notable trastorno, produjeron un temblor en todo el cuerpo, arrojó con furia papeles y diario al aire; a pasos acelerados salió de escena atravesando la puerta abierta, por donde hizo su aparición.

Se escuchó un golpe de puerta, ruido de una caída de algo al suelo, otro golpe de otra puerta cerrarse con mucha fuerza, a entender por el estruendo escuchado.
Nuevamente pasos enérgicos. Apareció con los ojos, podría decirse fuera de sus órbitas, en una mano portaba un revolver, la lectura descalabró aparentemente su estado anímico, vociferaba con la boca cerrada.

Levantó en forma agresiva los papeles diseminados por el piso, con su mano libre, los metió dentro de uno de sus bolsillos. Paso seguido pisoteó la hoja del diario; estaba fuera de si, caminó hacia un lado, dio unos pasos, volvió al sillón, se sentó y volvió a pararse, sus nervios exaltados no le permitían controlarse.
Miró sin ver a su alrededor, parecería dispuesto a tomar decisión sobre su accionar. Se acercó casi al límite del escenario, frente al público auscultó uno a uno, como buscando ayuda, sus facciones eran duras, un cierto sudor fue perceptible en su rostro.

Mas de uno de los espectadores, aterrados por el desenvolvimiento de la trama, quizás se ofrecerían a dar una mano al desesperado, pero nadie atinó siquiera a moverse.
Éste, levantó frente a si el arma empuñada, la miró con extrañeza, sin comprender el significado de su existencia, acercó su otra mano como ayuda para sostener aquel raro artefacto. Era con seguridad el momento crítico.
El silencio fue en aumento, era posible escuchar los latidos apresurados del corazón de aquel sujeto, sus ojos perdieron luminosidad, un leve carraspeo quiso romper el silencio reinante.
Todos esperaban un desenlace ya próximo, la tensión en la sala era escalofriante, una ráfaga helada cubrió el ambiente; el descarriado optó por volver sobre sus pasos dirigiéndose a la pieza continua. La puerta se cerró.

Un susurro de un parlante quiso llamar la atención del público clavado en sus asientos.Una suave voz de mujer se dejo oír, por intermedio de parlantes, en toda la sala del teatro:

*Mi triste corazón no me permite continuar llevando esta vida doble. Siempre te querré, de ello no hay duda, has sido para mi, un todo, y quizás más. No te arrepientas de haberme querido, no te ofrecí posibilidad distinta. Lo que por mi has hecho no tiene recompensa. Tu amor sincero, aceptó todas las inclemencias del tiempo a mi lado. Soy culpable, sin serlo, me obligo a sufrir sin merecerlo. Tu dimensión es comparable al vuelo de la paloma de la Paz, aquella que busca eternamente llegar a tierra firme. Mis costas no son buenas, las arenas están pisoteadas por huellas extrañas. Olvidar no puedes, amarme es fuera de tu alcance. Mi pensamiento vuela sin cesar, como un sentimiento en un camino errado. No me esperes, yo continuo aguardando tu llegada*

Se escuchó un ensordecedor ruido, típico de un disparo de arma de fuego, las paredes del teatro no pudieron sostener el impacto, la acústica del techo refutó en los tímpanos de los espectadores. Más de uno saltó en su butaca, hubo quienes exclamaron un gritillo de susto…
Lentamente fue cayendo el telón.

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@Beto Brom

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lunes, marzo 23, 2009

Uno de esos días

...y de pronto cayó la tarde, llegaron esas horas que no se sabe a ciencia cierta a quienes pertenecen, el sol no mira hacia atrás, no sabe ni conoce de su existencia, su labor ha finalizado, va en marcha hacia otro día. .. la noche, como la del estreno, ocupada en sus últimos detalles, su función en momentos dará comienzo. . .

Ella aguarda sumida en sus pensamientos, la intriga superó en aquellos instantes a su desechada curiosidad, una vez más la pregunta revolotea, no es capaz de saciar su desenfreno, él prometió, ¿cumplirá?

Las farolas expanden su luz sin consideración, incluso los rincones, guarida de las sombras, muestran su desconcierto, ¡que descaro! gritan en su silencio, rezagados pajarillos desesperan en busca del refugio nocturno, el cielo rojizo no escatima esfuerzos, el escenario natural de las entrevistas pronto a cumplir su cometido.

Él se encamina a paso acelerado, el primer encuentro es el que cuenta, según consejos de amigos expertos en la materia.
Ansiedad en demasía, le resulta dificultoso respirar, con seguridad ella impaciente por su tardanza resolvió retroceder en su decisión. Apretó el paso.

La glorieta pareciera cubierta por un manto de rocío tempranero, en un costado la silueta de ella se dibujó adquiriendo un color púrpura, quizás a semejanza de los latidos de su corazón.
No hubo sorpresas ni exclamación alguna, la unión de sus manos sellaron aquel compromiso mantenido en secreto tan largo tiempo.

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@beto
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jueves, marzo 05, 2009

Aguas místicas



















PRIMER CAPÍTULO


Las olas golpeaban, sin misericordia, sobre las gastadas paredes de las centenarias rocas semi sumergidas en el revoltoso mar. A escasos metros descansaba la orilla plana como a la espera de alguien para dejar sus huellas grabadas en ella.

Era la hora en que Federico y su pandilla, como todas las tardes, venían a corretear a lo largo de la playa. No obstante conocían todas las entradas y salidas del agua entre las caprichosas formas y desniveles de las rocas, siempre encontraban alguna nueva protuberancia sobresaliente, o una escondida fosa que no era visible a simple vista. Lo mas interesan­te, y ello se había convertido en su principal ocupación, era buscar, a veces con suerte, elementos traídos por las aguas, que las olas los acercaban a la orilla, quedan­do, a veces, estancados entre las rocas. Comúnmente eran trozos de maderas, ya casi ne­gros, resbaladizos, endurecidos por el viento, el tiempo y la sal.
Ciertas veces el azar les sonreía, los sorprendía un trozo de tela raída con rastros de quizás una inscripción, pues las letras eran casi indescifrables, era suficiente para iniciar una discusión entre ellos sobre si era una b o una p, una e o una i, grandes dudas y muy difícil ponerse de acuerdo. Lo que se decidía ser de importancia y de valor, se guardaba en el cajón, desti­nado a tal fin, que estaba en el viejo galpón del carpintero del pueblo, el cascarrabias Don Pedrín. Éste, les había permitido depositar allí, en un obscuro rincón del recinto, un cofre de hierro con un oxidado candado; la llave la cuidaba, por turno, uno de los muchachos, según una lista que confeccionaban una vez por mes.

Aquella tarde, al igual que las últimas anteriores, transcurrió sin hallazgos especiales. Unos metros antes de subir por la pequeña colina para alcanzar el camino de vuelta a casa, un resplandor alumbró los ojos del más chico de la pandilla, el enanito, apodo que recibió el pequeño Martín, de sus amigos más grandes. Se paró, miró y salió corriendo hacia la luz; los otros al verlo correr, lo imitaron sin saber la razón de la corrida del pequeño. Todo el grupo se detuvo a escasos dos metros del lugar; se percataron de la pequeña botella estan­cada entre dos rocas, como pidiendo socorro, para ser rescatada de sus o­presores lo mas rápido posible.

La pandilla reaccionó, como era de esperar, y a los pocos minutos estaban todos sentados en la arena alrededor de la botella. La estudiaron detenidamente, era completamente transparente, dentro había un trozo de papel; trataron, en vano, de abrirla; el tapón se resistió tenazmente a dejarse vencer. A medida que los minutos pasa­ban, la ansiedad, el encuentro con lo desconocido, aumentaron mas aún la curiosidad.
Faltó poco para que el enano, que la tenía entre sus manitas, la rompiera contra las piedras con el propósito de apoderarse del contenido, el susodicho trozo de papel allí guardado, quién sabe cuanto tiempo. El grito desaforado y ame­nazador del jefe, Federico, lo paralizó, al igual que al resto de la pandilla. Le arrancó la botella de la mano, explicó que quizás, al estar tanto tiempo cerrada sin aire, el contacto repentino con el mismo, al abrirla, podría hacer un efecto sobre el papel, quizás irreparable, llegando posiblemente a convertirse en polvo.
Recapacitaron durante un tiempo y decidieron llevarla al pueblo, contar lo acontecido y recibir la opinión del viejo amigo Don Pedrín, que seguro los ayudaría.
Hacia allí fueron todos en banda. El sol que ya había terminado su función del día, convirtió el camino en algo un poco problemático, ¿o quizás fue el nerviosismo la razón?

Llegaron al galpón, no había luz. Pensaron que el cascarrabias está ya acostado, no convendría molestarlo, lo más prudente sería guardar la botella en el cofre y esperar hasta la mañana siguiente. Sin consultarlo con los demás, Federico se acercó a la parte de­lantera de la casa, golpeó suavemente unas dos o tres veces sobre la puerta; la voz chillona del viejo no se dejo esperar:
-¿Qué quieren meque­trefes? ¡¡Vengan mañana!! –
-Es urgente, no podemos esperar, por favor don Pedrín, abranos, ¡¡por favor!!

Se escucharon unas maldiciones, murmullos indescifrables, con enojo y furia. Todos se pusieron detrás del jefe, sin chistar.
Se abrió la puerta de un sopetón, allí estaba el dueño de casa, to­do él, casi dos metros de altura, con una especie de escopeta en la mano, preguntó gritando:
-¿Qué se les ofrece, mocosos?
Con unas pocas frases, entrecortadas, sea por el miedo o por la vergüenza, explicaron la razón de su inesperada visita nocturna.
Les permitió entrar, alumbró la habitación, desocupó y acercó una pequeña mesa, se acomodó en un destartalado si­llón, y exclamó:

-¡Pónganla que la veamos a la luz! Y cosa de mandinga, el vidrio se volvió opaco, no se podía ver nada a través del mismo; el vie­jo los miró y preguntó:
-¿Dónde está el papel?- Le contaron que allá en la playa, con la poca luz del día, lo vieron perfectamente. La tomó en sus manazas, la estudió detenidamente, una y otra vez, dijo:
-Esta botella estu­vo en el mar muchisimo tiempo, ¡muchisimo! ¿Uds.quieren que la abra?
-¡¡Si!!- contestaron todos al unísono.
-¿Para qué? Yo opino lo contrario- manifestó el viejo- ¿Quién sabe lo que encontraremos dentro? ¿Quién sabe lo que estará escrito en dicho trozo de papel? Quizás una maldición que recaerá sobre el que la abra.¡No!, me opongo, soy lo bastante viejo para correr esos riesgos. Llévensela, déjenme en paz, fuera..., suficiente por hoy,¡¡vayanse!!
Y entonces, como si estuviera ensayado, se pararon todos frente a él, sin pronunciar palabra, agarraron la botella, como si fuera una arma apuntaron hacia él, de un modo amenazante. Pasaron unos pocos segundos que parecieron siglos, el anciano, percatándose de la irrefutable decisión, la tomó nueva­mente entre sus manos y refunfuñando, dijo: -Está bien, siganme al taller.

Hacia allí enfilaron como soldados detrás del oficial. Ya en la carpinte­ría, calentó un hierro fino, volcó unas gotas de un líquido marrón sobre el tapón, y lentamente procuró introducirlo a través del mismo. No dio resul­tado; volvió a repetir el proceso, ¡y nada!. Trajo un latón, lo llenó de agua, introdujo unos trocitos de una especie de goma o brea, para luego sumergir la botella dentro.
A los pocos instantes el vidrio recuperó su transparencia, y nuevamente se pudo observar el trozo de papel que yacia en su interior.
Acto seguido, el anfitrión, tomó con una mano la botella, y con la otra acercó un pequeño soplete, que arrojaba una fina llamarada azul y roja, al cuello de la misma. Ante el asombro, el caprichoso tapón empezó a desintegrarse, cayendo, en peque­ñas gotas, en el recipiente; cuando desapareció por completo, introdujo una fina pinza y extrajo el deseado papel.
Lentamente lo depositó sobre una pa­ño, colocado previamente sobre una mesita, y ayudandose con diminutas pincillas, lo fue desenrollando.
Mientras tanto, él como los purretes estaban mudos, a la espera de conocer lo allí escrito.
A los pocos instantes el papel estaba abierto y ante los ojos de los presentes aparecieron unas misteriosas lineas y garabatos, y además, a un costado, una especie de dibujo,o quizás un mapa.
Todos observaron anonadados, sin decir palabra. Don Pedrín se levantó y volvió a los pocos instantes con un par de anteojos; nuevamente se sentó y comenzó a estudiar de cerca lo allí escrito. Al cabo de unos minutos, entre cansado y confundido, exclamó:
-¡No entiendo nada! parecería una broma, pero... quizás sencillamente sea un idioma el cual yo no conozco y por ello me parece sin sentido, no obstante el hecho de haber sido sellada la botella en esta forma, sumado a ello que fue encontrada en el mar, y, como les dije, estuvo allí muchísimo tiem­po, no deja de parecer algo real y verdadero, arrojado por alguien que quiso avisar algo, o pedir ayuda en un momento de desesperación.

La envol­vió cuidadosamente en el paño, trajo una cajita de madera, la colocó dentro y la entregó a Federico.
-Cuidenla, ¿Quién sabe que secreto o noticia, hay aquí encerrada? No los puedo ayudar, lo siento de corazón, les recomiendo que viajen a la ciudad y busquen al relojero chino, él vive en la parte vieja, ese anciano conoce mucho mundo, recorrió lugares muy alejados y extraños, muchos idiomas y lenguas no le son extrañas. Es posible que puede ayudar a descifrar la incógnita- Les auguró mucha suerte.

Guardaron la valiosísima cajita en el cofre del fondo del depósito y cami­naron rumbo a sus casas, quedando en encontrarse al mediodía siguiente en la playa, en el lugar de siempre.




SEGUNDO CAPÍTULO

Llegó el día. Mucho antes de la hora acordada, ya esta la pandilla en ple­no, esperando en la puerta de la carpintería; al verlos tan temprano, salió el viejo Fermín para preguntarles la razón del encuentro, al enterarse, corrió hacia su casa, exclamando: ¡Esperenme, yo también voy!
Al aparecer la camioneta, viendo el conductor quién se acopló al viaje, y obviamente encantado por tan amable compañía, consultó sobre el moti­vo de tal viaje.
Al recibir la inesperada respuesta no supo lo que decir y se mantuvo sin abrir la boca durante todo el trayecto.

Llegaron a destino. La banda, acompañada por el carpintero, se bajaron en la parte vieja de la ciu­dad, la camioneta siguió su curso.
No les fue difícil encontrar la relojería del chino, así lo llamaban los vecinos.
Era un pequeño local con una puerta y un escaparate al costado, en el cual se exhibían varios letreros de propaganda de relojes de marcas no conocidas. Abrieron la puerta y entraron.

El olor al principio fue chocante, pero luego acogedor, no había mucha luz, aquí y allí plantas con flores exóticas, un pequeño mostrador con vitrina en la parte inferior, en el cual estaban esparcidos una decena de relojes de todo tipo; un gran reloj de pie en un costado del recinto, de madera tallada, color obscuro, muy bonito, mejor dicho impactante, justo en aquellos momentos marcaba las nueve de la mañana, saludándolos con sus sonoras campanadas.

El anciano relojero apareció desde la parte trasera vestido con ropas muy especiales. Los chicos no imaginaron que se vestían de esa forma en aquel país.
Les dio la bienvenida a su casa, así la llamo, pues el vivía en la parte trasera del negocio. Ofreció unos pequeños taburetes de paja y madera, los colocó en semicirculo, frente a un hermoso y adornado sillón, en el cual se sentó.

Preguntó a que se debía tal agradable visita, de gente procedente de las afueras de la ciudad.
Don Pedrín, tomando rienda del asunto, explicó en pocas palabras el motivo del viaje y expresando el pedido, no sin antes agradecer de antemano, el que los haya recibido en su ca­sa, recalcando el reconocimiento por tal hecho.

El anciano solicitó la bote­lla, la depositó sobre su falda y la examinó con cautela, pues lo consideraba un objeto valioso y frágil; de aquella forma se expresó.
Extrajo el papel, lo acercó a sus ojos achatados, y dijo:
-Este papel es de Mongolia, ya no se fabrica, se dejó de hacerlo hace más de dos centenios, era el tipo usado únicamente por la Casa Real. Es mas, hay uno o dos documentos, en dicho papel, únicos en el mundo, hasta hoy guardados en el Museo Nacional de aquel país. Lo aquí escrito es un dialecto reservado y permitido únicamente a la familia real de aquel entonces. Dicha razón me impide leerlo, cometería un sacrilegio y falta de respeto ante aquellos dignos y honrados personajes, hoy históricos.

El silencio dominó el pequeño negocio. Nadie atino a perturbarlo. El diminuto anciano se levantó de su sillón, traspasó la cortina que conducía a la parte particular, y volvió a los pocos minutos con un bandeja, en la cual había una jarra llena de un líquido celeste y vasos para todos; la colocó sobre un tronco truncado en el medio del círculo, ofreciendo el refresco.Tomaron; mientras, el relojero fue camino a unos estantes repletos de libros, situados al fondo del recinto; tomó un grueso volumen de tapas blancas y volvió a ocupar su asiento.

Murmuró unas silabas inentendibles, juntando sus manos con las palmas para arriba y les dijo:
-Leeré un párrafo de este sagrado libro, legado de mi abuelo al fallecer:

* *
Cuando lleguen a tus manos, y no por desearlo, sino porque así lo decretó el destino, escritos nacidos en casas reales, conventos, o casas del más
supremo, no te estará permitido tratar de entenderlos, y no se perdonará en su defecto tal culpa
* *

El anciano dejó de leer, levantó la vista y los miro a los ojos uno a uno; luego continuó en la lectura:

* *
Única circunstancia en la que se te permitirá compenetrarte en las ideas allí vertidas, es la decisión previa, en forma unánime e inquebrantable,
tuya y de los que quizás te rodean en dicho momento, de guardar en secre­to, todo lo leído. Bastará para ello completar sin miramientos el rito de °palabra en silencio° pues el honor esta en juego.**

Cerró el libro. Lo devolvió al estante y dirigiéndose a los allí sentados, expresó:
-Estoy seguro que todos uds, estarán ansiosos y faltos de pa­ciencia. Les trasmití lo necesario, ahora está en vuestras manos la palabra final.

Federico, miró de reojo a sus compañeros, y, pidiéndoles así, quizás permiso, a ellos y a Don Fermín, respondió, a su manera, su firme decisión de acceder a realizar lo necesario, para conse­guir en forma correcta y permitida, la lectura y comprensión de lo vertido sobre dicho papel.
Sus palabras fue aprobadas por el an­ciano, pero nuestro carpintero, un poco nervioso, quiso averiguar en que consistía el susodicho"rito".
La respuesta que obtuvo lo dejo perplejo:
-¡¡Se acepta o no!! Afirmó, en forma categórica, el ancia­no relojero- Los detalles se conocerán mas adelante.
-¡Entonces no!- se disculpó Don Pedrín -Agradezco su amabilidad, apruebo su cortesía, pero no considero correcto, de mi parte, y a mi edad, aceptar
compromiso tal, sin saber de antemano los pormenores pertinen­tes- Saludó con un fuerte apretón de manos al amable chino, y dirigiéndose a los muchachitos les anuncio que los esperaría en el café situado en la esquina a escasos metros de allí, y salió.




TERCER CAPÍTULO

Fueron conducidos a la parte trasera del negocio, atravesaron una pieza bastante amplia y salieron a un patio pequeño, lleno de vegetación, flores y una fuente
llena de agua en el centro.
El organizador de la ceremonia encendió una antorcha, ubicada en el medio­ de la fuente, arrojó pétalos de rosas blancas y rojas, y les pidió descalzarse.
Deberían entrar en la fuente y man­tenerse parados. El agua que les llegaba a las tobillos, era fría y transparente.
Se les aconsejó tomarse de las manos, con la finalidad de formar un círculo y evitar una posible violación externa y/o perdida de sus fuerzas conjuntas.
Acto seguído desenrrolló el papel, lo miró, y mostró a cada uno, volviendo a colocarlo dentro de la botella. La cerró con una especie de pañuelo, dejándola flotar dentro del círculo humano. La botella dio unas pocas vueltas sobre si misma, sin explicación lógica se dirigió al centro, como atraída por un imán, hacia la antorcha. Se volvió opaca, por unos instantes. El anciano retiró la botella de la fuente y apagó la antorcha.
Los presentes mudos, como estatuas, sólo atinaron a mover sus cabezas de un lado y otro, para no perder ningún detalle de lo que ocurría a su alrededor.
El chino desapareció. Pasó bastante tiempo, el silencio era insoportable, nadie atinó a interrumpirlo. Era lo pactado.
La posición, la falta de movimiento, y el frío del agua, lentamente actuaron haciéndose sentir.Vis­lumbrandose un leve cansancio y malestar.
De pronto, y por suerte, el anciano reapareció, esta vez ataviado con vestimentas muy sin­gulares, asemejandose a un sacerdote o algo así, lo que exigía cierto respeto. Tal aspecto, de alguien que emana pureza, fue interpretado con cierta duda y extrañeza.
Por sus propias cuentas entendieron que deberían salir de la fuente. Se sentaron en las piedras que estaban des­parramadas por el jardín. Él también se sentó entre ellos. Comenzó a leer, ¡por fin! lo escrito en aquel extraño y noble papel. Lo siguiente es lo escuchado por los infantiles oídos:
­

°°°
bendición reci­ba de los siete cielos, tenga paz interior, y su aureola mantenga siempre su celeste tonalidad, a quien llegue a sus manos, este escrito. Os ruego, encarecidamente, que vuestra paciencia permi­ta entender mi plegaria. Mi sufrimiento va más allá de lo físico y conocido, mi malestar es interno, cada partícula de mi pobre cuerpo enfermo, reclama misericordia, mi pesar nada se compara a lo narrado vez alguna, mi cautiverio está sellado a causa de la negligencia de mis familiares, mi libertad anulada por la ignorancia de los que me rodean. Mi padecer es fruto de mi imaginación, la cual me permite ver y apreciar fenómenos que ellos ni siquiera comprenden, y, por consiguiente, contradicen. Estoy por encima de sus mentes pequeñas, subdesarrolladas y carentes de posibilidad capáz de comprender mi supremacía sobre ellos. Es por ello que no los culpo, al contrario, los compadezco y perdono.

Mi final es previsible, y esperado. Sólo yo se cuando ocurrirá, pues está en mí la decisión, y ésto, ellos lo ignoran.
Cuan­do este escrito llegue a vuestro poder, ya no estaré en este mundo, no obstante, desde el más allá, desde el mundo verdadero, y según vuestra reacción, se me permitirá condu­cirte por el acertado camino que deberás atravesar, en ese delicado y peligroso mundo, para completar la primera eta­pa de tu existencia. Nací privilegiado, tengo facultades situadas por sobre la voluntad o deseos de mis semejantes cerca­nos.

No soy superior a ellos, simplemente poseo poderes que se me otorgaron para efectuar actos que llevarán a mejorar y quien sabe tal vez cambiar el dolor y el sufrimiento que padecen gran parte de los que pueblan este mundo, por bien­estar, salud y paz.
No se me permite salir de estos pequeños y fríos recintos, donde estoy encerrado. Al carecer de libertad me es imposible ayudar a los necesitados, finalidad a la cual estoy destinado. Es por ello que opté por esta casi exclusiva posibilidad, dado que una de las ventanas situada frente al mar; apro­vecho así poder hacer conocer mis ideas, mis facultades y por lo menos con un suspiro de esperanza, conseguir ofrecerme a mis semejantes. Todo aquel que tuviera la oportunidad de leer este manuscrito, tenga la certeza que gozará de una fuerza invisible que lo guiará, siempre que así lo desee, para apreciar todo en forma clara, para así, resultare más fácil resolver problemas, encontrar rápidas y correctas respuestas a todos los obstáculos que obstaculicen su camino.
Además, la verdad siem­pre se mostrará frente a él; el amor y la comprensión serán los que alumbren, como antorchas, vuestro camino.

No trate de buscar explicaciones; tome el hallazgo como tal, hágalo suyo y poséalo en su totalidad. Nadie ni nada logrará privarlo de su propie­dad.
Sólo un requisito es imprescindible, para que todo lo narrado se cumpla y conseguir beneficiarse con todas las benevolen­cias aquí ofrecidas. Y este es:

Se debe buscar el bosque de los árboles de verdes hojas, con los frutos pequeños y sabrosos, que albergan dentro de su frondoso follaje, al comenzar la época en que el otoño se avecina; los millones de mariposas reales, provenientes de lejanos territorios, llegan para depositarse sobre ellos, e invernar. Convirtiendolo en el especial y único lugar, en el cual se procrean, dando así lugar al naci­miento de sus sucesoras. Y allí, bajo aquellos siniguales árboles, paradisiacos exponentes de la naturaleza, hacer campamento, y junto a ellas esperar la primavera. Cuando ésta hace su aparición, se le permitirá participar en el sublime y peculiar espectáculo, en el cual, las mariposas novicias abandonan los árboles, su nido, elevándose, para comenzar el primer vuelo de su existencia.
Entonces, el cielo se cubrirá de un colorido fenomenal, homogeneo, viviente. De improviso, como a la orden de una señal de incógnito origen, tomarán su rumbo, encarrilando hacia una ruta preestablecida genéticamente, cuya meta es el punto de partida que utilizaron sus progenitores. De aquella forma reconocerás que tu misión estaría cumplida, y, tu también, podrás volver al sitio de salida, para comenzar, por fin, tu nueva vida. Confío en que seas digno de las atribuciones que habéis recibido, y ellas os ayuden a tener satisfacciones, logros y alegrías. Con el propósito de ayudar al prójimo, y por ende al mundo.°°°

El anciano dobló el papel, lo guardó en la botella. Al levantarse, a una seña suya los purretes hicieron lo propio.Entraron al negocio-casa y se ubicaron alrededor de la mesa. Mientras tomaban un amargo té, les habló.

-Han sido par­tícipes de una ceremonia soberbia, que no se repetirá. Pocas personas tienen o tendrán la oportunidad de vivirla. Queda en uds.decidir quién o quienes, desean y estén capacitados para cumplir el último re­quisito, pedido de nuestro pobre, afligido y triste príncipe; siempre y cuando crean lo escrito por su majestad y hasta que punto sus presagios logren cumplirse.
Toda la banda, a raíz de lo presenciado, escuchado, más la actuación casi teatral del viejo, la solemnidad del acto-rito, y en particular por lo allí escrito, quedaron perplejos, sin saber que decir o hacer.

Nuestro anfitrión pide ver a Don Pedrin, deseaba hablar con él a solas. Sali­eron a buscarlo, estaba tomando un café en el bar; al escuchar el mensaje, se dirigió a la relojería. Los jovenzuelos aguardaron afuera.

Al cabo de una media hora, fueron invitados a entrar. Luego de augurar­les una larga vida, llena de satisfacciones y bienestar espiritual, los felici­tó por su educación y desenvolvimiento. Les obsequió una pequeña flor a cada uno, a la cual venía unida una cinta de seda de color fosfo­rescente. Aconsejó mantenerlas atadas, así nada malo les ocu­rriría.
Los pequeños agradecieron toda la amabilidad y comprensión recibida; prometieron volver a visitarlo cuando tengan lo que contar. Sali­eron en busca del chofer-padre, aun les esperaba un largo camino y la hora ya era avanzada.




ÚLTIMO CAPÍTULO

Los siguientes días transcurrieron en forma normal. Cada uno participó con sus familias cada detalle de lo acontecido en la gran ciudad. A la semana, los invitó Don Pedrín a su casa, deseaba hablar con toda la pandilla.

-Muchachos, espero que ya se han calmado, luego de la insospechada e irregular vivencia que les tocó participar. Y ahora vamos al grano: he conversado con vuestros padres, juntos llegamos a un acuerdo y a una sencilla conclusión: todavía son muy jóvenes para pensar siquiera, en el cumplimiento al pie de la letra, de lo expresado en vuestro especial documento-contrato, el cual dicho sea de paso, quedará en mi poder, bajo mi custodia, (al ver las miradas y los movimientos nerviosos de los chicos, agregó, elevando la voz) ¡¡¡A pedi­do de vuestros padres!!! Y con mi consentimiento, por supuesto. Cuando lleguen a la mayoría de edad, o sea luego de terminar sus estudios secundarios, nos reuniremos nuevamente y trataremos la continuación del proyec­to.
No ayudaron protestas, gritos ni amenazas, de toda la pandilla. El car­pintero, con voz recia y autoritaria, dio por finalizada la reunión. Amable­mente mostró la puerta de calle.

Malhumorados, nerviosos y balbuceando insu1tos, nuestros muchachitos enfila­ron hacia la playa. Al1í frente al mar, su mar, observaron las olas, el cielo, arena y piedras. Todos hablaron, opinaron, llegando a una común decisión. Aquél mar, según ellos les pertenecía, fue el único testigo de la promesa que todos aprobaron.

A la tarde siguiente, se dieron cita, como era acostumbrado, allí en las arenas de la playa. Federico trajo la botella, según lo previsto(nadie preguntó como la consiguió) Mostró el papel, lo colocó dentro y empujó un tapón de plástico, con mucha fuerza, hasta lograr introducido en la misma. Pasó de mano en mano. Fue arrojada al mar, donde pertenecía.

Lentamente se fue alejando. Los ojos de una decena de niños la acompañaban en su viaje, hasta que se perdió a lo lejos. Un largo rato quedaron sentados, mirando el horizonte. Mientras sus mentes conspiraron mil y un desenlace, a cual mas exótico.

El tiempo les enseñará, quizás, un agradable y buen final, allí a lo lejos al final de los mares.




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@beto
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