domingo, septiembre 07, 2014

Mechón, Hércules y Cleopatra


 (imagen de la Web)

Capítulo primero

Salí temprano apenas apareció el sol, como todos los días, a mi caminata diaria. Uno de mis compañeros, Mechón, me miró, también a sus dos compinches, se enre­dó nuevamente en sí mismo y siguió durmiendo; por lo visto aquél no era su día de caminar. Hércules y Cleopatra caminaron a mi lado como siempre.-Está un poco fresco esta mañana- les comenté-con­viene que apretemos el paso para entrar en calor, ¿no les parece?

Atravezamos el puentecito de madera, ya empezaba a cubrirse de ramas y hojas, provenientes de los pequeños arbustitos que planté el otoño pasado, a ambos lados del arroyuelo que lindaba a la choza.
Miré hacia atrás y me agrado el cuadro: la casita con techo a dos aguas, el ventanal inmenso que ocupaba casi medio frente, árboles alrededor, en fin muy bonito, y todo construido por mí, con mis propias manos; eso sí, no pude recordar cuanto pasó desde que ... bueno a otra cosa, más me conviene. El lugar que habia elegido, era un pequeño claro en este tupido bosque, allí arriba de esa montaña tan frondosa, verde, una delicia a los ojos.

A los pocos metros encontramos un pajarillo muerto en un costado del sendero, los perros lo husmearon y como no les pareció nada interesante, me miraron diciendome: -¿Pobrecito, no?- Les contesté afirmativamente; cavé un pozo bien pequeñito, lo deposité dentro y tapé el pequeño orificio. Seguimos. Entonces decidí tomar un nuevo rumbo -Vamos alrededor de la piedra grande,muchachos -  Se pararon, me miraron sin entender la orden  -¿Está seguro patrón? - Me preguntaron con sus ojos, e, inclinando un poco sus cabezas -Si, iremos  por la ladera has­ta la cumbre, ¿Se animan? - A buen entendedor, pocas palabras, ya habian enfila­do hacia la piedra; enorme roca de fácil cinco metros de altura, tapizada con un leve muzgo, producto de las primeras lluvias caidas en dicho mes.

El ascenso resultaba bastante dificultoso. Uno por la inclinación de la montaña, y otro por los arbustos que dominaban casi todo el terreno. Los perros subian sin nin­gun problema, a mí, confieso, me costaba un poco, pero cuando decido algo, lo cumplo, sí o sí.

Llevabamos más de una hora subiendo, asi que opté por hacer un pequeño descanso. ­
Me senté, abrí la mochila, puse agua en sus respectivos tazones, tam­bién yo tomé un buen sorbo del preciado líquido, puro y cristalino proveniente de la fuente natural, que encontré hace unos años en una cueva cercana a la ca­sa. También Hércules y Cleopatra aceptaron la idea del descanso estirandose cuan largo eran sobre la tierra fresca. AI rato, continuamos, nos faltaba poco, así lo calculé levantando la vista y apreciando la cima.

A unos pocos metros apareció, estaba parado en medio del sendero, como si nos estuviera esperando: un inmenso y arrogante ciervo.
Me miró directamente a los ojos, los perros se clavaron a ambos lados frente a él. Yo, conocedor de todo tipo de animales, con sus costumbres y manías, en especial ciervos, supe que aquella posición reflejaba una sóla causa: era su territorio y estaba dispuesto a defenderlo; con seguridad cerca de allí estaría su familia, o sea dos o tres hembras con sus cervatillos.
Los perros me miraron como preguntando: -¿Qué hacemos patrón?- Tratando de calmarlos les dije – Quédense tranquilos, no se muevan, no hagan nada, no ladren, silencio- Al escuchar mis severas órdenes, se sentaron y esperaron. El majestuoso ejemplar, tampoco se movió. Nos estudió y tratando de saber nuestras intenciones se adelantó unos pasos. Nosotros, nada. Movía la cabeza de uno a otro lado mientras esgrimía sus esplendorosos y punteagudos par de cuernos de color grisaceo. Todo demostraba su seguridad, estaba en su apogeo, allí en las alturas del monte.
Se escucharon pisadas sobre las hojas, muy cercanas a nosotros, y de golpe aparecieron: cuatro hembras más dos pequeñuelos de escasos días metidos entre sus patas. Todo el grupo se situó detras del jefe. Éste volvió su cabeza, exaló un suspiro gutural, muy típico. Creo que les dijo – No se muevan- Él por su parte, adelantó otros tres o cuatros pasos. Nosotros: como estatuas.
Era mucho más alto que yo, calculé dos metros y medio; su aliento, olor a hierbas frescas, lo sentí en mis narices. Me husmeó de arriba abajo, luego hechó una mirada despectiva a cada perro, dio una vuelta alrededor nuestro y caminó en sentido opuesto. La familia entendió el recado: siguieron sus pasos alejandose con rumbo desconocido.

Esperamos unos minutos,  también nosotros emprendimos la marcha.


capítulo segundo

Les ordené a mis compañeros seguir las pisadas de la manada. Así lo hicieron. Eso sí, en forma lenta para aumentar la distancia que nos separaría de ellos, evitando no despertar atención.

Fue mi intención, y la verdad  no entendí entonces ni más tarde el porqué, ¿De donde provenía ese afan de seguirlos? No importa, me contesté, continuando sin saber qué nos depararía la curiosidad.

Los caninos en lo suyo y yo detrás. Avanzamos un largo trecho, se paraban y husmeaban.
Los noté desconcertados -¿Qué pasa muchachos?- Iban y venian, de aquí para allí, hasta que Hércules se metió entre dos grandes rocas por un angosto desfiladero de no más de de un metro de ancho.
Desapareció de nuestros ojos. –¡Buscalo Cleopatra!- le ordené, ella sin titubear, también desapareció entre las rocas.
Caminé una veintena de pasos tras ellos, al final del desfiladero mis perros me aguardaban, a nuestro frente un cuadro inimaginable: a un nivel un poco inferior se apreciaba un pequeño manantial. El agua cristalina, se espejaban los árboles  en su esplendor. En uno de los bordes tomaban a sus anchas la familia de ciervos. Alrededor arbustos, frutales, una hierba suave cubría como alfombra todo el terreno: el sol allí en su pedestal alumbraba todo aquél paraiso escondido.
Los perros estaban semi al descubierto ayudados por una roca, apenas se asomaron para espiar lo que más abajo ocurría. Yo, me resguardé tras un árbol, evitando ser visto por la manada. Observamos, largo rato, dicho sub-realista panorama.

Uno de los cervatillos fue el único que se percató de nuestra presencia; saltando a brincos se acercó, creo que para jugar con los perros. Una de las hembras, muy posible la madre, levantó la cabeza, lo buscó con la mirada, y vinó tras él, curiosa y preocupada por el retoño. Al vernos se paró en el lugar sin saber lo que hacer, hizo escuchar un ruidillo casi imperceptible: el jefe levantó a su vez la cabeza, estudió el terreno y a pasos rápidos se acercó a nuestro grupo. Los perros al asustarse empezaron a ladrar. Traté de calmarlos, fue en vano. El pequeño ciervito al acercarse su madre corrió hacia ella, tropezó y comenzó a rodar como una pelota; ella, despavorida, corrió tras él. El macho se cuadró frente a mí, atestiguando una posición indudablemente amenazadora. Inclinó la cabeza de tal modo que las puntas de sus magníficos cuernos quedaron a milímetros de mi cara. Conocedor de dicha posición, preámbulo al ataque, no perdí más tiempo, retrocedí en forma lenta introduciendome en el desfiladero conocido, traté de sacar ventaja,  una vez del otro lado corrí una piedra de singular tamaño para obstruir un poco la salida del pasadillo. Así lo creí en un principio, para tener tiempo en decidir mi próxima  maniobra.
Pero al llegar el ciervo jefe, viejo en experiencias, embistió agachando su cabezota haciendo saltar la piedra como si de una pluma se tratara. Para entonces yo había alcanzado subir a una rama alta de uno de los árboles cercanos, tapandome con unas ramas para pasar desapercibido. El ofuscado animal caminó unos pasos, y al no ver ni escuchar sonido alguno, volviose sobre sus pasos, desapareciendo de mi vista. A los pocos minutos reaparecieron mis amigos, asustados, con el rabo entre las patas; al no verme comenzaron el camino de regreso sin darme tiempo a llamarlos desde mi escondite.
No quise siquiera chistar por temor a que se escuche, razón por la cual espere unos  instantes, y también yo volví al sendero conocido en busca de mis compinches.

Descendí a paso rápido, recién a la media hora conseguí alcanzarlos. Me saludaron a su forma, dos o tres lambetazos; tomamos un poco de agua, buena falta nos hacía.-Qué susto pasamos muchachos, eh!- Los calmé agregando: -Pueden estar tranquilos, ya pasó todo, ahora vamos a casa, por hoy es suficiente.

Al distinguir la cabaña, apreté el paso; los perros se largaron a correr. Unos metros antes del puentecito apareció Mechón, al vernos comenzó a correr a nuestro encuentro. ¡Qué alegría! se tocaron, empujaron, subieron uno sobre el otro.- Vamos muchachos, vamos, prepararemos algo de comer, bien lo merecemos todos.

Más tarde , mientras estaba dormilando en el banco de la entrada, un ruido raro me llamó la atención. Decidí averiguar el motivo. Estudié el terreno, inclusive fui a hechar un vistazo a la parte trasera. Al volver me encontré parado, en todo su esplendor, al ciervo jefe frente a la cabaña, acompañado por su prole, detrás suyo. Evitando movimientos bruscos, traté de prevenir a mis compañeros, pero ninguno de ellos estaba a la vista. No comprendí, en el primer momento la causa de tan inesperada visita. Como era de suponer los únicos que se acercaron a la casa fueron los cervatillos, subieron la corta escalinata, atravezaron la galeria y como invitados entraron al interior; más que seguro, pensé, en busca de comida.
Pero a los pocos instantes comprendí mi error: sencillamente querían a los perros para jugar. Se escucharon ruidos de sillas al caer, suaves ladridos, a los pocos minutos salieron los cinco atropellandose y tratando de ser los primeros. Los pequeños se fueron a resguardar debajo de su madre,  de pronto mis perros recapacitaron, tomaron conciencia de la situación, frenaron en su corrida, sintieron su inferioridad, pero era tal el impulso de la carrera que patinaron en la hierba quedando los tres estirados y despatarrados, casi debajo del jefe de familia. Ëste inclinó su cabeza, los observó con un poco de sorpresa, los huzmeó y como ignorandolos se acercó a sus sucesores, les pegó sendos lambetazos, exaló un suspiro; me miró detenidamente, a sus hembras y dio marcha atras, su familia sin dudarlo lo siguió.

-¿Les gustaron las visitas? ¿Están contentos? Ellos movieron en forma efusiva sus colas, diciendo: ¡Sí, y mucho!

Créase o no, como si esto hubiera sido extraído de un libro de cuentos infantiles, o de una película de Disney , las sorprendentes visitas se reiteraron.



 capítulo tercero

Como el invierno se estaba acercando, era necesario prepararse, estar provisto con todo lo indispensable para afrontarlo y pasarlo de la mejor manera posible. Pues manos a la obra, me dije, y di comienzo al trabajo empezando por la revisación del techo. La verdad no fue facil trepar utilizando el árbol del fondo, los años no venian solos; alrededor de la chimenea una tabla levantada. Me ocupó más de una hora reemplazarla. El resto, por suerte, estaba en buenas condiciones.

Al día siguiente me dediqué a revisar puertas y ventanas. Los vientos alcanzaban elevadas velocidades en el invierno, propio de aquellas alturas. Era necesario verificar el buen cerramiento de todas las aberturas; cualquier orificio, por pequeño que sea, daría paso al viento, y a los pocos instantes  éste arrancaría de cuajo tal puerta o ventana. Todo ello aprendido  en mi ya larga estadía por aquellos parajes. Dos ventanas y la puerta en el galpón, en la parte trasera, exigieron unas cuantas horas de trabajo, hasta quedar en condiciones.

Realicé un recorrido final alrededor de la cabaña. Quedé pensando en la posibilidad, aunque remota, pues nunca había ocurrido,  que las copiosas lluvias que acosaban a la zona en general y a la montaña en particular, ocasionen el desborde del pequeño arroyo tan cercano a mi cabaña, obligandome a evacuarla en medio de la tempestad.

Estudié las orillas del susodicho arroyo. Calculé las posibilidades. Llegué a la conclusión de que la solución más adecuada sería construir una pequeña empalizada al costado izquierdo de la casa. Me pareció el lugar propicio.

En los siguientes días, más de una semana, logré apilar decenas de piedras, de todos los tamaños, en el lugar elegido. Al comienzo, los perros iban y venian acompañandome en mi labor, lo tomaron como un juego; al poco tiempo se aburrieron y me esperabn al frente de la cabaña.

Ojeando un viejo libro de historia (lo había traido entre otros al instarlarme allí, allá lejos y hace tiempo) que trataba sobre la antigua Grecia, me detuve en un plano que hablaba de construcción de empalizadas en aquellas épocas. Me jugó un buen pasar la suerte. Allí estaba detallado las cantidades y tipo de material, medidas, clase de terreno y demás detalles necesarios. Por supuesto las medidas no coincidian con mis necesidades, ni el terreno era del tipo allí detallado, y por descontado que no tenía en mi poder las herramientas ni materiales por ellos utilizados. Pero como el tiempo llegó a ser mi mejor amigo, pues siempre está conmigo, me permitió dedicarme al estudio de la futura construcción de mi anhelada empalizada.

La zanja en la cual debería construir la base de la empalizada, detalle primordial para que resultase una construcción fuerte y segura, requirió bastante tiempo. Mis manos, no obstante acostumbradas al trabajo, empezaron a mostrar indicios de pequeñas ampollitas, acompañadas por dolores que me obligaron a tomar unos días de descanso.

Mientras tanto, separé las piedras segun formas y tamaños, comenzando a probar los elementos necesarios para la mezcla que me serviría para conseguir la unión de las mismas. Al carecer de cemento, al igual que los griegos antiguos, sumado a la falta de los elementos por ellos utilizados, fueron impresindibles  toda clase de experimentos hasta lograr una mezcla adecuada a las necesidades, es decir que posea la suficiente resistencia capaz de sostener una pared de un metro de altura.

Todo ello no me impidió realizar mi caminata díaria, en compañia de mis perros obviamente. No obstante, el tiempo que dediqué a la construcción me privó, lo cual lamenté, dedicarme a ellos, como  acostumbraba. Pero dejé por descartado que entenderían las razones y no se enojarían. Mientras yo trabajaba, sentados observaban cada uno de mis movimientos sin perder detalle alguno.

Un día me resultó imposible mantener un tronco para sostén; tuve la idea brillante  de atar una cuerda a uno de los extremos del mismo y por señas logré hacer entender a mis perros que sostengan con sus mandíbulas el otro extremo de la cuerda, tomando un árbol como ayuda. Captaron al vuelo mi pedido. Dos de ellos, apresaron con sus dientes el final de la cuerda, mientras que Cleopatra había tomado una pequeña protuberancia que salía del tronco, más o menos en la mitad de éste, evitando que se deslice. Yo mismo me asombré de la inteligencia aplicada por los caninos. Al terminar los acaricié, uno por vez, premiandolos con tres respectivos huesos con carne, restos del animal que había cazado la semana anterior. Y allí se fueron, cada uno a su rincón, a deleitarse con el trofeo que bien se lo habían merecido.  Yo también aproveché el momento, tomé un descanso y fui a comer algo.

En más de una ocasión, a causa de las dificultades que se presentaron al no tener ayuda,  me vi obligado a intentar una y otra vez, hacer y deshacer; ello me llevó a la conclusión de que lo por mí emprendido, era un utopía. La tenacidad, la fuerza de voluntad y mis fuertes deseos se arremolinaron y no obstante el tiempo requerido, más de lo calculado, lo logré.

Frente a mí se erguía la empalizada.  Una hermosa y firme pared de un metro de altura y de unos doce metros de longuitud. La susodicha debería soportar los miles de litros de agua, descontando los golpes sin miramientos que ellos efectuarían contra ella, evitandoles el paso y manteniendo el cauce el curso correspondiente.

Sólo restaba aguardar la época de las lluvias, que, a jusgar por las frías mañanas, los atardeceres más cortos, y las largas noches, calculé, entonces, que no faltaría mucho para su aparición.

Los tres compinches al percatarse del final de mi trabajo, y por supuesto significaba que nuevamente me dedicaría a ellos como estaban acostumbrados, quisieron demostrar su alegría saltando alrededor mio. Consiguieron provocarme una caída, con tal mala suerte que encontré una piedra, no chica, cara a cara.



 capítulo cuarto

Abrí los ojos. Me costó un poco. No entendía porqué estaba tan oscuro; sentí frío. Los tres empezaron a lamerme, ahí comprendí que recien me despertaba, siempre lo hacen cuando esto ocurría. Traté de levantarme, la cabeza me pesaba en forma. Al principio creí que algo me impedía ponerme en pie, me toqué la cabeza y sentí un dolor terrible en la frente, me desplomé, el sufrimiento era inaguantable. Entonces recapacité: ¡La piedra!. De seguro el golpe, al caer, me produjo el desmayo. Empecé con todo tipo de cálculos y deducciones: cuando me caí era mediodía, fue después de terminar la construcción de la pared, en dicho momento era de noche, bastante avanzada la hora, las estrellas titilaban en su esplendor. Al lograr sentarme y observar a mi alrededor aprecié el regocijo de mis perros, estaban contentos, iban y venian. Al conseguir levantarme, pese al fuerte dolor en la frente, noté el molde de mi cuerpo en el terreno, allí donde estuve acostado, ello me dio la pauta de las largas horas que duró mi postración.

Me dirigí a la cabaña, el trío tras mio. Conocedor de sus modales, deduje que bastante tiempo transcurrió desde mi caída. La puerta estaba abierta, muy extraño pensé en aquél momento. Al acercarme me llamó la atención varias manchas de barro seco sobre ella. ¿Cuando tiempo estuve desvanecido?
El dolor aumentaba, entré y me senté. Mechón, el más travieso se paró frente al armario de la comida, raspó la puerta una y otra vez, preguntando en su idioma -¿Cuando recibiré mi ración? – Acto seguido los otros corrieron a imitarlo. Me acerqué a la hoguera, que por suerte no se apagó. La mantenía siempre encendida, manteniendo un gran tronco
prendido, lo cual me solucionaba la falta de fósforos y líquido de combustión alguno. Encendí una antorcha colocandola cerca del armario bendito. Extraje de allí ell recipiente con la comida seca, almecenada en cantidad por cualquier eventualidad, y repartí una buena porción en los respectivos tazones de los hambrientos. Se avalanzaron como flechas sobre el alimento, devorandola en un santiamen. Se dieron vuelta, mirandome , y a jusgar por sus facciones quedaron insatisfechos. –Lo lamento amigos, no se puede comer tanto de golpe, mañana será otro día, ahora a descansar, vamos, vamos..- No les gustó el asunto, pero al ver que no me volví atrás en mi decisión, optaron por irse cada uno a su rincón a pasar la noche.

En el tronco semi-ahuecado que me servía de lavabo puse un poco de agua, que volqué de otro tronco más pequeño que cumplía las funciones de depósito; al tratar de lavarme la cara noté trozos de hojas y demás suciedades pegadas, empezaron a caer pequeñas gotitas de sangre, palpé y sentí una herida en el costado izquierdo de la frente, ello era la causa del dolor. Decidí dejar el asunto de la limpieza allí. Al día siguiente, con  luz natural, estudiaría mejor lo ocurrido.

En vano traté de dormir. El dolor me impidió consolidar el sueño. Opté por levantarme, y mantenerme sentado. Pretendía amortiguar un poco las puntadas en la cabeza utilizando tal posición.  Es de suponer que logré mi cometido, pues al despertar las luces del amanecer me saludaron, y tres cabezotas apoyadas sobre el borde de la cama esperaban el primer movimiento mio, para dar comienzo a un nuevo día.

Me levanté, decidí darme un buen baño. El agua fresca del riachuelo me ocasionó un escalofrio. Ya de vuelta a la cabaña revisé detenidamente la herida. Era un nada agradable tajo de unos seis-siete centímetros que comenzaba justo encima de la ceja. Dos o tres puntitos aun no habían cicatrizado, alrededor de ellos una costrita amarillenta. Con seguridad: infección. Era muy lógico y además muy serio, teniendo en cuenta los escasos recursos a mi disposición para el tratamiento de estos problemas. Me conformé con un poco de pomada para quemaduras, así lo creí, que unté sobre una franja de sábana vieja, pero limpia. La convertí en turbante alrededor de la cabeza. Rogé que unos días serían suficientes para la curación.

Repartí la comida a los pichichos, desesperados como siempre, y me dediqué a preparar el desayuno, pues sentí que desde hace tiempo no probaba bocado.

El resto de aquella mañana, la dediqué a revisar el flamante dique. Mientras en ello estaba, el cielo empezó a ennegrecer, aparecieron unas decenas de apresuradas nubes, conseguridad provedoras del preciado líquido. A los pocos minutos decidieron arrojar su contenido.


 capítulo quinto

Entramos todos a la cabaña. LLovió todo del día. Recién a la mañana siguiente nos atrevimos y salimos a tomar un poco de aire puro. Como primera medida me dirigí a inspeccionar mi construcción. No salí del asombro: el agua corría encauzada y ni siquiera una gota consiguió filtrarse. Decimos salir a caminar por las cercanias, preferí no alejarnos pues al revisar la herida, aquella mañana, no obstante no goteaba, la venda apareció impregnada de sangre. No quise correr riesgos.

Empezamos nuestra marcha, caminamos un rato hasta que escuchamos una alarido. Y otro más cerca, y otro... Enfilamos hacia el lugar de donde provenian los aullidos. De improviso, silencio. No supimos para que lado avanzar. La damita Cleopatra se introdujo en unos matorrales y a los pocos instantes reapareció indicandome seguirla. A escasos metros nos indicó un pequeño pozo, producto seguro de la copiosa lluvia del día anterior.
En el fondo alcanzamos a distinguir a un cervatillo, con todas sus fuerzas intentaba alcanzar el borde, era muy resbaladizo y chillaba desesperado.
Acercandome y con ayuda de la soga que siempre llevaba en mis caminatas, formé un lazo con el cual trate de enganchar algunas de las patas del pobrecito. Estaba ocupado en ello,  los ladridos de los perros interrumpieron mi ocupación. No era para menos: de entre la vegetación apareció nuestro amigo, el ciervo jefe. La preocupación y el apuro se reflejaban sin duda en sus fauces llenas de espuma. Yo sin moverme, los míos hicieron lo propio, sin necesitar ninguna órden. El susodicho se plantó ante el pozo, hechó un vistazo e inclinandose trató de introducir sus cuernos para que sirvan de apoyo al caído. Varias veces lo intentó, fue en vano. Comenzó a pronunciar una serie de gritos que se escucharían a cientos de metros a la redonda. Deduje que eran pedidos de ayuda a sus compinches  que deambulaban por la zona. Rápidamente cambio de idea, acto no común en esta raza, cambiando por aullidos de dolor y queja.
Mostré una completa indiferencia ante su presencia, continué en lo que fuí interrumpido.
Luego de no pocos intentos, cumplí mi cometido y elevé al pequeño a la superficie. Desenganché el lazo y salió corriendo hacia el bosque. El padre me miró a los ojos, rascó unas veces el suelo con las patas delanteras...inclinó y elevó la cabeza otras tantas, y desapareció. Mechón, como dudando, lo siguió unos metros, volviendo  al grupo rapidamente.

Todos juntos, como siempre, regresamos a la cabaña. Nuevamente comenzaba a llover.


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