lunes, marzo 23, 2009

Uno de esos días

...y de pronto cayó la tarde, llegaron esas horas que no se sabe a ciencia cierta a quienes pertenecen, el sol no mira hacia atrás, no sabe ni conoce de su existencia, su labor ha finalizado, va en marcha hacia otro día. .. la noche, como la del estreno, ocupada en sus últimos detalles, su función en momentos dará comienzo. . .

Ella aguarda sumida en sus pensamientos, la intriga superó en aquellos instantes a su desechada curiosidad, una vez más la pregunta revolotea, no es capaz de saciar su desenfreno, él prometió, ¿cumplirá?

Las farolas expanden su luz sin consideración, incluso los rincones, guarida de las sombras, muestran su desconcierto, ¡que descaro! gritan en su silencio, rezagados pajarillos desesperan en busca del refugio nocturno, el cielo rojizo no escatima esfuerzos, el escenario natural de las entrevistas pronto a cumplir su cometido.

Él se encamina a paso acelerado, el primer encuentro es el que cuenta, según consejos de amigos expertos en la materia.
Ansiedad en demasía, le resulta dificultoso respirar, con seguridad ella impaciente por su tardanza resolvió retroceder en su decisión. Apretó el paso.

La glorieta pareciera cubierta por un manto de rocío tempranero, en un costado la silueta de ella se dibujó adquiriendo un color púrpura, quizás a semejanza de los latidos de su corazón.
No hubo sorpresas ni exclamación alguna, la unión de sus manos sellaron aquel compromiso mantenido en secreto tan largo tiempo.

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@beto
DERECHOS RESERVADOS

jueves, marzo 05, 2009

Aguas místicas



















PRIMER CAPÍTULO


Las olas golpeaban, sin misericordia, sobre las gastadas paredes de las centenarias rocas semi sumergidas en el revoltoso mar. A escasos metros descansaba la orilla plana como a la espera de alguien para dejar sus huellas grabadas en ella.

Era la hora en que Federico y su pandilla, como todas las tardes, venían a corretear a lo largo de la playa. No obstante conocían todas las entradas y salidas del agua entre las caprichosas formas y desniveles de las rocas, siempre encontraban alguna nueva protuberancia sobresaliente, o una escondida fosa que no era visible a simple vista. Lo mas interesan­te, y ello se había convertido en su principal ocupación, era buscar, a veces con suerte, elementos traídos por las aguas, que las olas los acercaban a la orilla, quedan­do, a veces, estancados entre las rocas. Comúnmente eran trozos de maderas, ya casi ne­gros, resbaladizos, endurecidos por el viento, el tiempo y la sal.
Ciertas veces el azar les sonreía, los sorprendía un trozo de tela raída con rastros de quizás una inscripción, pues las letras eran casi indescifrables, era suficiente para iniciar una discusión entre ellos sobre si era una b o una p, una e o una i, grandes dudas y muy difícil ponerse de acuerdo. Lo que se decidía ser de importancia y de valor, se guardaba en el cajón, desti­nado a tal fin, que estaba en el viejo galpón del carpintero del pueblo, el cascarrabias Don Pedrín. Éste, les había permitido depositar allí, en un obscuro rincón del recinto, un cofre de hierro con un oxidado candado; la llave la cuidaba, por turno, uno de los muchachos, según una lista que confeccionaban una vez por mes.

Aquella tarde, al igual que las últimas anteriores, transcurrió sin hallazgos especiales. Unos metros antes de subir por la pequeña colina para alcanzar el camino de vuelta a casa, un resplandor alumbró los ojos del más chico de la pandilla, el enanito, apodo que recibió el pequeño Martín, de sus amigos más grandes. Se paró, miró y salió corriendo hacia la luz; los otros al verlo correr, lo imitaron sin saber la razón de la corrida del pequeño. Todo el grupo se detuvo a escasos dos metros del lugar; se percataron de la pequeña botella estan­cada entre dos rocas, como pidiendo socorro, para ser rescatada de sus o­presores lo mas rápido posible.

La pandilla reaccionó, como era de esperar, y a los pocos minutos estaban todos sentados en la arena alrededor de la botella. La estudiaron detenidamente, era completamente transparente, dentro había un trozo de papel; trataron, en vano, de abrirla; el tapón se resistió tenazmente a dejarse vencer. A medida que los minutos pasa­ban, la ansiedad, el encuentro con lo desconocido, aumentaron mas aún la curiosidad.
Faltó poco para que el enano, que la tenía entre sus manitas, la rompiera contra las piedras con el propósito de apoderarse del contenido, el susodicho trozo de papel allí guardado, quién sabe cuanto tiempo. El grito desaforado y ame­nazador del jefe, Federico, lo paralizó, al igual que al resto de la pandilla. Le arrancó la botella de la mano, explicó que quizás, al estar tanto tiempo cerrada sin aire, el contacto repentino con el mismo, al abrirla, podría hacer un efecto sobre el papel, quizás irreparable, llegando posiblemente a convertirse en polvo.
Recapacitaron durante un tiempo y decidieron llevarla al pueblo, contar lo acontecido y recibir la opinión del viejo amigo Don Pedrín, que seguro los ayudaría.
Hacia allí fueron todos en banda. El sol que ya había terminado su función del día, convirtió el camino en algo un poco problemático, ¿o quizás fue el nerviosismo la razón?

Llegaron al galpón, no había luz. Pensaron que el cascarrabias está ya acostado, no convendría molestarlo, lo más prudente sería guardar la botella en el cofre y esperar hasta la mañana siguiente. Sin consultarlo con los demás, Federico se acercó a la parte de­lantera de la casa, golpeó suavemente unas dos o tres veces sobre la puerta; la voz chillona del viejo no se dejo esperar:
-¿Qué quieren meque­trefes? ¡¡Vengan mañana!! –
-Es urgente, no podemos esperar, por favor don Pedrín, abranos, ¡¡por favor!!

Se escucharon unas maldiciones, murmullos indescifrables, con enojo y furia. Todos se pusieron detrás del jefe, sin chistar.
Se abrió la puerta de un sopetón, allí estaba el dueño de casa, to­do él, casi dos metros de altura, con una especie de escopeta en la mano, preguntó gritando:
-¿Qué se les ofrece, mocosos?
Con unas pocas frases, entrecortadas, sea por el miedo o por la vergüenza, explicaron la razón de su inesperada visita nocturna.
Les permitió entrar, alumbró la habitación, desocupó y acercó una pequeña mesa, se acomodó en un destartalado si­llón, y exclamó:

-¡Pónganla que la veamos a la luz! Y cosa de mandinga, el vidrio se volvió opaco, no se podía ver nada a través del mismo; el vie­jo los miró y preguntó:
-¿Dónde está el papel?- Le contaron que allá en la playa, con la poca luz del día, lo vieron perfectamente. La tomó en sus manazas, la estudió detenidamente, una y otra vez, dijo:
-Esta botella estu­vo en el mar muchisimo tiempo, ¡muchisimo! ¿Uds.quieren que la abra?
-¡¡Si!!- contestaron todos al unísono.
-¿Para qué? Yo opino lo contrario- manifestó el viejo- ¿Quién sabe lo que encontraremos dentro? ¿Quién sabe lo que estará escrito en dicho trozo de papel? Quizás una maldición que recaerá sobre el que la abra.¡No!, me opongo, soy lo bastante viejo para correr esos riesgos. Llévensela, déjenme en paz, fuera..., suficiente por hoy,¡¡vayanse!!
Y entonces, como si estuviera ensayado, se pararon todos frente a él, sin pronunciar palabra, agarraron la botella, como si fuera una arma apuntaron hacia él, de un modo amenazante. Pasaron unos pocos segundos que parecieron siglos, el anciano, percatándose de la irrefutable decisión, la tomó nueva­mente entre sus manos y refunfuñando, dijo: -Está bien, siganme al taller.

Hacia allí enfilaron como soldados detrás del oficial. Ya en la carpinte­ría, calentó un hierro fino, volcó unas gotas de un líquido marrón sobre el tapón, y lentamente procuró introducirlo a través del mismo. No dio resul­tado; volvió a repetir el proceso, ¡y nada!. Trajo un latón, lo llenó de agua, introdujo unos trocitos de una especie de goma o brea, para luego sumergir la botella dentro.
A los pocos instantes el vidrio recuperó su transparencia, y nuevamente se pudo observar el trozo de papel que yacia en su interior.
Acto seguido, el anfitrión, tomó con una mano la botella, y con la otra acercó un pequeño soplete, que arrojaba una fina llamarada azul y roja, al cuello de la misma. Ante el asombro, el caprichoso tapón empezó a desintegrarse, cayendo, en peque­ñas gotas, en el recipiente; cuando desapareció por completo, introdujo una fina pinza y extrajo el deseado papel.
Lentamente lo depositó sobre una pa­ño, colocado previamente sobre una mesita, y ayudandose con diminutas pincillas, lo fue desenrollando.
Mientras tanto, él como los purretes estaban mudos, a la espera de conocer lo allí escrito.
A los pocos instantes el papel estaba abierto y ante los ojos de los presentes aparecieron unas misteriosas lineas y garabatos, y además, a un costado, una especie de dibujo,o quizás un mapa.
Todos observaron anonadados, sin decir palabra. Don Pedrín se levantó y volvió a los pocos instantes con un par de anteojos; nuevamente se sentó y comenzó a estudiar de cerca lo allí escrito. Al cabo de unos minutos, entre cansado y confundido, exclamó:
-¡No entiendo nada! parecería una broma, pero... quizás sencillamente sea un idioma el cual yo no conozco y por ello me parece sin sentido, no obstante el hecho de haber sido sellada la botella en esta forma, sumado a ello que fue encontrada en el mar, y, como les dije, estuvo allí muchísimo tiem­po, no deja de parecer algo real y verdadero, arrojado por alguien que quiso avisar algo, o pedir ayuda en un momento de desesperación.

La envol­vió cuidadosamente en el paño, trajo una cajita de madera, la colocó dentro y la entregó a Federico.
-Cuidenla, ¿Quién sabe que secreto o noticia, hay aquí encerrada? No los puedo ayudar, lo siento de corazón, les recomiendo que viajen a la ciudad y busquen al relojero chino, él vive en la parte vieja, ese anciano conoce mucho mundo, recorrió lugares muy alejados y extraños, muchos idiomas y lenguas no le son extrañas. Es posible que puede ayudar a descifrar la incógnita- Les auguró mucha suerte.

Guardaron la valiosísima cajita en el cofre del fondo del depósito y cami­naron rumbo a sus casas, quedando en encontrarse al mediodía siguiente en la playa, en el lugar de siempre.




SEGUNDO CAPÍTULO

Llegó el día. Mucho antes de la hora acordada, ya esta la pandilla en ple­no, esperando en la puerta de la carpintería; al verlos tan temprano, salió el viejo Fermín para preguntarles la razón del encuentro, al enterarse, corrió hacia su casa, exclamando: ¡Esperenme, yo también voy!
Al aparecer la camioneta, viendo el conductor quién se acopló al viaje, y obviamente encantado por tan amable compañía, consultó sobre el moti­vo de tal viaje.
Al recibir la inesperada respuesta no supo lo que decir y se mantuvo sin abrir la boca durante todo el trayecto.

Llegaron a destino. La banda, acompañada por el carpintero, se bajaron en la parte vieja de la ciu­dad, la camioneta siguió su curso.
No les fue difícil encontrar la relojería del chino, así lo llamaban los vecinos.
Era un pequeño local con una puerta y un escaparate al costado, en el cual se exhibían varios letreros de propaganda de relojes de marcas no conocidas. Abrieron la puerta y entraron.

El olor al principio fue chocante, pero luego acogedor, no había mucha luz, aquí y allí plantas con flores exóticas, un pequeño mostrador con vitrina en la parte inferior, en el cual estaban esparcidos una decena de relojes de todo tipo; un gran reloj de pie en un costado del recinto, de madera tallada, color obscuro, muy bonito, mejor dicho impactante, justo en aquellos momentos marcaba las nueve de la mañana, saludándolos con sus sonoras campanadas.

El anciano relojero apareció desde la parte trasera vestido con ropas muy especiales. Los chicos no imaginaron que se vestían de esa forma en aquel país.
Les dio la bienvenida a su casa, así la llamo, pues el vivía en la parte trasera del negocio. Ofreció unos pequeños taburetes de paja y madera, los colocó en semicirculo, frente a un hermoso y adornado sillón, en el cual se sentó.

Preguntó a que se debía tal agradable visita, de gente procedente de las afueras de la ciudad.
Don Pedrín, tomando rienda del asunto, explicó en pocas palabras el motivo del viaje y expresando el pedido, no sin antes agradecer de antemano, el que los haya recibido en su ca­sa, recalcando el reconocimiento por tal hecho.

El anciano solicitó la bote­lla, la depositó sobre su falda y la examinó con cautela, pues lo consideraba un objeto valioso y frágil; de aquella forma se expresó.
Extrajo el papel, lo acercó a sus ojos achatados, y dijo:
-Este papel es de Mongolia, ya no se fabrica, se dejó de hacerlo hace más de dos centenios, era el tipo usado únicamente por la Casa Real. Es mas, hay uno o dos documentos, en dicho papel, únicos en el mundo, hasta hoy guardados en el Museo Nacional de aquel país. Lo aquí escrito es un dialecto reservado y permitido únicamente a la familia real de aquel entonces. Dicha razón me impide leerlo, cometería un sacrilegio y falta de respeto ante aquellos dignos y honrados personajes, hoy históricos.

El silencio dominó el pequeño negocio. Nadie atino a perturbarlo. El diminuto anciano se levantó de su sillón, traspasó la cortina que conducía a la parte particular, y volvió a los pocos minutos con un bandeja, en la cual había una jarra llena de un líquido celeste y vasos para todos; la colocó sobre un tronco truncado en el medio del círculo, ofreciendo el refresco.Tomaron; mientras, el relojero fue camino a unos estantes repletos de libros, situados al fondo del recinto; tomó un grueso volumen de tapas blancas y volvió a ocupar su asiento.

Murmuró unas silabas inentendibles, juntando sus manos con las palmas para arriba y les dijo:
-Leeré un párrafo de este sagrado libro, legado de mi abuelo al fallecer:

* *
Cuando lleguen a tus manos, y no por desearlo, sino porque así lo decretó el destino, escritos nacidos en casas reales, conventos, o casas del más
supremo, no te estará permitido tratar de entenderlos, y no se perdonará en su defecto tal culpa
* *

El anciano dejó de leer, levantó la vista y los miro a los ojos uno a uno; luego continuó en la lectura:

* *
Única circunstancia en la que se te permitirá compenetrarte en las ideas allí vertidas, es la decisión previa, en forma unánime e inquebrantable,
tuya y de los que quizás te rodean en dicho momento, de guardar en secre­to, todo lo leído. Bastará para ello completar sin miramientos el rito de °palabra en silencio° pues el honor esta en juego.**

Cerró el libro. Lo devolvió al estante y dirigiéndose a los allí sentados, expresó:
-Estoy seguro que todos uds, estarán ansiosos y faltos de pa­ciencia. Les trasmití lo necesario, ahora está en vuestras manos la palabra final.

Federico, miró de reojo a sus compañeros, y, pidiéndoles así, quizás permiso, a ellos y a Don Fermín, respondió, a su manera, su firme decisión de acceder a realizar lo necesario, para conse­guir en forma correcta y permitida, la lectura y comprensión de lo vertido sobre dicho papel.
Sus palabras fue aprobadas por el an­ciano, pero nuestro carpintero, un poco nervioso, quiso averiguar en que consistía el susodicho"rito".
La respuesta que obtuvo lo dejo perplejo:
-¡¡Se acepta o no!! Afirmó, en forma categórica, el ancia­no relojero- Los detalles se conocerán mas adelante.
-¡Entonces no!- se disculpó Don Pedrín -Agradezco su amabilidad, apruebo su cortesía, pero no considero correcto, de mi parte, y a mi edad, aceptar
compromiso tal, sin saber de antemano los pormenores pertinen­tes- Saludó con un fuerte apretón de manos al amable chino, y dirigiéndose a los muchachitos les anuncio que los esperaría en el café situado en la esquina a escasos metros de allí, y salió.




TERCER CAPÍTULO

Fueron conducidos a la parte trasera del negocio, atravesaron una pieza bastante amplia y salieron a un patio pequeño, lleno de vegetación, flores y una fuente
llena de agua en el centro.
El organizador de la ceremonia encendió una antorcha, ubicada en el medio­ de la fuente, arrojó pétalos de rosas blancas y rojas, y les pidió descalzarse.
Deberían entrar en la fuente y man­tenerse parados. El agua que les llegaba a las tobillos, era fría y transparente.
Se les aconsejó tomarse de las manos, con la finalidad de formar un círculo y evitar una posible violación externa y/o perdida de sus fuerzas conjuntas.
Acto seguído desenrrolló el papel, lo miró, y mostró a cada uno, volviendo a colocarlo dentro de la botella. La cerró con una especie de pañuelo, dejándola flotar dentro del círculo humano. La botella dio unas pocas vueltas sobre si misma, sin explicación lógica se dirigió al centro, como atraída por un imán, hacia la antorcha. Se volvió opaca, por unos instantes. El anciano retiró la botella de la fuente y apagó la antorcha.
Los presentes mudos, como estatuas, sólo atinaron a mover sus cabezas de un lado y otro, para no perder ningún detalle de lo que ocurría a su alrededor.
El chino desapareció. Pasó bastante tiempo, el silencio era insoportable, nadie atinó a interrumpirlo. Era lo pactado.
La posición, la falta de movimiento, y el frío del agua, lentamente actuaron haciéndose sentir.Vis­lumbrandose un leve cansancio y malestar.
De pronto, y por suerte, el anciano reapareció, esta vez ataviado con vestimentas muy sin­gulares, asemejandose a un sacerdote o algo así, lo que exigía cierto respeto. Tal aspecto, de alguien que emana pureza, fue interpretado con cierta duda y extrañeza.
Por sus propias cuentas entendieron que deberían salir de la fuente. Se sentaron en las piedras que estaban des­parramadas por el jardín. Él también se sentó entre ellos. Comenzó a leer, ¡por fin! lo escrito en aquel extraño y noble papel. Lo siguiente es lo escuchado por los infantiles oídos:
­

°°°
bendición reci­ba de los siete cielos, tenga paz interior, y su aureola mantenga siempre su celeste tonalidad, a quien llegue a sus manos, este escrito. Os ruego, encarecidamente, que vuestra paciencia permi­ta entender mi plegaria. Mi sufrimiento va más allá de lo físico y conocido, mi malestar es interno, cada partícula de mi pobre cuerpo enfermo, reclama misericordia, mi pesar nada se compara a lo narrado vez alguna, mi cautiverio está sellado a causa de la negligencia de mis familiares, mi libertad anulada por la ignorancia de los que me rodean. Mi padecer es fruto de mi imaginación, la cual me permite ver y apreciar fenómenos que ellos ni siquiera comprenden, y, por consiguiente, contradicen. Estoy por encima de sus mentes pequeñas, subdesarrolladas y carentes de posibilidad capáz de comprender mi supremacía sobre ellos. Es por ello que no los culpo, al contrario, los compadezco y perdono.

Mi final es previsible, y esperado. Sólo yo se cuando ocurrirá, pues está en mí la decisión, y ésto, ellos lo ignoran.
Cuan­do este escrito llegue a vuestro poder, ya no estaré en este mundo, no obstante, desde el más allá, desde el mundo verdadero, y según vuestra reacción, se me permitirá condu­cirte por el acertado camino que deberás atravesar, en ese delicado y peligroso mundo, para completar la primera eta­pa de tu existencia. Nací privilegiado, tengo facultades situadas por sobre la voluntad o deseos de mis semejantes cerca­nos.

No soy superior a ellos, simplemente poseo poderes que se me otorgaron para efectuar actos que llevarán a mejorar y quien sabe tal vez cambiar el dolor y el sufrimiento que padecen gran parte de los que pueblan este mundo, por bien­estar, salud y paz.
No se me permite salir de estos pequeños y fríos recintos, donde estoy encerrado. Al carecer de libertad me es imposible ayudar a los necesitados, finalidad a la cual estoy destinado. Es por ello que opté por esta casi exclusiva posibilidad, dado que una de las ventanas situada frente al mar; apro­vecho así poder hacer conocer mis ideas, mis facultades y por lo menos con un suspiro de esperanza, conseguir ofrecerme a mis semejantes. Todo aquel que tuviera la oportunidad de leer este manuscrito, tenga la certeza que gozará de una fuerza invisible que lo guiará, siempre que así lo desee, para apreciar todo en forma clara, para así, resultare más fácil resolver problemas, encontrar rápidas y correctas respuestas a todos los obstáculos que obstaculicen su camino.
Además, la verdad siem­pre se mostrará frente a él; el amor y la comprensión serán los que alumbren, como antorchas, vuestro camino.

No trate de buscar explicaciones; tome el hallazgo como tal, hágalo suyo y poséalo en su totalidad. Nadie ni nada logrará privarlo de su propie­dad.
Sólo un requisito es imprescindible, para que todo lo narrado se cumpla y conseguir beneficiarse con todas las benevolen­cias aquí ofrecidas. Y este es:

Se debe buscar el bosque de los árboles de verdes hojas, con los frutos pequeños y sabrosos, que albergan dentro de su frondoso follaje, al comenzar la época en que el otoño se avecina; los millones de mariposas reales, provenientes de lejanos territorios, llegan para depositarse sobre ellos, e invernar. Convirtiendolo en el especial y único lugar, en el cual se procrean, dando así lugar al naci­miento de sus sucesoras. Y allí, bajo aquellos siniguales árboles, paradisiacos exponentes de la naturaleza, hacer campamento, y junto a ellas esperar la primavera. Cuando ésta hace su aparición, se le permitirá participar en el sublime y peculiar espectáculo, en el cual, las mariposas novicias abandonan los árboles, su nido, elevándose, para comenzar el primer vuelo de su existencia.
Entonces, el cielo se cubrirá de un colorido fenomenal, homogeneo, viviente. De improviso, como a la orden de una señal de incógnito origen, tomarán su rumbo, encarrilando hacia una ruta preestablecida genéticamente, cuya meta es el punto de partida que utilizaron sus progenitores. De aquella forma reconocerás que tu misión estaría cumplida, y, tu también, podrás volver al sitio de salida, para comenzar, por fin, tu nueva vida. Confío en que seas digno de las atribuciones que habéis recibido, y ellas os ayuden a tener satisfacciones, logros y alegrías. Con el propósito de ayudar al prójimo, y por ende al mundo.°°°

El anciano dobló el papel, lo guardó en la botella. Al levantarse, a una seña suya los purretes hicieron lo propio.Entraron al negocio-casa y se ubicaron alrededor de la mesa. Mientras tomaban un amargo té, les habló.

-Han sido par­tícipes de una ceremonia soberbia, que no se repetirá. Pocas personas tienen o tendrán la oportunidad de vivirla. Queda en uds.decidir quién o quienes, desean y estén capacitados para cumplir el último re­quisito, pedido de nuestro pobre, afligido y triste príncipe; siempre y cuando crean lo escrito por su majestad y hasta que punto sus presagios logren cumplirse.
Toda la banda, a raíz de lo presenciado, escuchado, más la actuación casi teatral del viejo, la solemnidad del acto-rito, y en particular por lo allí escrito, quedaron perplejos, sin saber que decir o hacer.

Nuestro anfitrión pide ver a Don Pedrin, deseaba hablar con él a solas. Sali­eron a buscarlo, estaba tomando un café en el bar; al escuchar el mensaje, se dirigió a la relojería. Los jovenzuelos aguardaron afuera.

Al cabo de una media hora, fueron invitados a entrar. Luego de augurar­les una larga vida, llena de satisfacciones y bienestar espiritual, los felici­tó por su educación y desenvolvimiento. Les obsequió una pequeña flor a cada uno, a la cual venía unida una cinta de seda de color fosfo­rescente. Aconsejó mantenerlas atadas, así nada malo les ocu­rriría.
Los pequeños agradecieron toda la amabilidad y comprensión recibida; prometieron volver a visitarlo cuando tengan lo que contar. Sali­eron en busca del chofer-padre, aun les esperaba un largo camino y la hora ya era avanzada.




ÚLTIMO CAPÍTULO

Los siguientes días transcurrieron en forma normal. Cada uno participó con sus familias cada detalle de lo acontecido en la gran ciudad. A la semana, los invitó Don Pedrín a su casa, deseaba hablar con toda la pandilla.

-Muchachos, espero que ya se han calmado, luego de la insospechada e irregular vivencia que les tocó participar. Y ahora vamos al grano: he conversado con vuestros padres, juntos llegamos a un acuerdo y a una sencilla conclusión: todavía son muy jóvenes para pensar siquiera, en el cumplimiento al pie de la letra, de lo expresado en vuestro especial documento-contrato, el cual dicho sea de paso, quedará en mi poder, bajo mi custodia, (al ver las miradas y los movimientos nerviosos de los chicos, agregó, elevando la voz) ¡¡¡A pedi­do de vuestros padres!!! Y con mi consentimiento, por supuesto. Cuando lleguen a la mayoría de edad, o sea luego de terminar sus estudios secundarios, nos reuniremos nuevamente y trataremos la continuación del proyec­to.
No ayudaron protestas, gritos ni amenazas, de toda la pandilla. El car­pintero, con voz recia y autoritaria, dio por finalizada la reunión. Amable­mente mostró la puerta de calle.

Malhumorados, nerviosos y balbuceando insu1tos, nuestros muchachitos enfila­ron hacia la playa. Al1í frente al mar, su mar, observaron las olas, el cielo, arena y piedras. Todos hablaron, opinaron, llegando a una común decisión. Aquél mar, según ellos les pertenecía, fue el único testigo de la promesa que todos aprobaron.

A la tarde siguiente, se dieron cita, como era acostumbrado, allí en las arenas de la playa. Federico trajo la botella, según lo previsto(nadie preguntó como la consiguió) Mostró el papel, lo colocó dentro y empujó un tapón de plástico, con mucha fuerza, hasta lograr introducido en la misma. Pasó de mano en mano. Fue arrojada al mar, donde pertenecía.

Lentamente se fue alejando. Los ojos de una decena de niños la acompañaban en su viaje, hasta que se perdió a lo lejos. Un largo rato quedaron sentados, mirando el horizonte. Mientras sus mentes conspiraron mil y un desenlace, a cual mas exótico.

El tiempo les enseñará, quizás, un agradable y buen final, allí a lo lejos al final de los mares.




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