CRÓNICAS DE VIAJE

lunes, agosto 25, 2008

Memorias de un canillita















Palabras de presentación:

Fui un vendedor de diarios, un canillita, desde siempre, desde niño.
El colegio no me conoció. Mis primeras letras y se podría decir las únicas, las aprendí de los titulares de los diarios, que me obligaba a recordar para así vender más y más rápido.
La juventud transcurrió entre hojas impresas, noticias y escándalos, entre asesinatos y campeonatos de fútbol.
Llegué a mayor sin conocer esposa, pues no tuve tiempo de buscar novia.
Hoy, ya hombre maduro, los recuerdos, mis angustias, los momentos de alegría y regocijo que se me dieron por casualidad, traté de volcarlos aconsejado por amigos, en las siguientes páginas.

¡Che pibe!- así me llamaban, ese era mi nombre. El verdadero, el que me pusieron cuando aparecí en este mundo era Constantín, en honor del viejo de mi viejo. Sólo él me llamaba así. Mi madre murió la pobrecita, durante el esfuerzo que le produje al parirme.

La parada de mi viejo era en la esquina de Muñoz, el negocio de los trajes. Alguna vez me contó, que tuvo muchas peleas y recibió muchos golpes hasta que lo consiguió. Era su lugar y nadie se atrevería a usurparlo.

Viviamos lejos del centro. Caminábamos unos cinco cuadras hasta la parada del colectivo. Siempre estaba oscuro, verano o invierno, a las cuatro y media de la mañana cuando la emprendíamos para el centro. Debíamos pararnos frente a los galpones traseros del diario, para la entrega matinal. Siempre eramos uno de los primeros, así acostumbraba mi viejo y así lo comprendí yo. Al recibir el toco de diarios, empezábamos a caminar y a gritar los titulares, hasta llegar a nuestra esquina distante unas cuatro largas cuadras de allí.

Recuerdo que el día de mi cumpleaños, creo que el de los 8 o 9, cuando terminamos la venta del día mi viejo me llevó a la esquina de enfrente donde estaba el Café Sorocabana; me sentó en una de las sillas altas pegadas al mostrador y me dijo: - Ahora festejaremos tu cumpleaños – Pedimos un plato lleno de media lunas y otro con manteca y dulce. Yo pedí un chocolate con leche y el viejo sólo un expreso.
Mientras devoraba las media lunas, mi viejo se levantó dicíendome que en unos minutos regresaría. Al ratito apareció con una ¡N° 5 original! Sabía que me gustaba patear todas las tardes con los chicos del barrio. –Toma, es para vos, ¡Feliz Cumpleaños!—Qué sorpresa, que alegrón . Hasta que llegamos a casa sólo pensaba en la cara de los chicos cuando me vean aparecer con semejante regalo.

El cumpleaños siguiente no lo festejé. Mi viejo, fiel a su indispensable amigo el cigarrillo, me dejó una madrugada de invierno justo cuando llegaba nuestro turno en la cola de la entrega de aquella mañana. La ambulancia se lo llevó. Me quedé allí parado junto a mis diarios. El camino hasta la esquina, me pareció más largo que nunca. El peso del paquete me obligó a arrastrarlo. Logré llegar utilizando mis últimas fuerzas que en aquellos momentos las consideré muy pocas, pero mi cabezota estaba ocupada en mi viejo, y creo que eso fue lo que me ayudó llegar a la parada.

Una tía que nunca había visto antes, estaba en la casita cuando llegué aquella tarde a la vuelta de la venta. Y desde aquel momento no se separó de mí.Todas sus cosas las trajo dentro de una valija. Ocupó la cama de su hermano, mi viejo. Colgó una sábana con dos ganchos en el techo entre su cama y la mía., pues al tener la casa una sola pieza así debería ser, me explicó.
Esa noche no pude dormir. El entierro, la gente amiga, me revoloteaban por todos lados. Me parece que inclusive lloré, despacito, como para adentro; no quería que ella lo notara. No es de hombres llorar, siempre decía mi viejo.

Más de una vez algún cliente, especialmente los veteranos, me preguntaba como me las arreglaba sólo. Le mentía contándole que mi hermano mayor me ayudaba.

Comparándome con los chicos de la barra del fútbol, yo tenía un cuerpo más desarrollado y más fuerza. Siempre decían: -Qué patadón que tiene el canillita, eh!-

Ya de joven me daba mucha bronca el asunto de las parrandas de los muchachos del barrio. Cuando ellos volvían de sus jugarretas nocturnas me encontraban en camino hacia el diario a buscar el sustento tan necesario.
Una que otra vez conseguí toparme con alguna chica. Los resultados fueron siempre iguales. El cansancio acumulado, sumado a mi ignorancia sobre esas cosas de los flirteos, nunca llegó a ofrecerme finales felices.

Eso sí, leía mucho. Antes que nada el diario. Conocía todos los periodistas. Sabía de antemano quién escribiría sobre qué y cómo.
En más de una ocasión difería con alguno de ellos sobre su postura en tal o cual asunto. Inclusive una vez, recuerdo que después de leer el comentario sobre el aumento del precio del pan, que en contra-posición a la opinión general que reprobaba la medida tomada por el gobierno, el señor periodista, se llamaba A. Alfonso, escribió en su Rincón de Economía, que estaba completamente de acuerdo con la determinación tomada, y además felicitaba al Ministro de Economía por la resolución que ayudaría a levantar al decaído gremio panadero.

Lo pensé esa tarde en casa. Decidí escribir y mostrar mi indignación por la posición tomada, equivocada a mi criterio, por el periodista en cuestión.
Cerré la carta y a la mañana siguiente antes de ponerme en la cola frente al galpón, entré en la sección de las oficinas del diario. Al ser conocido por casi todos los empleados no me resultó difícil llegar hasta la oficina de los periodistas y encontrar la mesa de A. Alfonso. Y sobre su máquina de escribir planté el sobre.
Estaba completamente seguro que después de leerla, el conocido periodista la arrojaría al tacho de basura.

El mozo del café de enfrente, fue el primero en comentarlo: - Che pibe, ¿viste el diario?- y lo largó: -Hablan de vos, de tu carta, mirá que habías sido bravo, che!
Entonces tenía unos 18 años, no más. De toda clase de gente recibí felicitaciones y palabras alentadoras. Hubo algunos que fueron más lejos: - Dedicate al lápiz, ¡che pibe!, tenés pasta de periodista, metéle, no seas cobardón.

No en aquel entonces y menos hoy en día, entendí el furor de aquella gente. Era casi incomprensible que efecto lograran producir unos escasos renglones escritos en una hoja de cuaderno. El idioma básico, ese de la calle, el único que conocen los canillitas, consiguió que el periodista, influenciado por el contenido de esas lineas, publicara al día siguiente, en su Rincón, un comentario sobre la carta recibida. Además manifestaba que recapacitó sobre el tema, reconociendo su equivocación, y agregaba su agradecimiento al canillita por la ayuda brindada.
Los comentarios corrieron por toda la ciudad como un reguero de pólvora. Todos querían conocer al °canillita periodista°. Todos deseaban ver de cerca a ese fenómeno. Los días pasaron, la euforia se esfumó. El fuego de la admiración dejó su lugar al agua de la rutina.

Conseguí, despues de lucharla largo tiempo, el permiso del gerente de la Tienda Muñoz, en cuya esquina, como antes mencioné, estaba mi parada, para colocar una mesita apoyada en la pared entre las dos vidrieras del negocio, y sobre ella apilar los diarios. De un día a otro, mi parada se convirtió en mi °puesto de diarios°. Todos los vecinos se acercaron, me felicitaron, augurándome suerte en mi ascenso de categoría.

Al poco tiempo agregué la venta de un diario de deportes. A la semana siguiente la revista La Mujer, envió un representante para ofrecerme la venta de su semanario tan popular.

Las ventas y sus correspondientes ganancias fueron en aumento. Hice mis cuentas y decidí alquilar un departamentito a unas pocas cuadras del subte que tenía una salida a metros de mi esquina.
Mi tía Carla, ya entrada en años, no quiso mudarse al centro. Prefirió quedarse en el barrio, rodeada de sus amigas. Todos los sábados al mediodía viajaba a visitarla y almorzábamos juntos. Antes de irme dejaba unos pesitos sobre la mesa de la cocina. Ya en la puerta escuchaba su refunfuñar pues consideraba que era mucha plata para ella.

Un día al volver del trabajo, sonó el teléfono. Una de las vecinas del barrio me avisó que la noche anterior mi tía se descompuso, la llevaron al Hospital Municipal. A la madrugada falleció. Me encargué de todo lo relacionado con el entierro. Hubo mucha gente para acompañarla en su último viaje. Todo el barrio vino a despedirse de la tía del °pibe°, el canillita más conocido de la ciudad.
La casita que me vio nacer la alquilé a una pareja de recién casados. Me prometieron cuidar la huertita que con tanto cariño había mantenido la tana Carla.

Mis cosas marcharon bien. No me podía quejar. No tenía necesidad y además nunca lo había hecho. Los problemas están para solucionarlos. Está en cada uno arreglárselas sólo y no esperar que le tiren una mano. Hay muchos que siempre están a la espera de que alguien les arrojé una tabla de salvación, y si ésta no llega se hunden y a otra cosa. Hay que pelearla, trabajar duro, ¡no aflojar! La vida, al final, siempre te sonríe.

Un muchachito del barrio, cuyo padre sufrió un accidente quedando postrado en una silla de ruedas, se ofreció para ayudarme en el puesto. – Así podrás tomarte un descanso por las tardes, y yo me ganaría unos pesitos—me explicó en forma rápida.
Y como aprobando su sinceridad, no lo dudé y lo tomé como empleado. Mi primer empleado.

Mi vida cambió. La primera semana la aproveché para dormir, mi cansancio acumulado necesitaba horas de sueño. La segunda no supe que hacer conmigo mismo. Tenía que ocuparme en algo.
Comencé a visitar los cines. En años no tuve la posibilidad de ver una película. Por casualidad entré cierta tarde a un Cine-Debate. Me sorprendió el conocimiento de la mayoría de los espectadores sobre la película que habíamos visto, y sobre cine en general.
Desde ése día, embelesado por las películas que ofrecían y especialmente por las charlas posteriores a la función, me convirtieron en un asiduo concurrente a dicho lugar. Comencé a escuchar con atención los pro y contra sobre la dirección, sobre la actuación de los artistas, iluminación.
Pedí y recibí folletos especializados, me brindaron la lista de las películas a estrenar. En casa llené horas en la lectura. No me fue fácil al principio comprender los vocablos específicos de la cinematografía. Preguntas y consultas a la gente del cine, me ampliaron el conocimiento sobre ese mundo desconocido por mí hasta entonces.

Al año siguiente me ofrecieron entrar como miembro en la Comisión que organizaba los debates, que emitía los panfletos alusivos, que elegía las películas, en fin el trabajo no escaseaba. Yo tenía tiempo libre y mi entusiasmo fue en aumento al penetrar en ese extraordinario séptimo arte tan lleno de suspenso, intriga, acción y belleza.

El tiempo y las horas de trabajo en el puesto fueron cada vez menos. Lionel, mi empleado ya dominaba completamente el asunto. Resultó ser un muchacho muy competente. Fue autor de muchos cambios que resultaron muy efectivos. Entre ellos la sugerencia de solicitar permiso para colocar una especie de puesto con techo y paredes transformándolo en un kiosco como corresponde. El permiso fue otorgado y el ° Kiosco del Pibe° se transformó con los años en un lugar que siempre se reunían los muchachos para charlar y comentar las noticias del momento. Nunca estaba aburrido, siempre estaba abierto y siempre se encontraba con quien charlar.

Mi amigo el periodista nos abandonó en un día caluroso de verano. A los pocos días del entierro, varios de sus colegas del diario me pidieron que escriba unas lineas sobre él; ellos se ocuparían de publicarla dentro de su Rincón en el matutino.

Recuerdo que siempre acepté el humor, pero hacerlo sobre un amigo ausente, era demasiado. Después de escucharlos, capté que hablaban en serio, no había nada de chiste en la propuesta. Es más, me propusieron que relate un informe sobre la actualidad económica, con mis palabras, con mi forma de ver las cosas, todo bajo los ojos de uno del montón. Luego de entregarles la nota piloto, la llevarían al encargado de las correcciones y ellos la presentarían al encargado de publicación. Estaban reseguros de que sería aceptada la propuesta.

Tardé tres días en prepararla.
El día que fue publicada la nota, en la cual expresé mis respetos hacia un amigo que desgraciadamente nos abandonó, comenté además en unas pocas lineas sobre el nuevo Plan Económico del gobierno, todo visto por los ojos de uno del pueblo. Firmé, según lo propuesto por los muchachos del diario, bajo el seudónimo °el Pibe°.

El Rincón Económico de ése día fue comentado por todos los diarios de la ciudad. Yo mismo no podía creerlo. Los muchachos, mis °colegas del diario° vinieron a la tarde de aquel !!21 de Noviembre!! al kiosco a festejarlo. Tomamos y nos reímos hasta la madrugada en aquella esquina céntrica.
Los días siguientes muchas personas con el motivo de comprar el diario se acercaron para conocerme, para darme un apretón de mano, y para felicitarme.

Hoy en día, entre mi Rincón en el diario y la Dirección del Cine-Club, no me queda tiempo libre para ocuparme del kiosco. Suerte que Lionel esta allí para reemplazarme.
Creo que lo hace mejor que yo.


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Palabras de Agradecimiento:

A todos aquellos que ocuparon parte de su tiempo en leer sobre los pasajes de mi modesto paso por el mundo, les agradezco con sinceridad.
Muy amables y muchísimas gracias

el pibe
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@beto
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sábado, agosto 23, 2008

El ciervo y yo













Cerremos los ojos. No es fácil, pero por favor tratemos de hacerlo, no es imposible.

Cerremos los ojos y pensemos en el color verde. Sí, sólo pensemos en el color verde. Imaginémonos un mundo verde claro, suave.
Escucharemos seguramente una agradable música, no sabremos distinguirla, pero seguro que es abrazadora, llevadera.
A lo lejos aparecen pájaros con sus trinares, comienza a soplar una suave brisa, viene desde el mar, ese mar azul que a lo lejos se confunde con el cielo alto y lejano.

Camino por un sendero alfombrado de flores de variados colores. No veo el final, pues cada tanto hay pequeñas curvas y los árboles a los costados me impiden ver a donde llegaré.Y sigo caminando y no me canso. Me siento bien, realmente bien, sano feliz y contento.
¿Contento? ¿ Porqué?..¿Y porqué no?
De pronto me percato de que estoy sólo. Miro para atras y no veo nada. Miro para adelante, suspiro profundamente y sin pensar exclamo: ¡Que lindo ! Estoy bien ... Pero estoy solo.....

Siempre creí que no es lindo estar solo. No es aconsejable. Da que pensar el no tener amigos, no tener compañia, el no tener con quien hablar, con quien compartir, a quien amar.

Sigo caminando y de pronto sin haberme dado cuenta, sin haberlo visto desde lejos, el camino se bifurca. Miro para este lado y se ve un camino igual al transcurrido, apasible, suave como si diría:-- vení atravesame--
Miro al otro lado y veo lo mismo, otro camino, casi sin ninguna diferencia, me paro y espero.
No sé cuanto tiempo pasa. Quizas me adormezco, quizas no. No sé.
Y como si alguien me llevase, como un niño de la mano, empiezo nuevamente a caminar, dirigiendome al camino de la izquierda, no se me ocurre mirar hacia atras.

Al poco tiempo cuando lo hago, sin darme cuenta, pues sigo con la vista a una bandada de pájaros, ya no me es posible distinguir el cruce y por supuesto el otro camino.

Pasan las horas, quizas días. Sigo caminando. No como y no tengo hambre. No tomo y tampoco tengo sed. No estoy cansado, no obstante no haber dormido. No siento nada, pero me siento bien. No sé donde estoy, pero me siento yo. Estoy tranquilo, no quiero nada, no necesito nada.

A lo lejos, un ciervo, bien entrado en años, a juzgar por sus enormes cuernos marrón oscuro, casi negros, me mira sin moverse. A medida que me acerco, su mirada directa a mis ojos, no se aparta de ellos. Ya no son más que unos pocos metros los que nos separan. Aprecio un magnifico ejemplar orgullo de su raza.
A los dos o tres metros, me paro, ¡no se lo que hacer! Él sigue clavando su mirada en la mía, como si quisiera observarme por dentro. Oh! si !!
Eso es lo que siento, me esta estudiando, recorriendo por dentro, lo siento en mi pecho, en mi cerebro, dentro de mí, rara sensación, pero no me molesta. Me dejo inspeccionar.
No sé cuanto dura esto. No importa. Cuando sentí que su labor había finalizado, desapareció de la misma forma en que apareció. No obstante no me asombré, lo tomé como algo natural que debería ocurrir.

Tuve la necesidad de descansar. Me senté apoyándome en un hermoso árbol.
Miro el camino con sus flores, escucho los cantos de los pájaros.
Elevo la vista y lo veo, o creo que lo veo. Allí está el ciervo. Mi ciervo, junto a todo su rebaño, entre las nubes, de espaldas al sol .

Creo que me dormí. No sé, aún no me desperté.

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@beto
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viernes, mayo 25, 2007

Altos pensamientos







No es mi costumbre soñar, mejor dicho : no es común en mi recordar.
En un rincón de mi memoria , no obstante, quedó grabado el día que subí al cielo. No entendí el porqué, entonces y menos hoy en día.

...estaba muy cansado. Salí de parranda con los muchachos; casi deshecho llegue de regreso a casa, me tiré en la cama y...

Subía y subía... No se distinguía nada. El camino largo y vacío, cada tanto se abrían otros a sus costados. Continué en el principal. La luz fue en aumento. Comencé a escuchar una melodía desconocida; rara pero interesante.

De pronto una puerta cerrada, la traspasé. Había mucha gente, todos me saludaron. me dieron la bienvenida.
Al principio no me sentí cómodo, mas la amabilidad de los allí reunidos, su forma de hablar, de relacionarse, en forma lenta me ofrecieron la sensación de un placer ignorado.

El tiempo quizás no existía, el apuro no preocupaba a nadie de los presentes, todos estábamos a gusto, el bienestar era pleno.

Sentí un roce en la pierna: una niña me preguntó para qué vine, quería saber si estaba buscando a alguien.

No supe que contestar.



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@beto

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