sábado, octubre 10, 2009

Otoño de un pasado primaveral


Cielo gris como telón viviente se despliega ante las apenas entornadas pupilas del abandonado cuerpo, del ayer hombre de familia.
Cartones apilados, mísero colchón para noches sin final.
Su raquítico esqueleto no obstante logró enderezarlo, la necesidad obliga murmuró a sus adentros, -muy cierto, levántate ya- escuchó sermonear a su otro yo.
Inclusive el pliego de los cartones para esconderlos detrás de la maleza, requirió un trabajoso esfuerzo. A pasos lentos encaminó su figura, pues ello era, solo una figura caminando por el parque; pocos visitantes restaban a esas horas tardías de la tarde que desvanecía en semejanza a su persona.

Optó llegar hasta los grandes almacenes; entre el concurrido público pasaría inadvertido. Un detalle fortuito prestó una quizás sonrisa, se trataba de una campera de excelente tela y marca, por lo visto al examinarla; algún joven apurado o tal vez un viejo distraído, la olvidaron sobre uno de los bancos que adornaban el camino de salida del parque.
Su aspecto exterior, ese que la sociedad ve y en base a ello reacciona, estaría solucionado. Resultaría mas fácil entremeterse entre la gente con la finalidad de pescar algún descuido que le resulte útil.

Un grupo de estudiantes revoltosos con ansias demostrativas de libertad excesiva interceptó la entrada principal del supermercado. Habían decidido llamar la atención y comenzaron a bailar al compás de una ruidosa música proveniente de un inmenso aparato móvil que manejaba uno de ellos.
Entre un par de uniformados agentes del orden y una decena de visitantes al establecimiento trataron de persuadir a los exaltados jovenzuelos la necesidad de abandonar el lugar pues obstruían el acceso y salida del público.
Dicho incidente fue más que suficiente para ser aprovechado por el disfrazado hombre de la campera de cuero para entrar sin siquiera ser revisado como se acostumbra en los últimos tiempos en las entradas de lugares públicos.

Ya dentro y provisto del correspondiente changuito comenzó a deambular por las distintas secciones en busca de una posible presa.
En el departamento de los embutidos llamó su atención una pareja de edad avanzada que, por lo visto, no se decidía frente a cierto escaparate;
ponían y sacaban de su carrito de las compras como si de un juego se trataba. Lleno de seguridad se acercó preguntando en que podría ayudarlos; estos, creyendo que el atento señor era empleado de la casa, consultaron pidiendo consejo en cuanto a los productos y en que cantidad como para agasajar a unas diez personas en su casa.
Con una ligereza sin igual, el simpático servidor,fue acomodando los diferentes alimentos, en base a su gusto, en el carrito de los clientes. Los agradecidos clientes se dejaron acompañar por el servicial "supuesto dependiente" a las cajas, sin examinar que y cuanto había sido depositado en el changuito.
Una vez allí el mismo pseudo-dependiente colocó lo elegido sobre la mesa de la cajera, y se retiró dirigiéndose a la salida del supermercado.

A los pocos minutos aparecieron los clientes y el entrometido se ofreció acompañarlos hasta el vehículo particular de ellos. Una vez allí comenzó a depositar la mercadería dentro del baúl trasero; mientras el cliente ayudaba a su señora ubicarse en el asiento del coche, las rápidas manos del "empleado" depositan varios productos en el pavimento debajo del automóvil. Finalizada la labor, cerró la puerta del compartimiento, y acercándose a la pareja se despidió invitándolos a seguir concurriendo al establecimiento en sus próximas compras.
Segundos después de la partida, solo restó recoger el botín y en forma lenta desaparecer del lugar.

Llegó a su guarida y esa noche recordó, aunque con dolor, su vida anterior y lejana. Los recuerdos volvieron uno a uno, como si respetaran un prefijado orden de aparición.

Su casa enorme le resultó hermosa, prolija, llena de luz y acogedora. Los gritos de chicos, sus hijos, por suerte no le molestaron, el perro juguetón continuaba con sus jugarretas aunque no resultaban insoportables. El aroma de las flores del jardín colmó su desarrollado olfato. Un olor impregnado de salsa hogareña llegó proveniente, sin lugar a dudas, de la cocina de Esther su queridita mujer.
La oficina, el personal, el ventanal con vista al río, fueron deslizando como viajeros en una cinta transportadora.

Dejó de pensar, de un brinco volvió a su actual presente. Una pareja acercaba pasos en su dirección. Se tiró sobre el banco utilizando su bolsa como almohada. Cerró los ojos. Con seguridad los enamorados buscarían otro lugar para confesar sus sentimientos. Lo logró.

Mañana un nuevo día, por desgracia, amanecerá. Ellos empiezan y terminan sin realizar consulta alguna; el mundo corre su carrera.

Las personas, como marionetas, hacen y deshacen los hilillos que las mantienen en continuo movimiento, permitiendo sus lloridos, exclamaciones y defraudes, dándoles la posibilidad de convertirse en irrompibles al igual que el sol que ilumina el concurrido escenario.
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@Beto Brom



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