viernes, enero 13, 2017

Una etapa distinta



Salió corriendo del auto, casi se olvidó de cerrarlo. Era su primer día en su flamante empleo, no quería llegar tarde y empezar dan­do una mala impresión. Faltaban escasos minutos para la hora de en­trada, estaba aún el viaje en ascensor hasta el piso quince. 
Nuevamente la ley de murphy se cumple: decenas de personas a la espera de los ascensores (tres). Al ver entre ellos a su nuevo jefe se calmó un poco, le sonrió y acercándose lo saludó, comentando la perdida de tiempo.
    -Es por ello conveniente llegar con unos minutos de anticipación, evitando así, esta aglomeración diaria, tómelo en cuenta en lo sucesivo, ¡por favor!-.
Al oír estas palabras de su futuro jefacho, tragó saliva  optando por no contestar. Recién pudieron entrar en la segunda remesa, llegando con un retraso de cinco minutos, en éste su primer día. No considero nada agradable este comienzo.

Ya en la entrada se dirigió directamente a la oficina de la secretaria general; la misma que en su momento le había informado, en forma bastante fría, que entonces le molestó sobremanera, que su solicitud de empleo fue aceptada, como también la remuneración requerida, (dicho sea de paso recordó que cuando llenó el formulario en el rubro remuneración, dudó unos segun­dos, optando por anotar una cifra mucho mayor que la que había pensado en un principio. La saludó en forma simple y correcta, re­cibiendo, vaya sorpresa, un saludo lleno de cortesía y amabilidad. Nada que ver con las dos veces anteriores. Sin entender el porqué y aun impactado por el reaccionar de la secretaria, no se percató de la entrada de su jefe por una puerta lateral, muy bien disimulada por un inmenso mural con dibujos psicodélicos. Preguntó cual era la oficina que se le había asignado; no terminó de pronunciar la frase, se apresuró la secretaria pidiéndole que tenga la amabilidad de seguirla.

Fue tras ella un corto trecho, bajaron unos pocos escalones y se abrió ante ellos
un hermoso salón.
Aquí y allí desparramados sillones con mesitas adjun­tas, todo iluminado por una
cálida luz solar proveniente de un hermoso y am­plio ventanal semicircular. Al
fondo, en el extremo  derecho del recinto, un moderno bar, rodeado por una
lustrosa baranda, con sus correspondientes butacas altas. La servicial secretaria, que parecía otra persona, le ex­plicó que la sala era para uso del personal jerárquico,
como también para invitar a clientes a una pausa, acompañándose con un trago. Se  dirigieron a un pasillo muy ancho y alfombrado que se abría en un costado. De allí caminaron hasta una mesita sobre la cual descansaba un pequeño aparatito con una abertura en el frente; ella introdujo una tarjeta, abriéndose frente a ellos una puerta de doble hoja.

Entraron en otro salón circular, con una docena de puertas alrededor del mismo,
c/una con su cartelito al fren­te. Ella señaló la tercera de la derecha. Al  acercarse
vio escrito su nom­bre y debajo Investigaciones. No entendía nada. Ni el porqué
de su ubicación allí,  y menos lo de la especialidad. Optó por callarse y dejar las
cosas seguir su rumbo.
Era una oficina amplia, completamente amueblada al estilo moderno, exactamente a su gusto. Sobre una mesa adicional junto al escritorio, demasiado grande dicho sea de paso, se encontraban todos los implementos hoy en día necesarios para los trabajos de oficina: monitor, fax, impresora, etc.
La secretaria señaló una pequeña lista, que estaba sobre el escritorio: los teléfonos de los distintos departamentos, sus encargados, en fin, lo necesario.  Agregó que a escasos metros de allí, se encontraba su secretaria, más  un plantel de empleadas a su disposición.  Oprimiendo el número 1, una de las secreta­rias se presentaría en la oficina a los pocos instantes. Además le mostró una pequeña puerta disimulada en un costado, que conducía a un tolete personal provisto de todo lo imprescindible. Antes de retirarse, fue muy explícita al explicar sobre el contenido de una carpeta depositada sobre el escritorio. En ella estaba detallada la historia de la empresa, detalle por detalle, desde sus comienzos hasta la fecha. No estaba de más que se le eche un vistazo, me insinuó.  Agregó información sobre la reunión, en la cual estarían presentes todos los miembros de la plana mayor, en la cual se lo pondría al tanto de todos los pormenores respecto a su función en la empresa. Antes de salir recalcó que las reuniones comenzaban exactamente a la ho­ra estipulada; la de hoy comenzaría a las 13,15hs. Si yo lo creía necesario, se lo recordará diez minutos antes con un llamado telefónico.
Aceptó agra­decido. La tan servicial anfitriona saludó correctamente y salió.


Segundo capítulo

Dejó el portafolio sobre el escritorio, miró un poco a su alrededor. Esta­ba en un lugar extraño, frío, sin entender que es lo que realmente hacia allí. Se acercó al ventanal, el sol brillaba en su esplendor, mucho más abajo corrían los coches; en frente a ambos costados, un par de edificios con decenas de ventanales. “Lo conseguí”, se dijo a si mismo. Un puesto en una empresa de categoría, en pleno centro de la city, con un suel­do excelente ¿Qué más podría pedir?

Se  sentó en su sillón, muy cómodo por cierto. Tomó la carpeta en sus manos. El logo repujado en el centro de la tapa mostraba las palabras tezón y tiempo, con letras doradas, debajo el nombre de la empresa. Comenzó leyendo los nombres de los directores, jefes y encargados.

Al poco tiempo se encendió una lamparilla en un costado del conmutador, levantó el auricular, una sensual voz de mujer consultó si deseaba tomar algo. Pidió un expreso doble sin azúcar y continuó leyendo. Los distintos departamentos constaban de un buen número de empleados, llamando la atención que eran sólo hombres, sin excepción. Unos suaves golpecitos en la puerta, los contestó con un también suave-¿si?-

Entró una hermosa mujer, no muy joven, lo saludó, dejando a su lado un carrito, con el café solicitado y unas cuantas masitas de confitería. 
Con una pequeña sonrisa en su carita, desapareció. El nuevo empleado quedó unos instantes observando la puerta, disfrutando, en mente, de la figura de la damita.

El camino recorrido por la empresa, en sus cincuenta años, estaba galoneado con muchísimos logros: había allí recortes de diarios, lista de medallas, decoraciones y diplomas, que premiaron decenas de veces la labor realizada. Con respecto a las ocupaciones específicas de los distintos departamentos, dedicó principal atención pues notó la similitud de los distintos campos de trabajo de c/uno.
Y allí estaba cuando una suave voz, no menos sensual que la anterior, le recordó la cercana hora de la reunión. Accionó el botón correspon­diente solicitando ser acompañado al lugar de la reunión. No alcanzó a terminar la frase. Apareció una joven, pidiéndole que tenga a bien seguirla.

Salieron a los ascensores. Se detuvieron en el piso el 16, lo invitó a salir, permaneciendo ella dentro del elevador.
El piso en cuestión era una especie de sala de conferencias. Detrás del podio del conferenciante una amplia pantalla que ocupaba toda la pared,  en aquellos momentos mostraba hermosos paisajes montañosos, lagos, bosques y parques llenos de flores. Las dos primeras filas de butacas estaban a media ocupar, calculó no más de diez personas. Nadie se percató de su presencia; ocupó un lugar en la cuarta fila, en el centro y esperó. Transcurrieron unos pocos minu­tos, apareció, por una puerta situada a un costado de la pantalla, un hombrecillo de unos 55 años, medio calvo, muy bien vestido. Saludó y así se expreso:
    -Nuestra reunión de hoy tiene por finalidad presentarles al Sr. Wolf que ha ingresado a nuestra empresa. Les pido especialmen­te vuestra colaboración con él. Se le ha otorgado Carta Blanca, o sea que tiene amplias facultades para revisar todo archivo, ca­so en trámite o futuro programa.  Desde ya queda claro que no se le escatimará ninguna clase de ayuda, es más, se le brindará  todo lo necesario para facilitar su labor. Les agradezco de an­temano en mi nombre y en el de la Dirección, la buena vo­luntad de todos los presentes. El cargo que se le ha destinado es: Supervisor General. Sus informes serán  presentados directamente a la Dirección. Específicamente, se dedicará a  las investigaciones, es decir planeamientos, nue­vos sistemas, cambios estructurales, etc. En fin, todo lo concerniente a la organización y correcto funcionamiento de nuestra empresa. ¿Alguna pregunta?- 
Nadie se dio por aludido. 
Dirigiéndose al flamante jefe, lo invitó a subir y decir unas pala­bras.
El invitado-empleado subió, saludó y se presentó. Palabras de agradecimiento dieron la apertura  a su pequeño discurso inaugural; manifestó la cordialidad que se le ofreció, más  la oportuni­dad de poder estar presente en esta reunión.  Mostrando un poco de amabilidad, comentó que necesitaría de la ayuda de todos los presentes, para llevar adelante, en la mejor manera posible, que es lo que se esperaba, la no fácil misión que se le había encomendado. Saludó y regresó a su asiento. El hombrecillo tomó nuevamente el mando y luego de agradecer la presencia de todos, dio por finalizada la reunión del día, agregando que a las 14.00 hs. se serviría un lunch de bienvenida al flamante colega.
Empezó a caminar rumbo a la salida, pero el hombrecillo que había dirigido la reunión se acerco a él, extendió la mano, se presentó, requiriendo que lo acompañe a su despacho.

Tercer capítulo

AI costado de los ascensores había un pequeño corredor, hacia allí caminó detrás de su jefe. Ya frente a una de las puertas, la abrió invitando a pasar. Era un hermoso escritorio, propio de un director; amueblado al estilo colo­nial, muy agradable y acogedor. Ambos tomaron asiento. El jefe abrió la entrevista:
    -Estimado Sr., la ocupación que se le asignó, requerirá de Ud. una absoluta dedicación. Recibirá toda la ayuda necesaria; no escatime en sus pedidos, aunque quizás le parezca exagerado, tanto su exigencia recaiga sobre el personal, servicios especiales o inclusive dinero;  todo lo que Ud. decida que es necesario, se llevará a cabo. Nadie le re­prochará, ni molestará en su trabajo; repito nuevamente sobre lo expresa­do en la reunión general, Ud, tiene Carta Blanca, y como lo expliqué anteriormente, tiene facultades para revisar todo archivo, oficina o de­pósito, dentro de esta empresa. Se preguntará, obviamente, en que radica propiamente su trabajo, ¿no es cierto? Pues bien, en eso, pura y exclusi­vamente en eso, revisar, controlar, mirar, observar todo, ¡absolutamente todo! Una vez por semana, preparará un informe, detallando todo lo que le pareció raro, si hubo algo que no comprendió, si algo no le gustó,  o si quizás algo le molesto. ¡No escatime esfuerzos! Tómese el tiempo necesario, nadie le controlará, es Ud, dueño y señor de sus investigaciones. Dentro de tres meses tendremos nuestra próxima reunión, allí analizaremos su trabajo hasta entonces. Este es mi número de teléfo­no, que solo Ud. conoce; llámame cuando lo crea necesario, no impor­ta la hora. Si necesita: llámame. Las oficinas trabajan en los horarios comunes; hay departamentos que trabajan con horario continuo. Ud, no tiene horario fijo que cumplir. Haga sus investigaciones cuando y como lo crea conveniente. Recuerde, no debe dar cuenta a nadie de lo que hace. Creo que he sido explícito, no obstante si tiene Ud. alguna pregunta o duda, lo escucho.

Sin titubear, el aún anonadado empleado, primeramente agradeció la confianza brindaba, y en segundo lugar insinuó el hecho de que el inmiscuirse en archivos, escritorios, computadoras, depósitos, etc, lo convertirían rápidamente en persona non-grata, produciendo una lógica resistencia, con su sola presencia, de parte de todo el personal, y, especialmente de los encarga­dos o jefes. En forma pausada agregó.

    -No creo que tendré problemas en poder afrontar este tipo de controversias, que seguramente se me presentarán en el camino, pero me agradaría tener conocimiento, si es posible, sobre el resultado de las últimas revisiones realizadas por la Dirección y si, a causa de los detalles, tomaron la decisión de crear este puesto.

El hombrecillo se levantó, caminó hacia un amplio armario lleno de cajones, abriendo uno, extrajo una carpeta colocándola en las  manos del  "nuevo investigador". Sus palabras fueron más que convincentes:
    -Lea el informe detallado de sus obligaciones, formas de trabajo y demás pormenores pertinentes. Con respecto a su pregunta, si, consideramos ese detalle, como Ud. lo llama, es por ello que decidimos otorgarle un nombre distinto a su trabajo en la empresa. Sólo la Dirección está al tanto de su verdadera función; tanto para el personal, como para los clientes, funcionarios del gobierno, periodistas, etc., Ud. es el en­cargado de la seguridad de la empresa en lo que a papelerío se refiere, ¿me explico?
    -Lo entiendo perfectamente, Sr., pero continuo sin encontrar la diferencia entre uno y otro.
    -Pues es muy sencillo, caballero. Para nosotros, entiéndase la Dirección, Ud.es el Investigador Interno en lo que al personal se refiere; para todos los demás Ud.cuida la empresa frente al exterior, ¿Ahora nota la diferencia?

Recién entonces, el asombrado empleado cayó en la cuenta.
    -Por supuesto, Sr., todo es muy claro y conciso. Otra pregunta, por favor, dado que me ha hecho comprender que es un puesto recién creado, deduzco que se han suscitado pequeños problemas, o ¿quizás grandes?
    -Sus preguntas son claras y van directamente al grano; nos gusta su estilo, no obs­tante, no estamos acostumbrados a tantas preguntas, y para ser más conciso: aquí se reciben las directivas, y no se hacen preguntas .Con Ud.haré una excepción, tenien­do en cuenta que es nuestro primer encuentro y debemos dejar bien en claro todas las pautas. Pero le agradeceré que en lo sucesivo, trate de no elevar preguntas, pues ya fue advertido del sistema reinante y acostumbrado aquí. Si, es verdad que se han detectado ciertas infracciones, en uno o dos Departamentos, las cuales ya fue­ron subsanadas; razón por la cual creímos conveniente estar preparados para que no se produzcan ningún tipo de irregularidades de aquí en más. Creo que podemos dar por finalizada esta reunión. ¿Está Ud. de acuerdo, verdad?
    -No Sr., me disculpo, pero si su presencia es requerida en otro sitio, no lo tomaré a mal, lo dejaremos para otro momento, cuando Ud. lo determine. Le pediría, eso si, que sea en la brevedad posible, para entender lo que ha ocurrido, y de esta manera analizar lo que está ocurriendo, y lograr que no ocurran en el futuro proble­mas similares. Cada detalle que se me ofrece, es muy indispensable para el logro de mi tarea. Por lo pronto requiero, dentro de las posibilidades, por supuesto, estar al tanto de lo siguiente, 1) en que consistieron esas irregularidades; 2) en que Departa­mentos ocurrieron.

Notó que había desaparecido en forma completa la sonrisa ofrecida, por el simpático dirigente, desde el comienzo de la entrevista, vislumbrándose en su cara, una serie­dad excenta de sentimientos, como la de los jugadores de poker, la irrigación sanguínea aumentaba en su cara, y parecería que se salía de si mismo.

    -Su pretensión de interiorizarse en las deliberaciones de la Dirección, las considero impertinentes y fuera de lugar. Se le ha especificado perfecta­ y minuciosamente el trabajo a realizar, se le han otorgado atribucio­nes que a ningún empleado de la empresa se ofrecieron, ni soñó recibirlas. No obstante a Ud. no le es suficiente, pretendiendo algo utópico. Le recomiendo que comience a trabajar, dado que la dirección requiere de sus informes a la brevedad posible.

Dicho esto se levantó mostrando su decisión de haber terminado la reu­nión. El empleado permaneció sentado, sin sacarle los ojos de encima al ejecutivo. Éste, que al pare­cer no entendía el  proceder del subalterno, lo miró directamente a los ojos, y ya comple­tamente enervado, exclamó:
-He dado por finalizada la reunión, Sr. ¿o es que no se ha percatado?

El susodicho contestó en forma pausada y casi a media voz:
    -Ud. mismo explicó a los Jefes de Departamento sobre la necesidad de ofrecerme TODA la ayuda y colaboración necesaria, Ud. mismo me recalcó lo importante de mi mi­sión, Ud. mismo ha hecho hincapié, recalcándolo una y otra vez, que no se me negaría nada de lo que yo pida o crea necesario, Ud. mismo, paradóji­camente, es ahora el que se opone, en forma rotunda, a brindarme las herra­mientas imprescindibles, para que yo pueda efectuar mi trabajo. ¿Dónde se ha visto que un profesional, y no importa cuál es su especialidad, se le exi­ja trabajar sin las herramientas necesarias?
¡Por favor, por favor! Ahorrese su contestación, ya me la imagino. Solicito como requisito primordial e inamovible, reunirme con la Dirección de la empresa. Si es que Ud. no está autorizado a brindarme lo que yo ¡necesito!,  y, si la respuesta es negativa, requiero que se me lo notifique por escrito para evitar males entendidos. Desde ya, por favor, comunique a la Dirección, que de ser así, presentaré mi renuncia. Ha sido muy amable de su parte haberme recibido, se lo agradezco sinceramente. El ofuscado  empleado saludó y salió del escritorio.


Cuarto capítulo

Ya camino a su oficina, repasó lo ocurrido. Trató de calmarse.  Decidió sen­tarse en el sillón y no hacer nada, solo esperar; pidió un café. Una de las secretarias le recordó que dentro de diez minutos se serviría el refrigerio en su honor. Pasaron unos minutos, sonó el teléfono, una voz de hombre, para variar, que se presentó como Director del Personal, lo invitaba a su despacho luego de finalizar el refrigerio.  Agradeció la invitación, manifestando  además  que de no ser atendido su pedido, del cual descartaba que ya estaba enterado, consideraba superfluo la realización del evento con el personal, pues su renuncia estaba en pie. Hubo silencio en la linea, a los pocos segundos le contestó que volvería a ponerse en contacto a la brevedad posible. Escasos segundos antes de la hora fija­da se le informó por el conmutador, que el encuentro con el personal ha­bía sido suspendido; era obvio y no le llamó la atención.

Para ocupar el tiempo, leyó el informe de las noticias del día, en Internet.  En eso estaba cuando escuchó unos suaves golpecitos en la puerta, como era su costumbre, respon­dió con un:- ¿si?-
Entró una hermosa mujer, de unos cuarenta y cinco años, no más, ataviada sencilla pero con finura, muy en la moda; pasos cortos, seguros y lentos. Se acercó, ofreció su mano, solicitando sentarse frente al escritorio.  El pedido fue aceptado, por supuesto, por el Investigador, quién trató, con cortesía, averiguar con quien tenía el gusto de estar reunido.

    -Mi estimado Sr., soy la Presidenta del Directorio de esta empresa, y la razón por la cual estoy aquí, es sencillamente para tratar de contestar todas sus preguntas, así que, por favor, vamos al grano, si no le molesta...

Las palabras no le salían, no podía dar crédito ni a sus ojos ni a sus oídos, no podía ser cierto, debía estar soñando.
    -Por favor Sr., empecemos, si esta Ud. de acuerdo, ¿si?
   -Sra., le agradezco que se haya Ud, dignado a entrevistarme, le aclaro que no fue en ningún momento mi intención, solo pedí entrevistarme con la Di­rección, y no creo que era necesario molestarla, ha habido un malentendido, mil disculpas por la parte que me corresponde.
   -Debo aclararle que no sólo ocupo el cargo que antes le mencioné, sino que, además, tengo bajo mi poder el 65% de las acciones; éste detalle y otros, que posiblemente los descubra en el desarrollo de la entrevista, le agradecería que queden entre nosotros, por supuesto Ud. lo entiende, ¿no? De esta forma, queda comprobado lo que se le explicó en los comienzos del día, es decir que para Ud. no hay ni habrá secretos, de ninguna índole. Ahora que está esto aclarado, ¿Podemos continuar?

No podía salir del asombro, sorpresa, intriga. No resultaba cabal el hecho que esta Sra.de tal nivel, tanto empresarial, administrativo y social, abandone todas sus ocupaciones, y elija conversar con él, y en su oficina; sencillamente no creíble. Recapacitó, acomodó sus ideas y  expresó:

    -Sra., agradezco nuevamente su gesto de venir a mi oficina, no dejo de admirar su proceder, con el fin de satisfacer mis inquietudes respecto a mi labor encomendada; juntamente con ello, deduzco que la importancia del trabajo que debo llevar a cabo, es de mayor envergadura de lo que al prin­cipio creí.
Todos los detalles que me fueron informados por el Director, con el cual tuve una reunión previa, los considero insignificantes.
Me explicaré: el hecho de su presencia aquí, sólo me indica la desesperada necesidad del comienzo de mis investigaciones, y me otorga una pauta de la gravedad de las irregularidades que se han descubierto. Es por ello, que es indispensable poner en mi conocimiento todo lo ocurrido. Por favor trate de no eludir ningún detalle, por más insignificante que parezca. La escucho con todos mis sentidos.

    -Supuestamente, pues me baso en lo que se me informó, personalmen­te no lo he comprobado, se produjeron serios desfalcos en cifras de seis ceros, que tuvieron lugar en el Departamento de Propaganda, en conexión directa, es natural, con la Tesorería. Dado que todo fue descubierto por nuestro personal, sin ninguna intervención externa, no se ha dado parte a la policía, para evitar toda serie de comentarios y pormenores, que a la prensa tanto agradaría, y evitar de esta forma habladurías y conjeturas que en nada beneficiarían el buen nombre de la empresa, ocasionando, como Ud. bien entenderá, una directa reacción en la bolsa de valores con respecto a nuestras acciones, con el lógico descontento de los accionistas. Con respecto a los infractores, se han tomado las medidas pertinentes, o sea, han sido despedidos. EI importe del desfalco, se lo anotó en el rubro Pérdidas, del Balance Anual. ¿Que más necesita saber?

La empresaria  se notaba nerviosa, a tal punto que durante su explicación, caminó hasta el ventanal, encendió un cigarrillo, llegó a la puerta de salida, y volvió a sentarse.

    -Estimada Sra., no pongo en duda nada de lo por Ud.narrado, es más, ad­miro la confianza que se me brinda en mi primer día de trabajo. Pero por favor no me subestime, ni me considere tan ingenuo. Todo aquí indi­ca un encubrimiento muy bien organizado y planeado. La forma en que fui recibido por el Director, quien me presentó oficialmente a los distintos jefes de departamento; sin dejar de lado el cambio brusco en su proceder al interiorizarme con impertinencia, según sus palabras, al pedir más deta­lles sobre lo ocurrido; sumado a ello que al solicitar una reunión con el Directorio, Ud, en persona, me visita en mi oficina. Y como broche de oro se me pone en conocimiento la forma infantil por la cual optaron para tapar todo el asunto del desfalco. Todo esto ha prendido una luz roja frente a mí, obligando a ponerme en guardia, pues es ésta una muy rara situación, no estoy seguro si estoy dispuesto a entrar en ella. Por el momento sepa Ud. disculparme, pero es ésta mi manera de proceder.

Las últimas palabras las expresó con firmeza, para dejar bien sentada cual era su posición y cual su forma de trabajar.
Las facciones de la cara se endurecieron y lo que antes pareció nerviosismo, se convirtió en dureza; el aspecto de damita de la alta sociedad, con sus estudiados modales, transformose en el de una típica y fría empresaria, con ojos que vislumbraban todo, menos amabilidad.

    -Sr., parece que ha olvidado de momento, ¡con quien esta Ud. hablando!  Ha hecho caso omiso de cual es su posición dentro de esta empresa. Es Ud. un empleado en éste su primer día de trabajo, y, si no le parece o no está de acuerdo con las condiciones, en Ud. la decisión de convertirlo en su último día aquí. ¿Cual es su decisión?
    -Agradezco nuevamente lo que se me ha ofrecido. He tenido muchísi­mo placer en haberla conocido, pero este puesto no es para mí, lo lamento.

Ella se levantó, se acercó al escritorio, tomó un papel de notas y una lapice­ra, escribió algo, entregó la nota a su interlocutor. Salió sin siquiera saludar.


Quinto capítulo

En el papel había un número de teléfono celular, y además: "Llámeme hoy, entre las 20 y  21 ¡¡sin falta!!
Releyó la nota una y otra vez; lo allí escrito era simple y sencillo. Los pensamientos revoloteaban, ahora si que no entendía nada. Al final tomó la decisión de efectuar el llamado telefónico y escucharla; no arriesgaba nada y por lo menos saciaría su curiosidad, que a esta altura era inmensa. Avisó a la secretaria que se retiraba y que hoy ya no retornaría. Salió, bus­có un restaurante cercano para almorzar.

Mas tarde, ya en su casa, preparó un cafecito, se acomodó en su sillón, y dio rienda suelta a sus pensamientos para analizar todo el desarrollo de lo acontecido, en aquella mañana tan espe­cial. Dedujo, y eso es lo que le fue planteado a Ia Presidenta, que allí había gato encerrado; pues dos más dos son cuatro, no tres ni cinco. Mucha amabilidad, sueldo muy llamativo, casi exagerado diría, empresa con sistema carcelario, organización exagerada, estricta y sin lógica, pregun­tas sin respuestas contundentes. En fin un laberinto indescriptible e intransi­table.

Llamó a las 20.35; ella misma, como lo supuso, contestó con un tono de voz suave interrumpido por suspiros entrecortados. Pidió disculpas por la forma en que se había desarrollado la frustrada reunión, consultando además, sobre la posibilidad que existiría, sobre un nuevo encuentro, inclusive esa misma noche, en su casa, alrededor de las 22.30; para tratar de solucionar y aclarar los puntos y cláusulas que quizás quedaron pendientes.
No salía del asombro al escuchar tal proposición. La aceptó sin dudarlo un instante. Recibió la dirección de la residencia, pues allí creyó la empresaria, que sería el lugar más conveniente, para evitar toda clase de posi­bles habladurías, según sus palabras.
Sobre Ilovido, mojado, dice el refrán. Esto ya sobrepasaba todo lo imagina­ble;
¿Lo recibiría en su casa a esas horas de la noche? no podía ser, inconce­bible !Sin sentido!

Un buen baño, ropa informal, nada de traje ni corbata. Optó por tomar un taxi,  pidió al chofer pasar por una florería en el camino. Le pareció correcto una rosa blanca, con un envoltorio sencillo y discreto. Du­rante el viaje, distraido, metido en sus pensamientos, no se percató del trayecto; al detenerse el vehículo escuchó la pregunta tradicional: ¿De­bo esperar?
De seguro me tomó por un emisario, pensó en mente. Contestó que no, pagó y descendió del coche.
Se encontraba en las afueras de la ciudad, frente a un hermoso portón de hierro forjado, con finos ormamentos decorativos, lógicamente cerrado.


A un costado un intercomunicador, llamó, se le informó que en segun­dos lo pasarían a buscar (??) Posiblemente habría una cámara oculta, evi­tando así, las preguntas de rutina.  Apareció un vehículo y fue invitado subir a él.
Viajaron a lo largo de un camino arbolado… unos cuantos minutos hasta que llegaron frente a una preciosa y no muy grande mansión; el coche se detuvo, al descender apreció unos inmensos canteros a ambos costados, repletos de flores, mejor dicho de rosas, y todas de un solo color, blancas. No supo si reír o llorar, optó por lo primero; cuando se abrió de par en par la puerta de entrada, un mayordomo ataviado según las reglas, dio la bienvenida, acompañándolo a un salón al costado del hall principal. Fue in­vitado a tomar asiento informándole que la Sra., en unos instantes acudiría a recibirlo.

Aprovechó para echar un vistazo a su alre­dedor. Cortinados en un verde claro tapaban unos inmensos ventanales, no por completo, pudiéndose apreciar unos amplios jardines completamente iluminados allí afuera; el mobiliario era muy de época, estilo francés, dis­creto y acogedor. Cuando apareció la dueña de casa, él estaba mirando un cuadro que  llamó su atención en especial. Ella, vestida en forma deportiva como si estuviera por participar en un partido de tenis, o algo similar. Se acercó y con una preparada cordialidad rompió el silencio del recinto.

     -No encuentro las adecuadas palabras para manifestar mis sinceras gracias, al haber Ud.hecho lo posible para que nuestra reunión se lleve a cabo. ¿Desea tomar algo? ¿Prefiere frío o algo caliente?

El visitante estaba por contestar, cuando se abrió una puerta de costado, el mayordomo, se dirigió a la Sra., diciendo algo que no alcanzó a captar,

-No, eso es todo por hoy, puede retirarse, gracias- Fue la contestación, y el susodicho salió al instante.

    -Todos mis empleados en la casa son muy serviciales y competentes, pero por las noches me gusta quedarme sola, es por ello que al terminar sus servicios les permito retirar­se hasta el día siguiente. Todo el día estoy rodeada de gente, y por lo me­nos las horas de la noche las comparto conmigo misma, ¿no le parece razonable?
    -Creo que es algo muy personal,  está en cada uno decidir cual es su predilección; no obstante el hecho de quedarse sola en una casa, que por lo visto no es chica, es para pensarlo, no sé, lo considero un poco arriesgado, ¿no?
    -Bueno, no importa... no me contestó con respecto a que desea tomar...
    -Preferiría alguna bebida fuerte, si no es molestia, por supuesto.


La anfitriona se dirigió a una pequeña repisa repleta de botellas.  Mientras preparada los tragos, nuestro invitado observó que en la repisa que estaba sobre el fogón, descansaba el envoltorio con la rosa blanca, que había entregado al mayordomo. No pudo con su genio, envió la pregunta al aire:

    -La elección del tipo único de flores, del mismo color, que dominan ambos lados de la entrada de la casa, ¿fue suya?

La Sra. volvió con dos hermosas copas, entregó una al invitado, se sentó frente a él. Tomó un pequeño sorbo, echó un fugaz vistazo en dirección al fogón y se sonrió.

    -Tiene Ud. una muy peculiar manera de demostrar su desacuerdo con el proceder de las personas; tenga cuidado pues ésta costumbre le podría ocasionar males entendidos, o inclusive enojos, ¿nunca lo pensó?

En aquellos instantes el aun sorprendido empleado se percató que el motivo de la reunión pasó a segundo plano, pero co­mo se sentía a gusto, dónde y cómo estaba, optó por seguir la corriente.

    -Siempre supe reaccionar en forma positiva a cualquier clase de contro­versia producto de mi proceder, que no siempre se adecua al pensamiento de las personas con las cuales trato. Es ésta una de las razones, aunque parezca paradójico, que me han brindado, en más de una ocasión, bue­nos resultados, y a buen entendedor, huelgan las palabras.
    -Su seguridad y la confianza que tiene Ud. en si mismo, me atrevería a decir, quizás contagiosa, no deja de ser chocante, dando lugar, co­mo en éste caso, a pensar que se está Ud. sobrepasando, hasta podría to­marse como una falta de respeto a la persona que le ha invitado a su casa. ¿Es posible que ello no le molesta, o no le hace recapacitar, reconociendo que se ha extralimitado?
    -Con todo el respeto que Ud. se merece, le recordaré, pues aparentemente lo ha olvidado, o quizás no, la razón de mi visita, que fue especificada perfecta­mente en nuestra comunicación telefónica, la cual acepté pues la considere importante y urgente. En otras circunstancias, muy distintas a éstas, no ten­dría inconveniente alguno en platicar con Ud.; pero en este momento no estoy dispuesto, bajo ningún punto de vista, escuchar consejos, y/o sermones, sobre mi manera de expresarme, actuar, ni mucho menos. Y, si existe aquí alguien que se ha extralimitado, queda muy claro que no he sido yo. Le agradezco el trago, le deseo que pase muy buenas noches, Sra.

 Dicho esto se levantó, y por sus  propios medios encontró la salida. Salió a la obscura noche, encaminado rumbo al portón de entrada, pero a escasos cien metros escuchó un coche acercarse por detrás. Se detuvo, el conductor se bajo apresurado, abriendo la puerta trase­ra e invitándolo a subir para llevarlo a donde se le indicase. Dudó unos instantes pero dada la hora avanzada y la distancia que lo separaba de la ciu­dad, aceptó.

Sexto capítulo
Al día siguiente se despertó a media mañana; preparó un café fuerte y fue a escuchar los
recados grabados en el contestador.  Se sorprendió al escuchar la dulce voz de la Sra., que, después de tres o cuatro frases de disculpa, por lo que ella consideraba mala interpretación, lo invitaba el fin de semana, o sea al día siguiente, a un peque­ño paseo junto a ella y un grupo de amigos, en su yate; además recomendaba  traer ropa adecuada. Desde ya agradecía de antemano la supuesta aceptación.
No supo como tragar el mensaje. Como disculpa, señal de reconcilio, o una forma de soborno, preguntándose ¿que podría tener de interesante reunirse con "sus" amigos?
Otra de las llamadas era de su abogado-agente-amigo-asesor; quien le pedía comunicarse
con urgencia.

La secretaria que contestó, informó que su jefe estaba en Tribunales, recién volvería después del mediodía, pero que el restaurante donde almorzaría era muy bueno y que el estaba invita­do. Recalcó, eso si, que este allí sin falta, según el pedido del Jefe.
No salía del asombro con respecto a la urgencia de su amigo. No recordaba ningún asunto pendiente o cosa parecida. Lo atribuyó a su manera de ser. Con seguridad allí servirían un plato especial ese día y quería compartirlo. Se preparó para acompañarlo.

La urgencia estaba muy bien fundamentada, era verdadera, y nada que ver con sus adivinanzas. Llegaron a oídos de su asesor, pues era el comentario ardiente de los últimos días, el gran desfalco descubierto y con tendencia a encubrirlo, perpetrado en la gran empresa en la cual él había comenzado a trabajar aquella semana, lo cual quería comentar y conversar al respecto.
Narró, con lujo de detalles, todo lo ocurrido desde el primer momento que entró en la empresa; todos los beneficios prometidos, la ayuda que se le brindaría, el puesto de jerarquía que le fue destinado, en fin, las mil y una. También relató sobre la pared de contención con la cual topó al tratar de averiguar un poco más de la cuenta, según las reglas de la Dirección, o quien sea que las implantó.
Los encuentros con la Sra. Presidenta del Directorio, relatados con lujo de detalles, fueron
tema de comentarios muy especiales por parte de su amigo, después de escuchar el relato. Al finalizar el análisis de lo acontecido, desde distintos puntos de vista, y en especial desde el suyo, cosa de resguar­dar sus intereses, el experto  constató con completa seguridad de que su actuación había sido correcta.  Aconsejó encarecidamente, mantenerse alejado, lo máximo posible, de todo lo relacionado con la empresa en cuestión.
En lo pertinente al paseo del fin de semana, al cual había sido invita­do,  al cual insistió ser participe, y después de un leve intercambio de ideas, en pro de su parte, y en contra de su abogado, logró convencerlo. Se impuso una sola franquicia: debería corroborar sin ninguna duda, que la invitación partía de ella, y de ningún otro. No sea cuestión de enredarse en quién sabe que tejes o manejes.

Séptimo capítulo

El taxi lo dejó a la entrada de la marina norte de la ciudad, a las 06.30 en punto, como fue pedido. Consultó al guardián sobre la ubicación de la embarcación requerida.  El hombre sonrió, indicó que caminase a lo largo del muelIe y agregó:
     - La encontrará sin ninguna clase de ayuda.
Y así fue exactamente.  De lejos divisó esa majestuosidad anclada al final del muelle. Constaba con varios pisos de altura; calculó unos cincuenta o mas metros de escolla, el mástil central entraba en la bruma, bastante espesa a esas horas tempranas, sin poderse apreciar el extremo superior del mismo. Una camioneta estaba descargando productos, dedujo que eran las provisiones para la corta travesía del fin de semana. Intrigaba saber ¿cuántos serían los pasajeros y quiénes eran? Comenzó subiendo la escalerilla de acceso, no pudo dejar de asombrarse del tamaño y belleza de la embarcación.

No alcanzó a llegar hasta la cubierta, aparecieron dos mozos vestidos como marineros en

la parte superior, rápidamente tomaron el bolso y lo invitaron a seguirlos. Llegaron a un bar recibidor; allí encontró dos guapas jóvenes, alrededor de los treinta, sentadas en sendas butacas altas frente a la barra, tomando  tradicionales martinis, servidos por un uniformado barman de color. 
Se sentó cerca de ellas, pidió una cerveza suave.

    -¿Es Ud. miembro de la tripulación?-  La pregunta le molestó, pero contestó con cortesía,

    -No, pero quizás podría ayudarlas ¿Qué necesitan?

   -Perdón, perdón, pero es que estamos aguardando aquí ya hace más de media hora, sin saber qué ni a quién.

 -Quédense tranquilas, me ocuparé del asunto, espérenme aquí hasta que yo vuelva,
¿okey?

Salió a cubierta, caminó hacia el centro de la nave. En una pequeña puerta un cartelito: Control; entró y a los pocos metros otra puerta, la abrió encontrándose en un recinto lleno de computadoras, teléfonos, y otros raros aparatejos; se dirigió a uno de los ofici­nistas, solicitó enviar un mensaje urgente; dio el nombre y dirección del destinatario.
Al escuchar pronunciar el nombre de la Sra., el marinero se ruborizó, expresándo a media voz, que "ella" estaba a bordo.

     –Siendo así - Le contestó - Desearía que se le notifique que dos señoritas están
esperando en el bar, ya hace más de una hora.

Volvió al bar, comprobó que ellas ya no estaban. El barman supo informar que
se habían retirado hace unos esca­sos minutos acompañadas por el encargado
de las visitas.

Tomó asiento, pero esta vez en un confortable sillón frente al ventanal, a través
del cual se gozaba de un mar de azul rabioso. Pidió otra cerveza y decidió esperar

Después de la segunda cerveza, ya un poco nervioso, nuevamente enfiló al Control, exigiendo del oficinista enviar otro mensaje a la Sra., pero esta vez disculpándose pues debería retirarse para atender unos asuntos de urgencia.  Bajó bastante enfurecido la escalinata. En unos pocos minutos llegó a la entrada de la marina, por suerte había un taxi
aguardando clientes. Ya  dentro del vehículo llamó a su amigo, a pesar de la hora temprana y de ser fin de semana, invitándolo a salir de paseo ellos dos solos, fuera de la ciudad. Por supuesto que aceptó. Le informó que ya estaba camino a su casa.

Viajando rumbo a la salida de la ciudad, le ofrecíó decidir el rumbo a tomar. Sin pensarlo
Mucho, tomó el camino hacia el sur, o sea a la zona de las praderas.

Durante las primeras horas, casi no hablaron. Al deternerse para cargar combustible,
decidieron tomar un cafecito. Ya sentados, gozando de la paz reinante en aquella zona
campesina y deleitando el café humeante, le comentó, con bastantes detalles, lo ocurrido
esa mañana.
Hizo hincapié en la for­ma en que había sido humillado, al comprobar que indudablemente se lo dejó plantado, vulgarmente hablando, más de dos horas, sin recibir ninguna clase de explicación, y/o disculpa. Nunca, pero nun­ca, había recibido semejante desprecio.

    -Apreciaría recibir un buen consejo de tu parte, al respecto, pues considero imprescindible reaccionar y contestar en una forma cabal, pero que vislumbre sin lugar a dudas mi enojo, después de haber soportado tal vil actuación de esta sobre-estimada y ponderada Sra.

Por suerte, este amigo, ducho y baqueteado, por sus años de profe­sión, le demostró la
imposibilidad de efectuar ninguna clase de querella en contra de dicha Sra.
Todo era una simple y frustrada relación entre dos personas, que como ya ha ocurrido en anteriores ocasiones, no tuvo frutos.
Además, volvió a insistir en que se mantenga lo más alejado posible de dicha Sra. y su empresa, pues a su punto de vista solo aparejarían complicaciones.

Pasearon otro buen tiempo. Comieron en un lugar muy pintoresco a orillas de un
río vecinal. Como se alejaron bastante, decidieron pernoctar en un fino motel,
para pasar una velada placentera.
Para asegurarse de que nadie lo perturbarse aquel fin de semana, desconectó el celular.

 Al día siguiente, después de un buen baño, desayunaron al estilo campestre: pan casero, manteca, quesos, dulces y leche de producción propia del establecimiento.

Enfilaron hacia la gran ciudad, con una amplia sonrisa en los labios, una tranquilidad interna, que lograron hacerse prometer mutuamente, que lo volverían a repetir.

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BETO BROM
Galilea
Israel
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Registrado-Safecreative N° 1101268343652

               

6 comentarios:

  1. me gusta como escribes lo único creo que en un blog debes de separar los capítulos y presentarlo de a uno
    Asi se difrutaria mucho mas de tu maravilloso blog abrazo

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  2. Mucho agradezco tu comentario y por supuesto el consejito.
    Abrazotes mil, amigaza

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  3. Escribes de maravillas, quería hacerte una pregunta, sabes algo de María de los Angeles Rocatto? es una poeta amiga de Mendoza Argentina, he perdido contacto con ella desde fin de año, y me preocupa su ausencia,te agradeceré me cuentes si sabes algo!! Cariños
    María Rosa Leoni

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    1. Ante todo, mucho agradezco tus huellas, amigaza; contento al saber que disfrutaste del relato.
      Con respecto a tu consulta, te diré que nuestra común amiga, sufrió una nada agradable caída, que la tiene postrada un cierto tiempo; pero se, de acuerdo a mis comunicaciones con ella, que ya se está restableciendo en forma satisfactoria.
      Abrazotes

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  4. que maravilla de escrito

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  5. Aprecio tu comentario.
    Abrazotes amigaza

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