miércoles, abril 14, 2010

Caminatas matinales







Ella salió corriendo delante mio, como siempre, rumbo al montecito que comenzaba a pocos metros de casa. Eran pasadas las 6, el sol ya había comenzado su labor, pero por lo visto no con muchas ganas, aquí y allí pícaras nubecillas conseguían entorpecer el camino hacia nuestro pequeño mundo. Estaba un poco fresco pero con la caminata entraría en calor. Estas caminatas matinales tenían una doble finalidad, para Zina, mí perra, eran indispensables,y,para mí,saludables.

Zina, con sus tres años recién cumplidos, había llegado a su máxima estatura: 70cm.; sus 38 kilitos no le molestaban para subir y bajar entre los arbustos y piedras cuando se sentía en completa libertad. Pertenece a la raza ° akita °, oriunda del Japón; es hija y nieta de campeones; resulta interesante leer su certificado de Pedigreé, pues los nombres de sus abuelos, maternos y paternos, son difíciles de pronunciar.

Cuentan en los escritos sobre la historia de esta raza, que en tiempos pasados, se los utilizaban en dos clases de trabajos bien definidos: uno era el cuidado de los niños, a los cuales se los dejaban en las casas, cuando los padres salían por las mañanas a trabajar el campo, bajo la custodia de un par de estos guardianes; el otro era salir acompañando al cazador de osos; caminaban delante de él buscando la presa, al encontrar al buscado ejemplar se dividían y avanzaban uno a cada lado del susodicho, mientras uno realizaba toda clase de piruetas para distraerlo el otro lentamente se acercaba y en el momento preciso saltaba directamente al cuello, cerraba su quijada y lo mantenía inactivo hasta la llegada del cazador.

El sol no conseguía templar la mañana, la brisa que llegaba esquivando los arbustos, mantenía la sensación térmica en unos pocos grados encima del cero.

Esas eran las mañanas de mi preferencia. La visibilidad era casi insuperable, permitiendo extender la visión hacia mucho más allá de donde terminaba la reserva natural. La montaña vecina parecía una gran mesa preparada para albergar a un centenar de comensales, la razón de esta comparación provenía, seguramente, de los olores y aromas que llenaban todo el ambiente. Los yuyos, hierbas, árboles, arbustos esparcidos por doquier, la naturaleza estaba entonces en su apogeo, todos sus exponentes habían dicho en aquel momento: ¡presente!

Una bandada de teros apareció de sorpresa, quizás estaban esperándonos. Dieron una y otra vuelta sobre nuestras cabezas y luego aterrizaron a escasos metros, un poco después de la rocas apiladas que separaban el terreno en amplias terrazas; muy posible que aquellas rocas estaban allí desde la época de los romanos o quizás antes.
Me senté en mi piedra preferida y acostumbrada. Noté algo interesante, a derecha e izquierda del grupo, a unos 10 o 15 metros de cada lado se apostaron dos de ellos, centinelas tal vez, auscultando el cielo como previniendo algo. Al rato, uno de ellos, el de la izquierda, levantó repentinamente vuelo, haciendo un ruido estruendoso con un tiriqueteo infernal, a los segundos todos hicieron lo propio como respondiendo al unísono la llamada de atención.
Al aparecer el dúo de cuervos, nuestros amigos ya estaban a varios cientos de metros allí en el cielo. La yunta descendió para posarse exactamente donde hacía unos segundos estuvieron los teros. Husmearon, olfatearon y al no encontrar nada interesante, levantaron campamento y así como aparecieron así desaparecieron, quizás a causa de los amagos de poca simpatía que les brindo Zina, quien aparentando un poco de orgullo, dio vuelta su cabeza y me mostró, así me pareció, una sonrisa de triunfo.

El tiempo, amigo y a veces enemigo, no se detenía, mirando el reloj decidí la vuelta. Así lo hice saber a mi compañera, lentamente gozando de cada instante, comenzamos la retirada.

Allí quedó ella, la naturaleza, junto a todos sus componentes. Allí aguardará hasta el día siguiente, para nuevamente reencontrarnos y pasar una hora amena.

Hasta entonces.

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Beto Brom
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